El día de todas las almas es una novela publicada en 1998 por el neerlandés Cees Nooteboom, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura y autor de una dilatada producción literaria que abarca distintas formas y estilos. Cees Nooteboom no es un escritor al uso: constante viajero, europeísta convencido, intelectual comprometido, su fama se ha labrado desde el convencimiento de que la literatura es más un instrumento de reflexión que un medio de entretenimiento en un mundo en el que sobran modos de recreo y esparcimiento.
Sobre esta intención del autor está construido el texto de El día de todas las almas. La trama parte de una anécdota mínima: un director de documentales llamado Arthur Daane realiza una serie de filmaciones en Berlín sin un objetivo concreto. Lo hace para su propio uso, como una forma de entender los acontecimientos que en ese momento se viven en la capital alemana y que coinciden con la caída del Muro.
Busca encontrar en las imágenes grabadas lo que no logra desentrañar con las palabras. Sus grabaciones son inconexas, aleatorias, como si en esa falta de sentido, en ese caos se hallara una posible explicación del mundo actual.
Él filmaba como un escritor va tomando notas, quizás fuera ese un buen símil. En cualquier caso, lo hacía para sí mismo. Sí, pero, ¿qué se proponía entonces con ello? Nada, o nada por el momento. Conservarlo, eso siempre. Quizá pudiera utilizarse alguna vez en algún sitio.
No obstante, la reflexión a la que invita Cees Noteeboom no se limita, naturalmente, a breves secuencias diarias grabadas por una cámara. Para ello se vale de la amistad del protagonista con tres personajes: un artista, un intelectual y una científica. Como es fácil de comprender, el autor neerlandés elige tres aspectos diferentes de la vida para dar una visión lo más amplia posible acerca de la existencia.
La novela va trazando un caprichoso recorrido que va desde las calles de Berlín a las tabernas y las casas particulares de estos amigos, con los que entabla continuas conversaciones. La situación política de Europa, la música, la física cuántica o la idiosincrasia de los alemanes son algunos de los temas que abordan este peculiar círculo de amigos.
Además, el camarógrafo Arthur Daane tiene al otro lado del teléfono a su particular conciencia en forma de amiga, cuyas llamadas son una especie de contrapunto al pesimista pensamiento del protagonista.
Con estos elementos, Cees Nooteboom va tejiendo una sólida narración, muy bien contada, sin prisas, con el aliento de las grandes novelas de tesis. Particularmente, El día de todas las almas recuerda ese ritmo lento y circunspecto de La montaña mágica, de Thomas Mann, ese afán de integrar la reflexión filosófica en una novela sin resultar aburrido. Cierto es que este tipo de novelas –y las de Cees Nooteboom lo son siempre- requieren de un lector paciente y avezado que no busque emociones de ningún tipo, si no son las que procuran el mero regocijo de la lectura perspicaz.
Bien es cierto que en un momento determinado de la novela, Cees Nooteboom parece querer cambiar el tono pausado del texto incorporando un interesante personaje: una mujer joven llamada Elik, estudiosa de la historia de España, con la que se encuentra casualmente en una biblioteca. La relación que se establece entre el maduro documentalista y la joven fructifica rápidamente. Con la fascinación que ésta ejerce sobre el protagonista, se abre un nuevo aspecto en la novela: las distintas perspectivas que cada miembro de una pareja tiene acerca de una relación.
Arthur Daane vivió hace años la tragedia de ver morir a su esposa y a su hijo en un accidente aéreo. Desde entonces ninguna mujer lo ha atraído, pero Elik ejerce sobre él un poder basado en el secretismo y la intermitencia. Hay algo muy actual en esta extraña relación: la falta de compromiso, la inestabilidad, la necesidad de vivir el momento. Elik se configura ante él como una mujer que vive a la vez en la actualidad y en el pasado, un pasado muy remoto que se remonta al siglo XII español, a la reina doña Urraca, por la que la joven siente una gran admiración.
Acerca de esta inmersión de Elik en la época de doña Urraca, el autor escribe:
Ella se apropia de los nombres, los amantes, los consejeros, los enemigos. Ella vive en dos épocas, algo que a veces es difícil de soportar, como si descendiera a ese otro elemento en el sofoco de una campana de inmersión, tiempo pasado donde apenas brilla la luz, donde se encuentran los secretos que ella busca.
De esta manera está construida esta excelente novela: por capas, con la búsqueda por parte de cada uno de los personajes de su verdad, o de su sentido de la existencia, bien sea a través de la historia, de la ciencia, del pensamiento filosófico o del arte. O, en un extremo tan difícil de sostener para un escritor, a través de las breves y parciales imágenes que Athur Daane graba con su cámara constante por las calles de Berlin.
El día de todas las almas es una novela complicada de leer, que requiere un esfuerzo por parte del lector, si bien ese esfuerzo se ve gratamente recompensado. Cees Noteboom teje un tapiz con materiales variados cuyo sentido último solo se encuentra a partir de una visión de conjunto. De alguna manera, el autor neerlandés transfiere a esta novela las diversas vivencias que atesora en su propia vida, nada sedentaria. Vive en diferentes lugares a lo largo del año (Menorca es uno de ellos), viaja continuamente, interviene en el debate político internacional o escribe ensayos en los que entra a fondo en la intrahistoria de Europa.
Cees Nooteboom es un alma inquieta que refleja esa desazón en sus novelas. Todas ellas tienen un cierto aire de familia, pero quizás El día de todas las almas sea la que más ampliamente exhibe su potente músculo narrativo, su forma de entender la literatura no como un pasatiempo, sino como un reflejo de la sociedad y la cultura que le ha tocado vivir, como un avanzado testigo de su tiempo.
El día de todas las almas. Cees Nooteboom. Siruela.
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