Juan Gelman (1930–2014)
Juan Gelman fue poeta, periodista, traductor y una de las conciencias éticas de la literatura hispanoamericana contemporánea. Su obra está marcada por el exilio, el dolor, la pérdida y el amor como resistencia. En sus versos conviven la ternura y la denuncia, la intimidad desgarrada y la memoria colectiva. Gelman escribió contra el olvido, a favor de los desaparecidos, a favor de los que no tienen voz: su poesía es una trinchera del lenguaje y del alma.
El poema “Arte poética” no es una declaración estética en sentido clásico, sino una confesión de sometimiento. Gelman no se proclama dueño de la poesía, sino su obrero forzado, su médium doliente. Frente a otras poéticas que celebran la inspiración o la belleza del acto de escribir, aquí se presenta la poesía como un deber que duele, un trabajo impuesto por la necesidad de nombrar lo injusto, lo que duele a otros.
Arte poética
Juan Gelman
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
Poesía como trabajo y herida
Desde el primer verso, Gelman quiebra la imagen del poeta inspirado: “Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío”. La poesía, en su caso, no es vocación ni elección, sino un llamado inevitable, impuesto como castigo o cruz. “Como un amo implacable”, la palabra poética lo somete y lo arrastra a escribir en cualquier circunstancia, bajo la lluvia, en la ternura, en la enfermedad. Escribir es sobrevivir, y también es doler.
El segundo movimiento del poema abre el foco hacia el dolor colectivo. Gelman no escribe por sí mismo: lo empujan los duelos ajenos, las separaciones, los adioses, los pañuelos que despiden y las promesas rotas. La poesía se convierte así en una forma de duelo público, en un acto de memoria ética, en una forma de resistencia. “Todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre” resume esta concepción de la poesía como cuerpo expuesto, herido, abierto.
El final, seco y definitivo, nos entrega su visión más radical: “Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos”. El poeta no se pertenece; sus versos son dictados por una fuerza anónima, por “rostros oscuros” —los desaparecidos, los muertos, los humillados— que escriben “como tirar contra la muerte”. La poesía es, así, un acto de combate, una forma de permanecer y de dar batalla cuando ya no queda casi nada.
Juan Gelman nunca buscó la retórica vacía ni el ornamento. Su “arte poética” es la confesión de un deber: escribir por los que no pueden hacerlo, con la sangre de uno y con la voz de todos. Este poema condensa el espíritu de su obra: hacer de la poesía un gesto ético, un testimonio encendido, una trinchera hecha de palabras. Pocas veces un “oficio” ha sido tan desbordado por la necesidad y tan lleno de dignidad.
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