Marilyn Monroe ha terminado siendo mucho más que una actriz. Su rostro pertenece al imaginario colectivo, hasta el punto de que resulta difícil distinguir a la mujer de la imagen creada a su alrededor. Ese conflicto entre Norma Jeane Baker y Marilyn Monroe, entre una identidad privada vulnerable y un personaje público convertido en objeto de deseo, constituye el centro de Blonde, la monumental novela que Joyce Carol Oates publicó en 2000. No es una biografía ni pretende establecer la verdad sobre ella. Oates transforma una vida real y extraordinariamente conocida en ficción para construir una novela sobre la fama, el deseo, la explotación y el reverso del sueño americano.
La historia comienza mucho antes de Marilyn. Norma Jeane crece en California sin conocer a su padre y bajo la influencia de Gladys, una madre emocionalmente inestable que acabará internada en instituciones psiquiátricas. La ausencia paterna se convierte en una herida fundamental: la niña imagina a ese padre desconocido y termina buscando figuras masculinas capaces de ofrecerle la seguridad que nunca tuvo. Los hogares de acogida, el orfanato y un matrimonio temprano completan una infancia dominada por el abandono y la necesidad de ser querida.
La entrada en Hollywood transforma esa necesidad afectiva en mercancía. La joven descubre que su cuerpo interesa mucho más que su talento. Productores, fotógrafos, representantes y ejecutivos participan en la fabricación de Marilyn Monroe: el cabello rubio, la voz insinuante, los movimientos, el nombre. Norma Jeane contempla cómo surge otra mujer que se parece a ella pero que ya no le pertenece. Marilyn es un producto de los estudios, una fantasía masculina y, finalmente, una criatura tan poderosa que acaba desplazando a quien la interpreta.
Esta escisión es uno de los mayores aciertos de la novela. Oates insiste en la distancia entre Norma Jeane y «la Rubia». La primera lee, escribe, quiere ser tomada en serio como actriz y busca una relación no condicionada por su belleza; la segunda pertenece al público. Marilyn es observada y deseada por millones de personas que creen conocerla precisamente porque desconocen quién es. La fama se convierte así en una forma paradójica de desaparición: cuanto más visible resulta Marilyn, más difícil es encontrar a Norma Jeane.
Los hombres que atraviesan su vida refuerzan ese proceso. Oates modifica acontecimientos y evita a menudo los nombres reales, transformando a personajes históricos en figuras casi arquetípicas. Joe DiMaggio se convierte en el Exatleta; Arthur Miller, en el Dramaturgo; John F. Kennedy, en el Presidente. Más que por su identidad histórica, importan por aquello que representan: distintas manifestaciones del poder masculino.
La relación con el Exatleta reproduce el conflicto entre posesión y deseo. Él quiere a Marilyn y al mismo tiempo no soporta que los demás la deseen. El célebre episodio del vestido levantado por el aire durante el rodaje de La tentación vive arriba deja de ser una simple anécdota cinematográfica: la imagen festiva y erótica para millones de espectadores se convierte dentro del matrimonio en motivo de celos, humillación y violencia.
Con el Dramaturgo parece abrirse una posibilidad diferente. Norma Jeane encuentra a alguien capaz de reconocer la parte que Hollywood desprecia: la mujer que lee, piensa y desea ser considerada una actriz seria. Pero tampoco esa relación logra salvarla. El matrimonio con Miller se convierte en otro intento fallido de encontrar una identidad fuera de Marilyn, mientras los abortos, los embarazos frustrados y el deterioro psicológico intensifican su sensación de fracaso.
El Presidente representa el extremo contrario. Frente a la ilusión de intimidad aparece el poder en su forma más fría. Norma Jeane vuelve a ser reducida a cuerpo disponible, convocada y descartada según las necesidades de otro. Oates lleva estas escenas mucho más allá de los hechos demostrados y construye alrededor de los Kennedy una zona de especulación que desemboca incluso en una posible conspiración relacionada con la muerte de Monroe. Blonde mezcla acontecimientos documentados, rumores e invenciones sin señalar dónde termina cada uno.
