Álvaro Mutis (1923–2013)
Conocido sobre todo por su creación narrativa —el universo del caballero errante Maqroll el Gaviero—, Álvaro Mutis fue ante todo un poeta. Su voz lírica, marcada por la melancolía, el desarraigo, la exaltación de la aventura y la conciencia del tiempo, encuentra en la brevedad una potencia inusitada. Hay en su poesía una meditación constante sobre el fracaso, el deseo y la belleza, sin asideros románticos ni aspavientos: una voz que acepta la condición ruinosa de la vida, pero que sigue nombrando lo que arde, lo que persiste.
En este breve y poderoso texto en prosa poética, “El deseo”, Mutis no se limita a describir una emoción, sino que la eleva a la categoría de fuerza cósmica, de energía que necesita su propio paisaje, su propia soledad. Es un poema urgente y visionario que clama por la recuperación de una libertad perdida, de una marcha interrumpida. Es también una crítica velada al conformismo, a las formas fosilizadas de vivir el cuerpo y el mundo.
El deseo
Álvaro Mutis
Hay que inventar una nueva soledad para el deseo. Una vasta soledad de delgadas orillas
en donde se extienda a sus anchas el ronco sonido del deseo. Abramos de nuevo todas las
venas del placer. Que salten los altos surtidores no importa hacia dónde.
Nada se ha hecho aún. Cuando teníamos algo andado, alguien se detuvo en el camino para ordenar sus vestiduras y todos se detuvieron tras él. Sigamos la marcha. Hay cauces secos
en donde pueden viajar aún aguas magníficas.
Recordad las bestias de que hablábamos. Ellas pueden ayudarnos antes de que sea tarde
y torne la charanga a enturbiar el cielo con su música estridente.
Contra la domesticación del deseo
“Hay que inventar una nueva soledad para el deseo”. Así comienza el poema, con una afirmación que es, a la vez, consigna y revelación. El deseo necesita espacio, pero no cualquier espacio: necesita una soledad fértil, no represiva, una “vasta soledad de delgadas orillas” donde pueda resonar su música “ronca”. Mutis nos alerta desde el primer momento: el deseo no cabe en los moldes impuestos por la costumbre o el orden.
Y enseguida convoca a una revuelta del cuerpo: “Abramos de nuevo todas las venas del placer”. No hay que entenderlo solo como una alusión sexual; se trata de una rehabilitación del goce como impulso vital, como motor de la vida antes de que todo se vuelva repetición y gesto vacío. Es un llamado a no dejarse domesticar por las rutinas del alma ni por el miedo al desborde.
Mutis no es ingenuo: sabe que “alguien se detuvo en el camino para ordenar sus vestiduras” y que todos los demás lo imitaron. Esa imagen irónica señala el origen de la parálisis colectiva, del momento en que la humanidad se apartó del flujo salvaje y verdadero del deseo para abrazar la compostura, la corrección, la renuncia. Y sin embargo, insiste: “Nada se ha hecho aún”. Hay tiempo, hay cauces, hay aún aguas magníficas por venir.
Y entonces llegan “las bestias”. Esas criaturas simbólicas, que pueblan muchos de sus poemas, representan la vitalidad indomable, lo instintivo, lo anterior a la cultura domesticadora. Las bestias pueden guiarnos si aún sabemos escucharlas, si no es demasiado tarde. Porque el peligro acecha: “la charanga” —símbolo de lo superficial, de la algarabía que distrae, del ruido vacío de una sociedad adormecida— puede volver a “enturbiar el cielo”.
Este poema de Mutis es breve pero decisivo. No clama por la libertad abstracta, sino por la recuperación del deseo como fuerza generadora, como acto subversivo frente al mundo normado. No hay aquí nostalgia, sino advertencia: la vida no está hecha aún. Podemos seguir. Debemos seguir. Pero para hacerlo, tendremos que ser capaces de inventar nuevas soledades y reconocer en nosotros la memoria de las bestias.
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