Elvio Romero (1926–2004)
Poeta del destierro, de la melancolía tenaz, de la memoria como patria íntima, Elvio Romero escribió desde el exilio argentino los versos más hondos y persistentes sobre su Paraguay natal. Militante de la palabra y del compromiso social, su poesía —siempre nutrida por la ternura y el recuerdo— no elude el dolor, pero tampoco renuncia a la belleza.
En el poema “Allá”, Romero condensa, con admirable economía verbal, el drama del desarraigo. No se mencionan fechas, nombres, ciudades ni causas políticas. Sólo la evocación de la lluvia lejana, el rumor constante de una llovizna que cae “allá”, en ese lugar que ya no es posible habitar, pero que sigue palpitando dentro.
Allá
Elvio Romero
Debe, allá, estar lloviendo;
sin pausa estar lloviendo, lloviznando
en los bosques,
sobre las casas pobres, abotonándose
la noche y mesándose la barba envejecida
en los obrajes, allá lejos, lloviendo,
lloviznando en la noche.
Y habrá ya anochecido.
Siempre se me ha hecho tarde entre los tilos
serranos, a la hora de volver, anochecido,
allá lejos, cuando aún no sabía
que no fuera a volver, que se ha hecho tarde
lloviendo, anocheciendo.
En la noche, allá lejos, lloviznando.
La lluvia que no cesa
“Debe, allá, estar lloviendo”: el poema se abre con esta frase que parece más un susurro que una afirmación. Desde el primer verso, el hablante está lejos. No está bajo la lluvia; la imagina. Ese “allá” se convierte en el eje del poema, en ese espacio remoto —real o simbólico— donde habita todo lo perdido: la tierra natal, la infancia, la certeza de un regreso que nunca llegará.
La repetición de “lloviendo, lloviznando” actúa como un rezo que no consuela, sino que insiste en el dolor. No es una lluvia que limpia o fecunda, sino una que persiste, que anega la memoria y la envuelve en una bruma indefinida. La escena es profundamente visual y sonora: se nos habla de bosques, de casas pobres, de obrajes, de una barba envejecida por los años. Todo está en movimiento lento, como una fotografía que llueve por dentro.
Pero también está el tiempo: la tarde que cae, la noche que se instala, la hora de volver que ya no vuelve. El poema entero es un regreso imposible. “Siempre se me ha hecho tarde”, dice el hablante, y esa frase resuena como una condena íntima. Ya no se trata solo del exilio físico, sino del otro, más cruel: el de saberse excluido del tiempo en que uno fue feliz, del instante preciso en que aún había un camino de vuelta.
La construcción circular del poema —que comienza y termina con la misma imagen de la llovizna en la noche— refuerza esa idea de encierro emocional, de estancamiento existencial. No hay clímax ni resolución: sólo el eco de un paisaje que sigue lloviendo en la distancia, mientras la voz que recuerda se va quedando sola en su evocación.
“Allá” es un poema que se mueve con la levedad del agua, pero que deja un peso duradero en el lector. Nos habla de la añoranza sin dramatismo, con una voz baja y contenida que no necesita explicar nada porque lo sugiere todo. Y en esa sugerencia se encuentra su fuerza: en la niebla de la memoria, en lo que no se dice pero se presiente.
Romero nos enseña que el exilio no es solo político, sino también afectivo, que hay lloviznas que no mojan el cuerpo pero calan la voz. Y que, a veces, la poesía es ese lugar donde sigue lloviendo cuando ya no queda nada más.
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