Poetas de Puerto Rico: Julia de Burgos

Julia de Burgos (1914–1953). Puerto Rico

Julia de Burgos

Figura imprescindible de la poesía puertorriqueña y latinoamericana, Julia de Burgos condensó en su breve vida una intensidad lírica que aún hoy conmueve y sacude. Poeta comprometida con las causas sociales, feminista antes del término, voz de los marginados y defensora de su identidad nacional, escribió desde el dolor, pero también desde la rebeldía, el amor y la afirmación de su ser.

Su poesía fluctúa entre lo confesional y lo colectivo, entre la ternura y la tempestad, pero siempre con una fuerza que nace de la sinceridad y del riesgo. Cada uno de sus versos parece brotar desde un alma que no teme mostrarse desgarrada o victoriosa. Su obra, marcada por la lucha interna y la pasión por la justicia, se vuelve aún más valiosa por su honestidad emocional y su lenguaje directo, despojado de artificio.

El poema que presentamos, “Poema perdido en pocos versos”, es una joya que, aunque breve, concentra en sí misma la intensidad lírica, el tono confesional y la energía cósmica que caracterizan a la voz de Julia de Burgos. Un texto en el que el yo poético se proyecta en dimensiones existenciales y universales.


POEMA PERDIDO EN POCOS VERSOS

¡Y si dijeran que soy como devastado crepúsculo 
donde ya las tristezas se durmieron! 
Sencillo espejo donde recojo el mundo. 
Donde enternezco soledades con mi mano feliz. 
Han llegado mis puertos idos tras de los barcos 
como queriendo huir de su nostalgia. 
Han vuelto a mi destello las lunas apagadas 
que dejé con mi nombre vociferando duelos 
hasta que fueran mías todas las sombras mudas. 
Han vuelto mis pupilas amarradas al sol de su amor alba. 
¡Oh amor entretenido en astros y palomas, 
cómo el rocío feliz cruzas mi alma! 
¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz! 
Agigantada en cósmicas gravitaciones ágiles, 
sin reflexión ni nada…


Fulgor íntimo y cósmico

El poema se abre con una imagen melancólica y al mismo tiempo poderosa:

¡Y si dijeran que soy como devastado crepúsculo 
donde ya las tristezas se durmieron!

La poeta se compara con un crepúsculo devastado, pero en el que las tristezas ya descansan. No hay aquí victimismo: hay un reconocimiento de lo vivido, de lo sufrido, y una cierta paz que sigue al desgarro. La tristeza se ha vuelto paisaje, no amenaza.

Sencillo espejo donde recojo el mundo. 
Donde enternezco soledades con mi mano feliz.

Julia de Burgos se define como espejo, pero no uno que refleja pasivamente, sino que transforma lo que recibe. Su poesía es un espacio de consuelo para las soledades ajenas: las enternece, las toca con su “mano feliz”, ese gesto que abraza incluso desde el dolor.

Han llegado mis puertos idos tras de los barcos 
como queriendo huir de su nostalgia.

La metáfora del barco y los puertos evoca el exilio interior, la distancia emocional. Lo que partió vuelve no por voluntad, sino por nostalgia. Y es en ese regreso que la memoria se vuelve activa, fecunda.

Han vuelto mis pupilas amarradas al sol de su amor alba.

El amor aparece como amanecer, como sol que aún quema. Y esas pupilas “amarradas” nos hablan de una dependencia dulce, luminosa, vital.

¡Oh amor entretenido en astros y palomas, 
cómo el rocío feliz cruzas mi alma! 
¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!

Aquí, la emoción estalla. El amor se vuelve movimiento cósmico, imagen de lo sublime, pero también de lo lúdico. Y el triple “¡Feliz!” funciona como un grito de plenitud, un estallido de gozo que parece contradecir la melancolía del inicio, aunque en realidad la completa.

Agigantada en cósmicas gravitaciones ágiles, 
sin reflexión ni nada…

La poeta se siente engrandecida, lanzada a una órbita sin peso ni razón, sin necesidad de pensamiento ni de contención. Es una entrega absoluta a lo que se siente, sin más.

Este poema condensa magistralmente lo que fue Julia de Burgos: una voz que se alza desde lo íntimo hasta lo cósmico, que transita del duelo al júbilo en apenas unos versos, que no teme celebrar la vida aunque venga del naufragio.

Y, sobre todo, una poeta que nunca renunció a mirar el mundo con los ojos bien abiertos… aunque a veces estuvieran llenos de lágrimas.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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