Hay libros cuya mera premisa parece diseñada para expulsar al lector. La vendedora de niños, publicada originalmente en 2003 y recuperada ahora en español, pertenece a esa categoría de obras que obligan a preguntarse hasta dónde puede llegar la literatura sin quebrar el pacto con quien lee. La respuesta de Gabrielle Wittkop es tan simple como perturbadora: puede llegar muy lejos, siempre que el estilo esté a la altura de la atrocidad narrada.
Ambientada en el París de la Revolución francesa y los años posteriores del Terror, la novela adopta una estructura epistolar que remite deliberadamente al siglo XVIII libertino. Marguerite P., regente de un burdel especializado en el tráfico y explotación sexual de niños, escribe a Louise L., una especie de discípula o heredera potencial, para compartir con ella consejos, recuerdos, métodos comerciales y observaciones sobre una ciudad en plena mutación política y moral. Esa correspondencia constituye el núcleo de una novela que convierte el horror en una forma de cortesía narrativa.
La primera reacción del lector es, inevitablemente, de rechazo. Gabrielle Wittkop no suaviza el material que maneja. Hay prostitución infantil, tráfico de menores, perversión sistemática y una galería de personajes grotescos que parecen salidos de una versión degenerada del Marques de Sade: libertinos, aristócratas decadentes, criaturas ambiguas, seres deformes física o moralmente. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante de la novela no reside en lo que cuenta, sino en el tono con que lo hace. Marguerite narra sus actividades con una serenidad casi administrativa, como si hablara de vinos, modales o arquitectura. Esa distancia convierte cada escena en algo aún más perturbador.
Y sin embargo, reducir la novela a una provocación sería profundamente injusto. Gabrielle Wittkop no escribe para escandalizar al lector contemporáneo con una sucesión de excesos. Lo que hace es algo más complejo: reconstruye una sensibilidad dieciochesca donde el cuerpo, el placer y la crueldad coexistían bajo códigos muy distintos a los actuales. La Revolución francesa aparece como telón de fondo irónico: mientras París proclama libertad e igualdad, en sus rincones más oscuros continúa funcionando un mercado donde los cuerpos infantiles son tratados como mercancía. La barbarie privada sobrevive intacta a los grandes discursos públicos.
El gran hallazgo de la novela es su estilo. Gabrielle Wittkop escribe con una elegancia casi escandalosa. Su prosa es barroca sin ser excesiva, culta sin volverse pedante, y está impregnada de una ironía fría que recuerda tanto a Choderlos de Laclos como, sobre todo, al propio Marqués de Sade, a quien la autora no solo utiliza como personaje de esta novela sino que se la dedica usando su primer nombre de pila:
A Donatien, el Admirable.
La estructura epistolar resulta decisiva: permite que la monstruosidad aparezca filtrada por una voz refinada, educada y perfectamente racional. No hay confesión ni culpa; hay método. Y esa racionalidad convierte el mal en algo mucho más aterrador que el simple delirio.
A medida que avanza la novela, el lector comprende que Gabrielle Wittkop está trabajando sobre una idea profundamente incómoda: la civilización y la barbarie no son opuestas, sino perfectamente compatibles. Los personajes comen bien, visten bien, citan con soltura y contemplan el sufrimiento ajeno sin el menor conflicto moral. Ese contraste entre refinamiento cultural y podredumbre ética es lo que da al libro su verdadera potencia.
Esas ideas que la autora va dejando caer a lo largo de la novela, así como ciertas escenas para mi gusto demasiado explícitas son francamente difíciles de digerir y la filosofía que subyace está claramente tomada de Sade y su reivindicación del mal. Sin embargo, hay en la prosa de Gabrielle Wittkop una cierta estética llena de sensualidad que por momentos roza el lirismo, aunque sea un lirismo de lo desagradable, de lo aberrante, algo así como una poética del dolor.
Como ocurría en El necrófilo, la otra gran obra de Gabrielle Wittkop, lo más desconcertante no es la transgresión temática, sino la ausencia total de disculpas. La autora no pide perdón al lector ni ofrece coartadas morales. Escribe desde una libertad literaria radical, hoy cada vez menos frecuente, y obliga a preguntarse si nuestra tolerancia estética es tan amplia como creemos. Tal y como ella misma dijo en una ocasión:
Se puede escribir cualquier cosa, pero hay que saber cómo.
La vendedora de niños no es una novela para todos los lectores, ni pretende serlo. Su lectura produce rechazo, fascinación y, por momentos, y aquí hablo por mí, auténtica náusea. Pero también demuestra algo que Gabrielle Wittkop parecía saber perfectamente: que la literatura puede mirar al abismo sin apartar los ojos, y que a veces el verdadero escándalo no está en lo que se cuenta, sino en la belleza con que se cuenta.
La vendedora de niños. Gabrielle Wittkop. Cabaret Voltaire.
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