Jorge Eduardo Eielson (1924–2006)
Figura esencial de la poesía peruana y latinoamericana del siglo XX, Jorge Eduardo Eielson fue mucho más que un poeta. Artista plástico, narrador, dramaturgo y pensador radical de la forma, su obra poética se caracteriza por una fusión de lo telúrico y lo metafísico, de la materia y la trascendencia, del lenguaje como objeto sensible y como vehículo espiritual. Entre la herencia andina y las vanguardias europeas, Eielson elaboró una voz profundamente singular: filosófica, visionaria y carnal.
El poema “Parque para un hombre dormido” condensa muchas de esas tensiones. Es un texto oscuro, majestuoso, difícil de reducir a una lectura unívoca. Oscila entre la contemplación de la muerte y la exaltación de la materia como vía hacia lo sagrado. El cuerpo dormido —acaso muerto— se vuelve cráneo meditativo, y el parque, lugar de la vida cotidiana, se transforma en escenario cósmico donde se fragua una forma de eternidad.
Parque para un hombre dormido
Jorge Eduardo Eielson
Cerebro de la noche, ojo dorado
De cascabel que tiemblas en el pino, escuchad:
Yo soy el que llora y escribe en el invierno.
Palomas y níveas gradas húndense en mi memoria,
Y ante mi cabeza de sangre pensando
Moradas de piedra abren sus plumas, estremecidas.
Aún caído, entre begonias de hielo, muevo
El hacha de la lluvia y blandos frutos
Y hojas desveladas hiélanse a mi golpe.
Amo mi cráneo como un balcón
Doblado sobre un negro precipicio del Señor.
Labro los astros a mi lado ¡oh noche!
Y en la mesa de las tierras el poema
Que rueda entre los muertos y, encendido, los corona.
Pues por todo va mi sombra tal la gloria
De hueso, cera y humus que me postra, majestuoso,
Sobre el bello césped, en los dioses abrasado.
Amo así este cráneo en su ceniza, como al mundo
En cuyos fríos parques la eternidad es el mismo
Hombre de mármol que vela en una ventana
O que se tiende, oscuro y sin amor, sobre la yerba.
El cuerpo como templo y ruina del ser
Desde su primer verso, el poema se sitúa en una dimensión simbólica: “Cerebro de la noche”, “ojo dorado”, “cascabel”. Eielson convoca imágenes que conectan lo sensorial con lo espiritual, lo vegetal con lo celeste. El hablante poético —el que “llora y escribe en el invierno”— es a la vez sujeto sufriente y demiurgo, en diálogo con fuerzas oscuras que lo superan.
Lo corporal y lo mental se funden en una serie de imágenes donde la cabeza, el cráneo, el cuerpo vencido, son también espacios de revelación, balcones al abismo o altares silenciosos. El poeta afirma: “Amo mi cráneo como un balcón / Doblado sobre un negro precipicio del Señor”. Hay aquí una mística invertida: no el ascenso al cielo, sino el descenso a la materia, al hueso, a la ceniza, como vía hacia lo divino.
Y sin embargo, hay movimiento. El yo poético no está inmóvil: “muevo el hacha de la lluvia”, dice, en una imagen extraordinaria donde la herramienta del trabajo y la naturaleza líquida se combinan para nombrar una forma de creación. La poesía misma es ese acto: tallar los astros, labrar el poema “en la mesa de las tierras”, como un acto funerario y sagrado.
La muerte atraviesa todo el poema, pero no como ausencia o aniquilación, sino como transfiguración. En el último terceto, Eielson nos deja una imagen demoledora: “la eternidad es el mismo / Hombre de mármol que vela en una ventana / O que se tiende, oscuro y sin amor, sobre la yerba”. El parque, ese lugar de paso, se vuelve símbolo de permanencia; el cuerpo, un vestigio de lo eterno, o su simulacro.
Este poema de Eielson invita a leer el cuerpo como ruina viva, como esqueleto en el que aún resuena lo sagrado. En él, la poesía no consuela ni embellece: ilumina con una luz que es también sombra. Y nos recuerda que incluso el hombre dormido, incluso el más solo, es aún un cráneo pensante, un fragmento del cosmos, una página en la noche.
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