Herberto Padilla (1932–2000)
Herberto Padilla fue, durante un tiempo, una de las voces más esperadas por la Revolución Cubana. Pero terminó siendo una de las más incómodas. Su obra poética, marcada por la lucidez crítica, el desencanto y una inteligencia incómoda, culminó en un escándalo político-literario cuando el poemario Fuera del juego —premiado en 1968 por la UNEAC— fue acompañado de una advertencia: se leía “bajo responsabilidad del lector”. Era la primera vez que la Revolución premiaba un libro y, a la vez, lo censuraba.
El poema que da título al libro, “Fuera del juego”, es a la vez una sátira y una elegía, una denuncia disfrazada de proclama. Su destinatario —el poeta mismo, o cualquier conciencia crítica— se convierte en figura proscrita: una voz que incomoda, que no aplaude, que no baila. Un verso que desafía el estribillo general.
Fuera del juego
Herberto Padilla
A Yannis Ritzos, en una cárcel de Grecia
¡Al poeta, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.
¡A ese tipo, despídanlo!
Echen a un lado al aguafiestas,
a ese malhumorado
del verano,
con gafas negras
bajo el sol que nace.
Siempre
le sedujeron las andanzas
y las bellas catástrofes
del tiempo sin Historia.
Es
incluso
anticuado.
Sólo le gusta el viejo Amstrong.
Tararea, a lo sumo,
una canción de Pete Seeger.
Canta,
entre dientes.
La Guantanamera.
Pero no hay
quien lo haga abrir la boca,
pero no hay
quien lo haga sonreír
cada vez que comienza el espectáculo
y brincan
los payasos por la escena;
cuando las cacatúas
confunden el amor con el terror
y está crujiendo el escenario
y truenan los metales
y los cueros
y todo el mundo salta,
se inclina,
retrocede,
sonríe,
abre la boca
“Pues sí,
claro que sí,
por supuesto que sí…”
Y bailan todos bien,
bailan bonito,
como les piden que sea el baile.
¡A ese tipo, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
El derecho a no aplaudir
Este poema no necesita levantar la voz: su tono es irónico, contenido, casi teatral. Y sin embargo, cada verso es una granada lanzada contra la unanimidad, contra el deber de aplaudir. El poema adopta la forma de una voz institucional, de una orden burocrática o tribunalicia: “¡Al poeta, despídanlo!”. Esa frase, repetida como estribillo, funciona como la firma colectiva del poder frente a la disidencia.
Padilla presenta al poeta como la figura incómoda, la que no sonríe cuando todos ríen, la que no baila cuando todos bailan. Y en ello reside su valor. En un mundo de “payasos” y “cacatúas”, donde el espectáculo sustituye a la verdad y la propaganda al pensamiento, el poeta no encaja porque no actúa. Su dignidad está en su incomodidad.
La sátira se hace aún más afilada al pintar detalles mínimos: el poeta que tararea La Guantanamera, pero “entre dientes”; que lleva gafas negras bajo el sol, que permanece mudo ante el ruido. Y frente al coro de “claro que sí, por supuesto que sí”, su mutismo se vuelve un gesto político.
La dedicatoria a Yannis Ritsos, poeta griego encarcelado por su militancia comunista, introduce una ironía final: la denuncia de Padilla no se dirige contra el socialismo como ideal, sino contra la traición de sus principios a manos del dogma. El verdadero revolucionario, sugiere el poema, es el que mantiene su lucidez incluso en la derrota, el que cuestiona cuando todo el mundo obedece.
El castigo que propone el poema —el despido, la expulsión, el exilio simbólico— no hace más que confirmar la función crítica de la poesía. Herberto Padilla fue acusado de contrarrevolucionario. Pero su poesía dice lo contrario: fue un revolucionario que no quiso dejar su alma en el guardarropa del consenso.
“Fuera del juego” es uno de los grandes poemas políticos del siglo XX latinoamericano, no porque panfletice, sino porque piensa. Y pensar, cuando todo el mundo repite, sigue siendo un acto de insubordinación. También de amor. Porque sólo quien ama de verdad se atreve a disentir.
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