Poetas de México: Jaime Sabines

Jaime Sabines (1926–1999)

Jaime Sabines

Jaime Sabines es uno de esos poetas que no necesitó de solemnidades ni de grandes teorías para llegar al corazón del lector. Su poesía, directa, cotidiana, muchas veces coloquial, está llena de ternura, humor, dolor y lucidez. Era capaz de escribir desde lo más profundo con las palabras más simples, como quien conversa con un amigo o deja caer una confidencia en voz baja.

En su poema “Me encanta Dios”, Sabines se permite un acto inusual: hablar de Dios sin reverencia, sin miedo, sin dogmas. Lo hace con ironía, con ternura, con asombro infantil y sabiduría de adulto cansado. El resultado es un texto que es más que un poema: es una mirada al misterio desde la entraña humana, una especie de plegaria laica o de monólogo íntimo con lo sagrado.


Me encanta Dios

Jaime Sabines

    Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

    Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

    Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang… Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

    A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

    Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

    Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

    Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

    Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

    A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.


Dios, ese viejo travieso

Lo primero que llama la atención es el tono: Sabines no reza, conversa. No levanta los ojos al cielo; más bien, parece estar hablando con un amigo en una cantina o con un hijo curioso. Su Dios no es el de los tronos ni los truenos, sino un “viejo magnífico” que juega, que inventa galaxias y bacterias con el mismo entusiasmo con que un niño arma mundos con plastilina.

Sabines subvierte la imagen tradicional de Dios sin destruirla. No lo niega: lo humaniza, lo vuelve torpe, juguetón, cegatón, pero también sabio, encantador, omnipresente en lo mínimo. A diferencia de los teólogos, Sabines no se interesa por demostrar nada: solo quiere contar lo que ha intuido en la intimidad de la vida diaria. Su Dios no castiga con terremotos: “Es la tierra que cambia […] cuando Dios se aleja”. Su teología es poética, y su poesía, profundamente espiritual sin necesidad de altar.

El poema recorre una suerte de teogonía emocional: desde la creación del mundo hasta las bacterias resistentes, desde Buda y Mahoma hasta la tía Chofi. Todo cabe en su visión irreverente pero amorosa. Y el mensaje que subyace es claro: Dios es vida, es juego, es impulso creador, no dogma ni condena. No le preocupan nuestras reglas ni nuestras guerras: ya nos conoce.

Y sin embargo, hay algo sagrado en esta irreverencia. Sabines no se burla: celebra. Celebra un Dios que respira nubes y organiza hormigas, que está en la piedra más antigua y en el pétalo más tierno. Hay en este poema una intuición mística disfrazada de humor: que lo divino no está más allá, sino más acá, en la carne, en el perro, en la pulga, en el aroma, en el manantial que somos.

El final es luminoso: “Que Dios bendiga a Dios”. Una frase que parece un juego, pero que en realidad condensa el corazón del poema: el asombro ante el misterio, y la gratitud por existir en medio de él. Sabines no propone una doctrina, sino una forma de mirar. Una fe sin religión, una devoción sin templo.

“Me encanta Dios” es un poema que, con humor y ternura, nos recuerda que lo sagrado no siempre habla en voz solemne. A veces susurra entre las cosas simples, entre los actos cotidianos, entre los versos de un poeta que se atrevió a amar a Dios como quien ama un río o una risa.

Rate this post

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

Check Also

Retrato de Goran Petrovic

La mano de la buena fortuna, de Goran Petrovic: el arte de habitar las historias

Hay novelas que parten de una premisa sencilla y, sin embargo, terminan construyendo un mundo …

Deja una respuesta