Otto René Castillo (1934–1967)
Otto René Castillo fue un poeta marcado por el fuego de la revolución y el amor. Su vida, breve y trágica, terminó a manos de la dictadura guatemalteca, pero su poesía sigue viva, palpitando en los gestos más simples, en las palabras que se alzan no sólo para denunciar la injusticia, sino para celebrar la vida que aún resiste en lo tierno.
En muchos de sus textos, Castillo entrelaza lo político con lo íntimo, lo histórico con lo humano, pero hay algunos poemas —como este— en los que el centro no es el grito sino el susurro, el instante leve y transformador del despertar de la ternura. La ternura en tus manos es, precisamente, uno de esos poemas en que el poeta baja la voz para decir lo más importante.
La ternura en tus manos
Otto René Castillo
Está naciendo
la ternura en tus manos,
esta tarde,
mi dulce visitante.
Acudes
alegremente
al vuelo golondrino
de tus dedos
que se inician
de entrega.
Sabes.
La ternura se despierta
para siempre,
y tus manos descubren
muy pronto
que les gusta su rostro.
Créeme, es tu minuto más grave.
Quizá concluyen aquí
tus vientos infantiles.
Desde ahora
tienen tus manos
vuelo propio,
¡alto vuelo de ternura!
El despertar de una caricia que transforma
El poema captura con una precisión conmovedora el instante en que una persona descubre que es capaz de ternura, no como debilidad, sino como vuelo. Desde los primeros versos, la imagen de las manos que comienzan a “volar” nos sumerge en un ritual iniciático: algo íntimo, silencioso y definitivo está ocurriendo en el cuerpo de quien es nombrado.
“Mi dulce visitante”: el tono no es de amante apasionado ni de líder combativo, sino de alguien que observa con asombro un despertar ajeno. La ternura no es aquí un gesto que se da, sino un estado que nace, que asume su rostro propio y decide quedarse. Las manos se “inician de entrega” —una manera bella de decir que aprenden a dar sin calcular, sin poseer.
Y sin embargo, el poeta no cae en la celebración ingenua. Dice: “Créeme, es tu minuto más grave”. Porque ese descubrimiento, aunque hermoso, marca el final de una etapa. La infancia, con sus “vientos”, termina cuando aprendemos a tocar a otro con conciencia, con cuidado. La ternura nos hace adultos, nos compromete. A partir de entonces, nuestras manos ya no son inocentes, porque saben.
En esos últimos versos, Otto René Castillo nos da un verdadero manifiesto de la ternura:
“Desde ahora
tienen tus manos
vuelo propio,
¡alto vuelo de ternura!”
Y ese vuelo —como el de la golondrina de la que hablaba antes— es lo único que nos salva, nos humaniza, nos eleva.
Este poema no es solo una escena íntima; es una declaración ética y estética. En medio de la violencia, la muerte, la represión que Castillo conocía tan de cerca, apostar por la ternura era una forma de resistencia. En esa mano que aprende a acariciar hay más poder que en mil discursos. Porque lo que transforma el mundo, dice el poeta, empieza en la yema de los dedos.
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