Esa libertad constituye a la vez su fuerza y uno de sus principales problemas. Oates definió el libro como una vida de Marilyn «radicalmente destilada»: seleccionó episodios reales, alteró otros e imaginó muchos más. El lector debe recordar que está leyendo una Marilyn posible, no la Marilyn histórica. Algunas de las situaciones más violentas carecen de respaldo biográfico. Juzgar Blonde por su exactitud documental sería equivocarse de género; pero tampoco puede ignorarse la cuestión ética de atribuir experiencias extremas a una persona real que ya fue objeto en vida de una enorme apropiación pública.
Ahí aparece una de las contradicciones más interesantes del libro. Oates quiere denunciar la explotación de Marilyn, pero para hacerlo vuelve a exponer su cuerpo y su sufrimiento con extraordinaria intensidad. Violencia sexual, abortos, embarazos, medicamentos y deterioro físico convierten el cuerpo femenino en un campo de batalla. Puede entenderse, por ello, la objeción de que la novela prolonga involuntariamente aquello mismo que denuncia: Marilyn vuelve a ser observada y transformada en objeto de fascinación.
Pero Blonde es también una gran novela sobre Hollywood y el sueño americano. Oates contempla la industria cinematográfica como una fábrica capaz de producir simultáneamente fantasías y víctimas. La historia de Norma Jeane reproduce de manera perversa el relato clásico del éxito estadounidense: una niña pobre y abandonada alcanza la fama mundial gracias a su belleza y su talento. Solo que cuanto más se acerca al éxito, más profundamente se destruye. El sueño se cumple y precisamente por eso se convierte en pesadilla.
La estructura reproduce ese proceso de fragmentación. Oates alterna perspectivas, introduce monólogos interiores, cartas, poemas, recuerdos, escenas alucinatorias y bruscos cambios de punto de vista. En algunos momentos se acerca al realismo biográfico; en otros, al melodrama, la pesadilla o el cuento de hadas perverso. Los personajes reales pierden sus nombres y se convierten en figuras simbólicas, mientras los hechos históricos son deformados por la memoria y la imaginación. El lector nunca debe olvidar que está entrando en una conciencia reconstruida por la ficción.
También la prosa responde a esa voluntad de exceso. Oates escribe con una intensidad torrencial, acumulativa, a veces hipnótica y otras deliberadamente agotadora. Blonde es una novela enorme y no siempre mantiene la misma tensión. Hay reiteraciones y digresiones, y la insistencia sobre la condición de víctima de Norma Jeane amenaza por momentos con reducir la complejidad del personaje.
Sin embargo, el exceso también forma parte del proyecto. La vida pública de Marilyn fue una acumulación de imágenes, rumores, deseos, películas, fotografías y relatos contradictorios. Oates reproduce esa saturación hasta conseguir que el lector experimente algo parecido al asedio de su protagonista: Marilyn está en todas partes y Norma Jeane parece cada vez más difícil de encontrar.
Por eso Blonde trasciende finalmente a Marilyn Monroe. Oates utiliza su figura para hablar de la fabricación de la celebridad, la violencia ejercida sobre las mujeres, el poder masculino, la necesidad de ser amado y la capacidad de una sociedad para consumir a las personas que convierte en ídolos. Vista desde el presente, esa reflexión resulta incluso más pertinente que en 2000: la cultura de la exposición permanente ha multiplicado los mecanismos que convierten una identidad privada en personaje público.
Blonde es excesiva, irregular, incómoda y discutible. También es ambiciosa, absorbente y, en sus mejores páginas, extraordinariamente poderosa. Su grandeza reside quizá en que no intenta resolver el enigma de Marilyn Monroe, sino mostrar que ese enigma nació precisamente de nuestra necesidad de convertirla en algo que pudiéramos poseer.
Al final seguimos sin saber quién fue realmente Norma Jeane Baker. Pero quizá esa sea la única conclusión honesta. Marilyn Monroe pertenece al imaginario colectivo; Norma Jeane, en cambio, continúa escapándose de nosotros. Y Blonde, pese a su monumental intento de entrar en su conciencia, termina recordándonos que detrás de cualquier mito existe una persona a la que probablemente nunca tendremos derecho a conocer por completo.
Blonde. Joyce Carol Oates. Random House.
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