La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut: contagiarse de la obsesión

Portada de La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut

Antes de convertirse en uno de los escritores más singulares de la narrativa contemporánea con Un verdor terrible y MANIAC, Benjamín Labatut ya había construido en La Antártica empieza aquí un universo profundamente reconocible: personajes invadidos por ideas ajenas, identidades que se erosionan lentamente y una realidad que comienza a deformarse apenas alguien se aproxima demasiado a ciertas obsesiones. Publicado originalmente en 2010 y revisado recientemente para su reedición, el libro reúne seis relatos atravesados por una misma sensación de amenaza difusa y descomposición interior.

El cuento que da título al volumen, La Antártica empieza aquí, funciona casi como el núcleo secreto del libro. Un periodista mediocre investiga la figura de Karol Vacek, un poeta chileno de simpatías fascistas, antiguo alumno de la Escuela Militar e impulsor de una expedición delirante a la Antártica. Lo que comienza como una pesquisa literaria se convierte poco a poco en una absorción psicológica. Cuanto más indaga el periodista sobre Vacek, más confundido se siente. Lo único que parece claro es que Vacek tenía una influencia perniciosa en cuantos le rodearon, pues todos acaban muertos o enloquecidos. El narrador no logra descubrir una verdad definitiva sobre Vacek, pero termina contaminado por su magnetismo oscuro, por el vacío que deja tras de sí. La Antártica aparece menos como un territorio geográfico que como un límite mental: una zona donde la identidad empieza a disolverse.

La cura de Ana desplaza esa lógica perturbadora hacia el cuerpo. El relato sigue a una mujer marcada por una enfermedad cutánea extraña y por la obsesiva búsqueda de alivio. Pero lo físico nunca permanece únicamente en el plano médico: la enfermedad se convierte en una forma de identidad, en un lenguaje privado del sufrimiento. Como se dice en un momento del relato “la cura es la enfermedad”, la adaptación a la enfermedad. Los cuidadores terminan convirtiéndose en pacientes, y viceversa. La cura física implica también, en cierto modo, un cambio mental que roza el delirio y la locura. Labatut explora aquí cómo ciertos dolores terminan organizando por completo la vida emocional de quienes los padecen y también de quienes los observan desde fuera.

En Países Bajos, quizá uno de los relatos más perturbadores del volumen, la realidad comienza a perder consistencia de manera casi imperceptible. El protagonista es un futbolista chileno con talento que, tras sufrir una brutal agresión física en un estadio, se retira del fútbol y se convierte en prostituto especializado en prácticas “poco habituales incluso en los Países Bajos”. Un día recibe la visita de un cliente chileno y ahí se produce un punto de inflexión en el relato. El cliente comienza a contar la relación que de niño tuvo con su padre, su experiencia al sacrificar por primera vez una res, su paso por la escuela militar, o su simpatía por el dictador Pinochet. El cuento trabaja con una incomodidad muy difícil de definir: la sensación de que algo esencial ha dejado de encajar, aunque nadie pueda señalar exactamente qué.

Club de campo introduce una dimensión social más explícita. En apariencia, el entorno cerrado del barrio privado representa estabilidad y protección; sin embargo, Labatut transforma ese espacio en una maquinaria de paranoia y violencia latente que afecta a todos los personajes de formas diferentes: la pérdida, la humillación, el abandono, la locura. Bajo la superficie ordenada aparece una comunidad dominada por el miedo, el aislamiento y una agresividad silenciosa. Como en otros relatos del libro, lo importante no es el acontecimiento concreto, sino la lenta infiltración de una amenaza que termina deformando la percepción de todos.

Deseo es probablemente el cuento más complejo del conjunto. La historia de dos escritores atrapados en una relación de fascinación y dependencia emocional deriva hacia una espiral de degradación íntima. La historia sigue a dos escritores, uno chileno y otro argentino que realizan dos versiones de una misma historia sin conocer nada el uno del otro. Con esta premisa, Labatut parece sugerir que las narraciones también poseen capacidad infecciosa. En este caso la historia de Deseo, un travestí milagroso, no pertenece realmente a nadie; circula, muta y coloniza distintas subjetividades. La historia narrada bien pudo preexistir a los dos escritores. El encuentro entre ellos, Marcel y Sebastián es un clímax para el lector, en parte porque ambos creen haber encontrado algo único, y descubren que esa singularidad ya existe en otro. El deseo aparece aquí como una fuerza invasiva que borra límites personales y convierte a los personajes en extensiones enfermizas unos de otros.

El volumen se cierra con Alfredo en cama, uno de los relatos más melancólicos del libro. Narra a historia de un saxofonista chileno que recuerda cómo sentía los terremotos chilenos como una especie de premonición en los que llegaba a mezclarse la locura. La inmovilidad física de Alfredo transforma la habitación en un universo autónomo donde el tiempo parece haberse detenido. Hay algo profundamente triste en esa conciencia atrapada entre el deterioro corporal y la memoria, pero también una extraña lucidez. Labatut convierte la quietud en una forma extrema de percepción.

Lo más llamativo del libro es la coherencia que une relatos tan distintos. Los personajes de Labatut parecen abocados al delirio, la paranoia o la enfermedad que los trastora de diferentes formas. Nadie posee aquí un núcleo sólido de identidad. Los personajes son permeables y a todos parece superarlos la realidad que procesan de modo que terminan siendo invadidos por algo exterior que altera lentamente su manera de mirar el mundo.

El estilo del autor en estos relatos ya muestra muchas de las virtudes que más tarde aparecen en novelas como Un verdor terrible o Maniac: una prosa precisa y envolvente, capaz de introducir lo extraño sin subrayados excesivos; una estructura narrativa que avanza por acumulación de inquietud más que por resolución argumental; y una tendencia constante a situar a los personajes al borde de una revelación que quizá nunca llegue a producirse del todo.

La Antártica empieza aquí. Benjamín Labatut. Anagrama.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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