Rosario Castellanos (1925–1974)
Rosario Castellanos es una de las voces más lúcidas, valientes y profundas de la poesía mexicana del siglo XX. Escritora, filósofa, diplomática y pionera del pensamiento feminista en América Latina, su obra nunca se apartó de las preguntas esenciales: la identidad, el cuerpo, la muerte, la otredad, el lugar de la mujer en el mundo, la memoria colectiva. Su escritura —siempre afilada, siempre compasiva— supo habitar el espacio íntimo y el espacio social con una coherencia pocas veces vista.
El poema “Presencia” es un texto crepuscular, una meditación sobre la muerte desde el umbral del cuerpo, pero también una afirmación radical de la permanencia del ser a través de los otros. Es un testamento sin grandilocuencia, un manifiesto metafísico donde la palabra intenta, como quien sopla sobre cenizas, mantener encendida la llama de lo humano.
Presencia
Rosario Castellanos
Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.
Esto que uní alrededor de un ansia,
De un dolor, de un recuerdo,
Desertará buscando el agua, la hoja,
La espora original y aun lo inerte y la piedra.
Este nudo que fui (inextricable
De cóleras, traiciones, esperanzas,
Vislumbres repentinos, abandonos,
Hambres, gritos de miedo y desamparo
Y alegría fulgiendo en las tinieblas
Y palabras y amor y amor y amores)
Lo cortarán los años.
Nadie verá la destrucción. Ninguno
Recogerá la página inconclusa.
Entre el puñado de actos
Dispersos, aventados al azar, no habrá uno
Al que pongan aparte como a perla preciosa.
Y sin embargo, hermano, amante, hijo,
Amigo, antepasado,
No hay soledad, no hay muerte
Aunque yo olvide y aunque yo me acabe.
Hombre, donde tú estás, donde tú vives
Permaneceremos todos.
El cuerpo que se va, la vida que permanece
Desde el primer verso, Rosario Castellanos nos enfrenta con una certeza tan temida como inevitable: “Este cuerpo que ha sido / mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.” La imagen es cruda, exacta. El cuerpo, lugar de la experiencia, es también su límite, su cárcel y su sepultura. Pero lo notable es que la poeta no cae en el nihilismo: hay en este reconocimiento una calma lúcida, una aceptación sin drama.
El poema despliega una visión profundamente materialista y poética a la vez. El yo no se diluye en una eternidad abstracta, sino que se disgrega: vuelve al agua, a la hoja, a la piedra. El cuerpo no trasciende: se reintegra. La muerte no es desaparición sino redistribución de la materia, regreso a la raíz de lo viviente.
Y sin embargo, el poema da un salto mayor. Si el cuerpo se descompone y se dispersa, ¿qué pasa con el alma, con la identidad, con lo que amamos? Castellanos responde con un giro ético y amoroso: “No hay soledad, no hay muerte / aunque yo olvide y aunque yo me acabe.” El yo no se preserva como individuo, sino como huella en el otro. En el hijo, el hermano, el amante, el antepasado, en el otro humano —ese “hombre” universal—, se perpetúa lo que somos.
Este cierre conmovedor —“donde tú estás, donde tú vives / permaneceremos todos”— convierte el poema en una declaración de pertenencia. No a la historia, ni a la posteridad, sino al presente compartido del mundo. Frente al olvido, Castellanos propone la memoria encarnada en los vínculos. Frente al miedo, ofrece comunidad. Frente a la nada, el nosotros.
“Presencia” es, en última instancia, un poema que no le teme a la muerte porque cree —profundamente— en la vida entrelazada. Porque reconoce que somos nodos en una red de amor, de historia, de humanidad. Porque aun cuando nos acabamos, no desaparecemos del todo.
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