Roberto Fernández Retamar (1930–2019)
Roberto Fernández Retamar fue poeta, ensayista, crítico y presidente de la emblemática Casa de las Américas. Su obra poética se mueve entre la reflexión política, el lirismo cultural y una intensa sensibilidad crítica. Pocos autores han sabido unir con tanta eficacia la palabra poética y la conciencia histórica, la ironía lúcida y la compasión militante.
El poema “Felices los normales”, dedicado a la artista plástica Antonia Eiriz, es una invocación sarcástica y subversiva que celebra a los marginados, los anómalos, los “otros” de la historia. Lejos de exaltar una supuesta normalidad como meta o virtud, Retamar la denuncia como ficción conformista, como refugio de los satisfechos. Su poema estalla con la rabia amorosa de quien ha visto la belleza y la fuerza de lo que el mundo llama “locura”.
Felices los normales
Roberto Fernández Retamar
A Antonia Eiriz
Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
El fuego de los raros
Desde el inicio, el poema subvierte el título: “Felices los normales” no es una loa, sino una ironía. El adjetivo “felices” se desplaza hacia la crítica, casi como si dijera “ilusamente felices”, “felices por defecto”. Lo normal, aquí, es un territorio habitado por clichés: los “delicados”, los “finitos”, los “comestibles”. Fernández Retamar dibuja un inventario caricaturesco de quienes jamás han sido perturbados por la intensidad de la vida, de los que permanecen indemnes ante el sufrimiento y la pasión.
Pero el poema no se detiene en la burla. Da un giro radical hacia su verdadera pasión: los anormales, los heridos, los devorados, los que crean porque sangran. Ellos —nos dice— son los que “hacen los mundos y los sueños”, los que “nos desbaratan y nos construyen”. El poeta proclama que la belleza, el arte, la poesía, nacen de esa anomalía esencial que es vivir con exceso, con fuego, con desgarradura.
Y así, en un mundo que adora la mesura, el orden y la estabilidad, Retamar celebra la inestabilidad como fuerza generadora. Lo hace sin compasión: no pide compasión para los raros, exige respeto y espacio. Que los normales, dice, “den paso” a los locos, los borrachos, los hijos del amor calcinante. Y remata con un cierre digno de Cioran o Artaud: “Que les dejen su sitio en el infierno, y basta”.
El poema, entonces, es una declaración de guerra a la normalidad como forma de dominio, como exclusión de lo distinto. Es un himno a la rebeldía de los que piensan, sienten y crean desde los márgenes. Una elegía para los desobedientes, los inadaptados, los artistas —como Antonia Eiriz— que no encajan en ningún molde porque vienen a romperlos todos.
Fernández Retamar, con este poema, nos recuerda que la poesía no se escribe desde la comodidad, sino desde el borde, desde la grieta. Y que, si hemos de elegir un infierno, que sea aquel donde se crean los mundos.
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