Las partículas elementales fue la segunda novela publicada por el controvertido escritor francés Michel Houellebecq, en 1998. Para empezar, diremos que ninguna novela de Houellebecq ha dejado indiferente tanto a la crítica como al público. El autor es un provocador nato que dota a sus obras de un aparato ideológico a contracorriente del pensamiento actual. A Houellebecq se le ha tachado de xenófobo, misógino, antifeminista, islamófobo y un largo etcétera de opiniones sociales y políticas que lo acercan irremisiblemente a la extrema derecha.
De alguna manera, sus novelas reflejan indirectamente ese ideario, si bien sabe revestirlo de un cierto pesimismo filosófico y humanístico. Las novelas de Houellebecq son incómodas de leer, profundas, digresivas y seductoras. Es difícil sustraerse de la fascinación que el escritor ejerce sobre el lector que busca en un libro algo más que entretenimiento. En definitiva, la obra de Houellebecq incita al lector a posicionarse frente a los personajes, muchas veces en contra de sus actitudes y conductas, y otras veces incentivando en él la compasión por las difíciles situaciones vitales a las que lleva Houellebecq a sus protagonistas.
La obra de Houellebecq forma un todo. Cada novela indaga más profundamente en sus tesis frente a la situación social y política que vive actualmente el mundo. Como decíamos Las partículas elementales fue su segunda novela, y desde entonces el francés ha recorrido un largo y tortuoso camino con obras cada vez más críticas y pesimistas. No obstante, consideramos que Las partículas elementales contiene el germen de toda su novelística, de ahí su importancia en la obra del escritor francés.
Para ello se valió de dos personajes antagónicos, solo unidos por un lazo de parentesco. Michel y Bruno son hermanastros, hijos de la misma madre, una madre que los arrojó al mundo sin querer hacerse cargo de ellos. Esta madre es un personaje prototípico de Houellebecq: una mujer egoísta, supuestamente liberal, metida de lleno en el mundo hippie, en busca de sus propias sensaciones. Con la excusa de buscarse a sí misma y ejercer su libertad individual, se desvincula de cualquier apego emocional, ni siquiera respecto a sus hijos, que evidentemente la molestan en su experiencia vital.
Como decimos, Michel y Bruno son –casi literalmente- arrojados al mundo. Cada uno tomará un camino diferente, pero ambos tendrán en común una perspectiva de la existencia nefastamente influida por el desarraigo familiar.
Michel es un prestigioso investigador en biología molecular. Para él la ciencia no solo es una vocación, sino un refugio. En realidad, vive y piensa como un monje. Nada de la realidad que lo rodea le interesa. En el plano sentimental es un analfabeto. Sus relaciones personales, cuando las tiene, son vacías. Está obsesionado con encontrar una teoría científica que demuestre que la reproducción animal (entre la que está la humana) es un error de la evolución. Busca sin desaliento la manera de reproducir seres humanos en un laboratorio, genéticamente modificados para que no contengan la maldad que él aprecia a su alrededor.
Bruno es profesor de literatura. Cuarentón como su hermano, fue desterrado desde pequeño a una residencia de estudiantes donde sufrió todo tipo de humillaciones por parte de sus compañeros, con la connivencia implícita de los profesores. Su obsesión es el sexo. Está continuamente masturbándose de forma disimulada en lugares públicos, generalmente delante de niñas. Sufre en sus clases, ya que la mayoría de sus alumnas son adolescentes que le atraen hasta hacerle insufrible la existencia. Es un claro ejemplar de hombre resentido, ávido consumidor de pornografía, que limita las relaciones humanas al contacto sexual con mujeres. De cierta forma, es un trasunto del propio escritor, o al menos el vehículo transmisor de sus ideas.
Ninguno de los dos hermanos sabe lo que es el amor. No saben amar ni ser amados. Esta anhedonia sentimental la trasladan a la sociedad en general, a la que odian por dificultad de adaptación.
Ante las características de estos dos personajes, el lector podría preguntarse qué interés puede tener una novela así.
Es evidente que para el lector que busque entretenimiento en una novela, esta no es su obra. Los libros de Houellebecq son novelas de tesis, a las que son tan aficionados los escritores franceses. Lo sobresaliente de Las partículas elementales, al igual que el resto de su producción, es la facilidad con que Houellebecq desmonta la hipocresía, la autocomplacencia y las pequeñas corruptelas de la sociedad actual, partiendo de personajes extremos.
Por muy afines que seamos al sistema actual, todos los ciudadanos somos más o menos críticos con la sociedad, con las ideologías, con las decisiones políticas, con los movimientos sociales que se van produciendo a lo largo del tiempo. Pues bien, Michel Houellebecq es implacable a la hora de desmontar todo el tinglado institucional, generalmente admitido aunque a regañadientes, tanto desde el punto de vista cultural, social, político como económico.
A través de un feroz pesimismo existencial, pone en evidencia muchas ideas que damos por buenas y que, llevadas a un cierto extremo (y él lo hace a partir de sus incómodos personajes), exhiben sus grietas, cuando no su incongruencia. Y al fondo del todo, Houellebecq siempre muestra el poder del dinero como la gran corrupción sobre la que se basa la sociedad actual (¿y cuándo no?, nos preguntamos sus lectores).
Los deseos incontrolables de Bruno, la depresiva existencia de Michel, la vida disipada de sus padres, la no menos triste vida de otros personajes que deambulan por la novela, es el resultado de habitar un mundo que es un inmenso negocio montado por los poderosos en el que, si lo aceptas, recibes una ración de aparente felicidad, pero que si eres reacio a ese negocio, te llevan al convencimiento de ser un fracasado.
Aunque escrita en 1998, Las partículas elementales es una novela de rabiosa actualidad. En sus páginas hay un feroz alegato contra la New Age, heredera del movimiento hippie, que se muestra como consuelo de ingenuos que buscan en lo intangible lo que no pueden encontrar en lo material. El turismo de masas, las relaciones virtuales por internet, los vínculos entre padres e hijos, la frialdad de la tecnología, son puestas en solfa por el escritor francés en un discurso lúcido que podrá gustar o no, pero que encuentra en la novela un vehículo eficaz para agitar el pensamiento crítico de los lectores.
Finalmente queremos destacar la compasión con que Houellebecq trata a sus personajes. Hay una clara ternura en su tratamiento narrativo, un cuidado especial que lleva al lector a encariñarse con ellos, a pesar de sus actos. Y en contra de lo que el propio Houellebecq como persona muestra ante la prensa, los personajes femeninos son especialmente lúcidos y delicados, inteligentes y humanos. Quien lea atentamente Las partículas elementales advertirá que, lejos de la misoginia que se le atribuye al escritor, hay una reivindicación de las mujeres como motor de la civilización o, mejor dicho, como única salvación para que la civilización avance de una manera racional y progresiva “hacia un estado de felicidad común”.
No hay en Las partículas elementales una sola página que deje indiferente al lector.
Las partículas elementales. Michel Houellebecq. Anagrama.
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