El perfume fue una novela publicada en 1985 por el escritor alemán Patrick Süskind. En su momento fue un absoluto éxito de ventas a nivel mundial, lo que venimos a llamar un best-seller, cuyo eco entre los lectores suele ser breve, coyuntural y fácilmente olvidable. Sin embargo, El perfume sigue editándose en todo el mundo cuatro décadas después de haber sido publicado; es decir, se ha convertido en un long-seller y tiene visos de alcanzar la categoría de obra inmortal.
¿Cuál es la razón de este éxito prolongado en el tiempo, con el hándicap de la práctica desaparición de Patrick Süskind de la vida pública desde la publicación de esta novela? Una de las razones la encontramos en el punto de partida del relato; una idea novedosa, sorprendente y diría que única en la historia de la literatura: relata la vida de un personaje desde su nacimiento a través de uno de sus sentidos: el olfato.
Todo en la novela son olores, todo remite a lo que el protagonista, Jean-Baptiste Grenouille, percibe a través de la nariz. Además, estamos ante una novela en la que el protagonista lo es en grado absoluto: todos los demás personajes solo tienen sentido de ser o de aparecer en la historia exclusivamente en función de las necesidades del personaje principal. La novedad de esta novela estriba en que los olores marcan la conducta de Jean-Baptiste Grenouille prácticamente desde que tiene uso de razón.
No obstante, se han escrito novelas en las que el sentido del olfato ha sido fundamental: casi todas en las que los perros son protagonistas. Por ejemplo, me viene a la memoria Tombuctú, de Paul Auster o Flush, de Virginia Woolf. Salvando la diferencia entre lo que percibe por el olfato un hombre y un perro, en El perfume hay un nuevo elemento que lo convierte en una obra maestra: la recreación de una época.
En la actualidad, los olores han sido prácticamente anulados, al menos en el mundo occidental. El sentido del olfato ha sido restringido para percibir olores agradables, bien gracias a perfumes y ambientadores, o a través de la comida, por ejemplo. Los malos olores son perseguidos a conciencia, en principio, para hacernos más grata la existencia.
Sin embargo, hasta hace poco tiempo, los olores llenaban la existencia. Patrick Süskind nos lleva a la Francia del siglo XVIII, un mundo en el que el mal olor era constante tanto en las casas como en las calles y en el propio ser humano, ya sea por falta de higiene o por el contacto con materiales de olor repugnante. Así lo advierte la novela desde sus primeras páginas:
Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno.
Y en este contexto Patrick Süskind hace nacer a Jean-Baptiste Grenouille, un ser humano con un olfato prodigioso. Incluso más que prodigioso, mágico. Naturalmente, Süskind se apoya en la fantasía para desarrollar su historia. Estamos, por tanto, ante una novela fantástica escrita como si fuera una novela convencional o, si me apuran, una novela histórica.
Por este motivo, Patrick Süskind hace un fascinante esfuerzo de recreación histórica que dota de verosimilitud a la novela. La trama de El perfume se apoya triunfalmente en la muy detallada descripción de los usos y costumbres de aquella Francia dieciochesca. Esta es otra de las claves del éxito de esta obra: es capaz de introducir al lector en una época y unas circunstancias perfectamente identificables a través de las facultades descabelladas de un personaje. Y escribo descabelladas porque ese talento innato de Jean-Baptiste Grenouille no admite prueba de realidad alguna y, sin embargo, es la base absoluta sobre la que se sustenta la novela. He aquí el mayor mérito de Patrick Süskind a la hora de idear esta obra.
En este sentido, consigue hacernos creer con absoluta maestría que el protagonista ha vencido todas las dificultades que un mundo lleno de olores repugnantes le planteaba para alcanzar sus fines:
Él, Jean-Baptiste Grenouille, nacido sin olor en el lugar más nauseabundo de la tierra, en medio de basura, excrementos y putrefacción, criado sin amor, sobreviviendo sin el calor del alma humana y solo por obstinación y la fuerza de la repugnancia, bajo, encorvado, cojo, feo, despreciado, un monstruo por dentro y por fuera… había conseguido ser estimado por el mundo.
