No todos los ensayos literarios nacen de una investigación; algunos nacen de una fidelidad. El verano de Cervantes es el resultado de más de medio siglo de convivencia con Don Quijote, un libro que Antonio Muñoz Molina no ha dejado de leer, anotar y releer desde la adolescencia. Pero este no es un estudio académico sobre Cervantes ni una guía de lectura de su novela. Es el relato de una pasión lectora y, al mismo tiempo, una reflexión sobre el poder de la ficción para modelar una vida.
El libro avanza entre dos corrientes que terminan confluyendo. Por un lado, Muñoz Molina recorre la inmensa riqueza de Don Quijote: sus personajes, su estructura, la revolución narrativa que supuso, el modo en que Cervantes transformó para siempre la novela moderna y la huella que dejó en escritores como Herman Melville, Honoré de Balzac, James Joyce, Thomas Mann, Mark Twain o William Faulkner. Por otro, el ensayo se convierte en una memoria personal donde el autor recuerda sus primeros veranos de lectura en la Úbeda de su infancia, las sucesivas relecturas del clásico y los viajes a los escenarios cervantinos, mostrando cómo un libro puede acompañar a una persona durante toda una existencia.
Uno de los aspectos más atractivos del volumen es precisamente esa combinación de crítica literaria y autobiografía. Muñoz Molina no pretende explicar Don Quijote desde una autoridad académica, sino compartir la experiencia de quien vuelve una y otra vez al mismo libro porque siempre encuentra algo distinto. La lectura aparece como una actividad viva, cambiante, capaz de transformarse al mismo ritmo que lo hace quien lee.
A lo largo de las páginas surgen observaciones especialmente luminosas sobre la construcción de los personajes, la modernidad de los diálogos, el humor cervantino, la mirada compasiva hacia todos los seres humanos o la complejidad moral de la novela. Muñoz Molina insiste en que Cervantes inventó una forma nueva de representar la realidad, donde las contradicciones, la ambigüedad y la libertad de los personajes sustituyen a los modelos rígidos de la literatura anterior. Leer Don Quijote es asistir al nacimiento de la novela tal como hoy la entendemos.
Especialmente sugerente resulta la reflexión sobre la relación entre ficción y realidad, una cuestión que atraviesa tanto la obra cervantina como buena parte de la literatura posterior. La locura de don Quijote no es presentada únicamente como una extravagancia, sino como la manifestación extrema de una capacidad profundamente humana: la de dejar que las historias transformen nuestra percepción del mundo. Muñoz Molina establece incluso un puente con el presente, recordando que las nuevas tecnologías poseen hoy un poder de fascinación y de manipulación de la conciencia mucho mayor que el que en su día tuvieron los libros de caballerías.
El estilo constituye uno de los mayores placeres del libro. Muñoz Molina escribe con la serenidad de quien ha dejado sedimentar durante décadas sus lecturas. La prosa fluye con naturalidad entre el recuerdo personal, la reflexión ensayística y el comentario literario, sin que apenas se perciban las transiciones. El libro está organizado en numerosos fragmentos breves, casi autónomos, que permiten una lectura continua o intermitente, como si el propio ensayo quisiera imitar esa costumbre de volver una y otra vez a Don Quijote para detenerse en un episodio, una frase o un personaje.
Pero quizá lo más valioso de El verano de Cervantes sea el entusiasmo que transmite. En una época en la que los clásicos suelen presentarse como obligaciones escolares o monumentos culturales, Muñoz Molina devuelve a Don Quijote su condición primera: la de una novela extraordinariamente divertida, llena de aventura, humor, melancolía y humanidad. Su ensayo invita menos a admirar a Cervantes que a leerlo.
Al terminar el libro queda la impresión de haber acompañado a un lector apasionado en una conversación prolongada durante toda una vida. Y esa es probablemente la mayor virtud del ensayo: recordar que los grandes libros nunca terminan de leerse, porque cambian con nosotros. Cada relectura descubre un matiz nuevo, una pregunta distinta o una emoción inesperada. El verano de Cervantes no pretende sustituir a Don Quijote; consigue algo mucho más difícil: despertar el deseo de volver a abrirlo.
El verano de Cervantes. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral.
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