La mano de la buena fortuna, de Goran Petrovic: el arte de habitar las historias

Portada de La mano de la buena fortuna, de Goran Petrovic

Hay novelas que parten de una premisa sencilla y, sin embargo, terminan construyendo un mundo donde lo real y lo imaginario dejan de ser categorías opuestas. La mano de la buena fortuna (2000), de Goran Petrovic, pertenece a esa rara estirpe de libros que no solo cuentan una historia, sino que reflexionan sobre el propio acto de narrar, sobre la relación íntima entre los lectores y los libros, sobre la posibilidad —tan seductora como inquietante— de que la literatura sea un lugar donde también se vive.

La novela arranca con un hallazgo tan inesperado como decisivo: un ejemplar de una obra aparentemente anodina que posee una cualidad extraordinaria. Quien lo lee no solo sigue una historia, sino que puede habitarla, recorrer sus espacios, encontrarse con otros lectores dentro de sus páginas, compartir con ellos un mismo escenario ficticio que adquiere consistencia propia. El libro deja de ser un objeto para convertirse en un territorio.

A partir de esta idea, Goran Petrovic construye una trama que se despliega en dos niveles que acaban por confundirse: el de los personajes que viven en el mundo “real” y el de aquellos que transitan por el interior del libro. Los protagonistas —lectores solitarios, figuras discretas que encuentran en la lectura una forma de refugio— descubren poco a poco que ese espacio compartido no es inocente. Como todo lugar habitado, también está sujeto a tensiones, a deseos contrapuestos, a la posibilidad de la pérdida.

El núcleo de la novela se articula en torno a ese descubrimiento progresivo. Lo que en un principio parece un juego —la posibilidad de coincidir con otros en un mismo paisaje literario— se transforma en una experiencia cargada de implicaciones emocionales. Las relaciones que se establecen dentro del libro afectan a la vida fuera de él. La frontera se vuelve porosa. Y en ese tránsito, la lectura deja de ser una actividad pasiva para convertirse en una forma de existencia paralela.

Goran Petrovic maneja esta premisa con una delicadeza que evita tanto el exceso de explicación como el deslumbramiento fácil. No estamos ante una fantasía espectacular, sino ante una exploración pausada de las consecuencias de ese fenómeno. Los personajes no reaccionan con asombro desmedido, sino con una mezcla de curiosidad, prudencia y necesidad. Porque lo que encuentran en ese espacio compartido no es solo una anomalía, sino una forma de compañía, una posibilidad de encuentro en un mundo marcado por la soledad.

La novela avanza así en un equilibrio constante entre lo cotidiano y lo extraordinario. Las escenas en el interior del libro tienen la misma densidad que las del exterior, como si Goran Petrovic quisiera sugerir que ambas dimensiones responden a una misma lógica. No hay ruptura, sino continuidad. Lo imaginario no se opone a lo real: lo prolonga.

En este sentido, el estilo de Goran Petrovic resulta fundamental para sostener esa ambigüedad. Su prosa es serena, de una claridad engañosa, atravesada por una imaginación que nunca se impone de forma ostentosa. Hay en ella una tendencia a la metáfora leve, a la sugerencia más que a la afirmación, que permite que lo insólito se integre sin fricciones en el tejido narrativo. La estructura, por su parte, alterna los planos con naturalidad, sin marcar fronteras rígidas, de modo que el lector acaba por aceptar como verosímil ese tránsito continuo entre mundos.

Pero más allá de su ingenio conceptual, La mano de la buena fortuna es una novela sobre la lectura como experiencia íntima y compartida. Goran Petrovic parece preguntarse qué ocurre cuando ese acto, tradicionalmente solitario, se convierte en un espacio común. ¿Qué implica encontrarse con otros dentro de una historia? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando la imaginación deja de ser exclusivamente propia?

Al final, la novela no ofrece respuestas cerradas. Como en las mejores obras que reflexionan sobre la literatura, lo importante no es resolver el enigma, sino habitarlo. El lector sale de sus páginas con la sensación de que los libros —todos los libros— contienen algo más de lo que aparentan. No necesariamente un mundo en el que se pueda entrar, pero sí una forma de presencia que no se agota en la lectura.

La mano de la buena fortuna es, en última instancia, una celebración de ese misterio. Una novela que invita a releer no solo sus propias páginas, sino la experiencia misma de leer, como si en cada libro pudiera esconderse, todavía, la posibilidad de un encuentro inesperado.

La mano de la buena fortuna. Goran Petrovic. Sexto piso.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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