¿Es esta suspensión de la realidad, este juego de la imaginación, este benigno engaño al lector el mayor logro del autor? Creemos que no. Porque El perfume no se queda en una novela sobre una época dominada por los malos olores y un personaje en busca del perfume perfecto, sino que entendemos que va mucho más allá, a una categoría moral que posiblemente haya pasado inadvertida a la mayoría de los lectores, aunque haya podido funcionar a nivel inconsciente en ellos, dado el éxito multitudinario de la novela.
Llegamos a esta conclusión gracias, precisamente, a las malas críticas que ha recibido el libro, tal vez auspiciadas por un exceso de expectativas o por simple antipatía hacia una novela que es un best-seller. Estas reseñas negativas hacen hincapié en que la novela declina en su interés conforme se avanza en su lectura.
Digamos, para el lector que aún no haya leído la novela o la haya olvidado, que la historia se divide en tres partes: en primer lugar, desde el nacimiento de Jean-Baptiste Grenouille en un puesto de pescado de un mercado hasta el momento en que conoce todos los secretos del oficio de perfumista; una segunda sección en la que vive solo y alejado de todo contacto humano; y una última parte en la que lleva a cabo lo que él piensa que es el objeto de su vida. Tal vez el subtítulo de la novela, “Historia de un asesino”, crea en el lector una expectativa fallida, y desde luego pensamos que es un mal indicador de lo que después vamos a encontrar en el interior de la obra.
Porque lo que distingue a Jean-Baptiste Grenouille no es, curiosamente, su olfato impecable, sino su completa y absoluta falta de escrúpulos, su psicopatía extrema, su egocentrismo supremo, su amoralidad innata. Grenouille es un ser sometido a su nariz; su mundo gira alrededor de los olores (queremos decir de los malos olores), y cuando encuentra un buen olor, un olor especial y único, fuera de los aromas florales, identifica ese olor con la bondad, y lo que es peor, con el amor.
Igual que hay muchas personas que confunden el deseo con el amor, Jean-Baptiste Grenouille confunde el buen olor supremo con el amor. Pero como la existencia está llena de malos olores, sensu contrario, confunde la realidad completa (seres humanos, animales y cosas) con el odio, sin que haya ni el más mínimo matiz de grises es esta diferenciación.
Hay una lectura casi oculta y singularmente deliciosa en estas peripecias de Jean-Baptiste Grenouille: cuando un ser humano pone todo su interés y su atención en una sola cosa, o una sola causa, deviene en una mentalidad psicópata que desprecia al resto del mundo, salvo que le suponga un beneficio para sus ególatras fines. Jean-Baptiste Grenouille es tan esclavo de su nariz, como lo son los grandes magnates del dinero, los políticos ambiciosos del poder o los depravados del sexo. No se paran ante nada, la humanidad, para ellos, es un medio, pero nunca un fin.
La historia que cuenta El perfume es el relato, no de un asesino (que también), sino de un psicópata; la historia de una ambición desmesurada que, aunque de forma inconsciente, como decía antes, le resuena al lector en su interior más allá de los episodios descritos, como algo primario que está impreso a fuego dentro del ser humano y que es fácilmente reconocible por muy maquillado que esté dentro de una novela.
Patrick Süskind escribió una novela que toca la sensibilidad y la memoria ética del lector, de ahí que, aparte de los indudables méritos narrativos de El perfume, alcanzara un éxito, un interés por parte del público desde hace tanto tiempo y que es difícil de explicar si esta obra se limitara a ser la historia de un asesino, como reza su portada, o una novela histórica novedosa y bien escrita.
El perfume es, en realidad, un relato turbador, un descenso a los infiernos de la conciencia humana, servido con un dominio narrativo de primer grado, una sabiduría que convierte a esta novela en una obra maestra universal.
El perfume. Patrick Süskind. Seix Barral.
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