Joaquín Gutiérrez Mangel (1918–2000). Costa Rica
Aunque fue más conocido en vida por su labor como narrador, traductor y periodista, Joaquín Gutiérrez Mangel dejó también una huella profunda como poeta. Figura central en la cultura costarricense del siglo XX, combinó con naturalidad la militancia política con la pasión por la palabra. Su voz lírica, aunque no abundante, es intensa, clara y orientada hacia lo colectivo: poesía que no se repliega en la intimidad, sino que busca despertar, movilizar, incendiar.
Ese impulso está plenamente presente en su poema “Canción de cuna para despertar a un niño”: un título paradójico que condensa de inmediato su tensión esencial. No se trata aquí de arrullar, sino de despertar; no de calmar, sino de sacudir con dulzura y con firmeza. Es un poema para los hijos y para los pueblos, para quienes duermen en la ceguera o la resignación, para quienes aún no han abierto los ojos a la historia y al deseo de justicia.
Canción de cuna para despertar a un niño
Joaquín Gutiérrez Mangel
Este pueblo era un árbol sin viento,
Esta sangre una copa de vino,
Este puño un pedazo de plomo
Este rostro un espejo vacío
Y mi niño era un pájaro ciego
Y era el hambre un lagarto amarillo.
Cuando el niño miró y ya miraba
Y la sangre al andar se hizo río
Y anidó un ventarrón en el árbol
Y el lagarto sacó su cuchillo
Sólo entonces el hierro fue fragua
Y fue el sol en tus labios un lirio
Aquel rostro fue océano de rostros
Y fue el pueblo huracán encendido.
Si buscando que el sueño descienda
Una madre le canta a su hijo
Este canto lo cantan los padres
Que no quieren que siga dormido.
Y que saben que un puño es un toro
Y cien toros un ancho camino,
Y la lucha es el rojo salmón
Que remonta, saltando, los ríos.
La cuna como tambor
Desde el primer verso, el poema nos sitúa en una imagen de parálisis:
Este pueblo era un árbol sin viento,
Esta sangre una copa de vino,
El viento que no sopla, la sangre que no circula, el puño que no golpea: es la imagen de un mundo dormido, pasivo, atrapado en una belleza estéril. Incluso el niño, símbolo del porvenir, es aquí un pájaro ciego; la infancia se representa como potencial aún no despierto.
Y el hambre, figura central del dolor social, se convierte en imagen surreal y siniestra:
era el hambre un lagarto amarillo.
El poema está sembrado de metáforas cargadas de color, de densidad simbólica, pero nunca meramente ornamentales. Todo está al servicio de un despertar.
El giro: mirar, arder, alzarse
El segundo movimiento del poema se abre con una transformación esencial:
Cuando el niño miró y ya miraba
Y la sangre al andar se hizo río…
Aquí comienza el despertar. La sangre, que antes era copa detenida, se convierte en corriente; el árbol sin viento recibe ahora un ventarrón; el rostro vacío se multiplica en océano de rostros: el individuo se vuelve colectivo, el cuerpo se vuelve fuerza.
Y el pueblo, al fin, se enciende:
Y fue el pueblo huracán encendido.
El lenguaje se vuelve más sonoro, más aéreo, más épico. Este es un despertar que quema y arrastra, no es contemplativo. Lo que antes estaba inmóvil ahora ruge y se mueve. La imagen del lagarto que “saca su cuchillo” insinúa que incluso el hambre puede convertirse en acción: el dolor puede tornarse rebelión.
Cantar para no dormir
La estrofa final rompe del todo con la lógica habitual de la canción de cuna:
Si buscando que el sueño descienda
Una madre le canta a su hijo…
Pero este no es ese tipo de canto. Aquí los padres cantan para evitar que el niño duerma, para que no repita el olvido, para que no herede el silencio.
Y que saben que un puño es un toro
Y cien toros un ancho camino,
El puño, imagen de lucha, se carga de fuerza animal y se vuelve colectivo: muchos puños, muchos toros, forman un camino. La lucha no es violencia ciega, sino fuerza organizadora, torrente vivo.
Y en uno de los versos más hermosos y elocuentes del poema, la lucha se transforma en salmón:
la lucha es el rojo salmón
que remonta, saltando, los ríos.
Aquí el combate se vuelve metáfora natural, noble, tenaz: como el salmón, hay que ir contra la corriente, saltar, insistir. Luchar no es odiar, sino remontar: ir hacia el origen, contra las aguas impuestas.
Un poema que vigila
“Canción de cuna para despertar a un niño” es también una advertencia a los adultos: no enseñen a dormir. Enseñen a mirar. No callen la rabia, el hambre, el temblor de las injusticias. Cantar, en este poema, es acto de vigilia, de siembra, de insurrección amorosa.
En su brevedad —tres estrofas—, el texto contiene una visión política y poética de largo aliento. Su fuerza está en las imágenes, pero sobre todo en el gesto que las anima: el canto como acto de resistencia, la palabra como antídoto contra la resignación.
Como dijo alguna vez Roque Dalton, “la poesía verdadera es como el pan: debe compartirse”. Esta canción de cuna no duerme, no adormece. Esta canción —como toda gran poesía comprometida— despierta.
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