María Mercedes Carranza (1945–2003)
María Mercedes Carranza fue una de las voces más lúcidas y punzantes de la poesía colombiana del siglo XX. Su obra, marcada por la claridad expresiva y una mirada crítica sobre lo íntimo y lo social, no se presta a ornamentos superfluos. En su escritura, la vida cotidiana, la política y el dolor encuentran un cauce sin artificios, directo, honesto, a veces brutal.
En el poema “Oda al amor”, Carranza desmonta el lirismo tradicional para ofrecernos una visión seca, dolida y veraz del amor. La oda, que por convención suele ser exaltación, se convierte aquí en un réquiem doméstico, en el testimonio de una invasión emocional que acaba en despojo.
Oda al amor
María Mercedes Carranza
Una tarde que ya nunca olvidarás
llega a tu casa y se sienta a la mesa.
Poco a poco tendrá un lugar en cada habitación,
en las paredes y los muebles estarán sus huellas,
destenderá tu cama y ahuecará la almohada.
Los libros de la biblioteca, precioso tejido de años,
se acomodarán a su gusto y semejanza,
cambiarán de lugar las fotos antiguas.
Otros ojos mirarán tus costumbres,
tu ir y venir entre paredes y abrazos
y serán distintos los ruidos cotidianos y los olores.
Cualquier tarde que ya nunca olvidarás
el que desbarató tu casa y habitó tus cosas
saldrá por la puerta sin decir adiós.
Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper retratos,
barrerlo todo y seguir viviendo.
Cuando el amor es ocupación y desalojo
María Mercedes Carranza ha escrito en este poema una poética del amor como ocupación militar. El amor no llega como milagro ni como revelación, sino como una figura silenciosa que entra sin pedir permiso y altera la estructura entera de la vida cotidiana. Cambia los muebles, reordena los libros, habita los rincones. Pero no se instala: se infiltra.
Desde el primer verso —“una tarde que ya nunca olvidarás”— la experiencia se sitúa en el terreno de lo irreversible. Esa tarde señala un antes y un después, y aunque el tono del poema es contenido, casi desapasionado, hay una intensidad emocional subterránea que lo recorre. No hay exaltación, pero sí una conciencia aguda de lo que se pierde cuando se ama: la estabilidad, la casa, el yo tal como era.
El verdadero golpe del poema llega al final: “saldrá por la puerta sin decir adiós”. Carranza huye del dramatismo fácil y opta por lo devastador: el abandono sin explicación. En esa escena mínima —una puerta que se cierra sin despedida— se condensa una de las formas más crueles de la pérdida.
El acto de reconstrucción que sigue —“cambiar las cerraduras, romper retratos, barrerlo todo”— no es catarsis, es necesidad. El poema no promete redención, ni aprendizaje, ni siquiera consuelo. Solo queda seguir viviendo, con la herida alojada en la memoria de las cosas, en el eco residual del amor que fue y desordenó.
“Oda al amor” es, en verdad, una anti oda, o una oda invertida. El amor no se celebra: se padece. Y, sin embargo, hay una forma de dignidad en quien nombra la pérdida sin adornos, en quien barre los restos sin dramatismo y vuelve a empezar. Eso —tal vez— es también amar.
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