Tango satánico, de László Krasznahorkai: la danza interminable de la espera

Portada de Tango satánico, de László Krasznahorkai

Hay novelas que avanzan; Tango satánico parece girar sobre sí misma como una tormenta lenta, una espiral de barro y lluvia de la que resulta imposible escapar. Publicada en 1985, esta obra de László Krasznahorkai se ha convertido en una de las cimas de la literatura europea contemporánea, no tanto por lo que cuenta —una historia mínima, casi fantasmal— como por la forma en que la cuenta: con una prosa hipnótica, torrencial, que se desliza en frases largas y sinuosas, como si la propia sintaxis estuviera atrapada en el mismo tiempo detenido que asfixia a sus personajes.

La novela se sitúa en un lugar indeterminado de la Hungría rural, en una cooperativa agrícola en ruinas donde un grupo de hombres y mujeres sobrevive entre la pobreza, la desconfianza y una vaga esperanza que nunca termina de definirse. El paisaje es esencial: un territorio embarrado, gris, azotado por la lluvia constante, donde las casas se desmoronan y la sensación de abandono parece absoluta. Allí viven personajes que no esperan nada y, sin embargo, no pueden dejar de esperar. Esperan un cambio, una señal, un milagro, o simplemente el paso del tiempo que los arrastre fuera de ese limbo.

El detonante de la trama es el rumor de que Irimiás, un antiguo paisano al que se creía muerto, regresa. Su llegada despierta una mezcla de temor y esperanza, como si fuera un profeta o un impostor capaz de ofrecer una salida a la miseria colectiva. Poco a poco, los habitantes de la aldea proyectan sobre él sus deseos y frustraciones, convirtiéndolo en una figura casi mesiánica. Irimiás escucha, promete, manipula, y su presencia desencadena una serie de decisiones que arrastran a la comunidad hacia un destino incierto.

La estructura de la novela —que imita los pasos de un tango, avanzando y retrocediendo en capítulos que se reflejan entre sí— refuerza la sensación de repetición y encierro. Los acontecimientos se narran desde distintos puntos de vista, regresando sobre los mismos episodios, ampliándolos, desvelando detalles ocultos. No hay un progreso lineal, sino una acumulación de perspectivas que intensifica la atmósfera de fatalidad. Como en una danza obsesiva, cada movimiento parece conducir inevitablemente al mismo lugar.

Uno de los momentos más perturbadores del libro es la historia de Estike, la niña que vive en un estado de abandono y crueldad cotidiana, cuya mirada inocente revela con brutal claridad la descomposición moral del entorno. Su destino, narrado con una mezcla de compasión y distancia, se convierte en una de las escenas más desgarradoras de la novela y en un símbolo de la inocencia sacrificada en un mundo sin redención visible.

El estilo de Krasznahorkai es inseparable de su visión del mundo. Sus largas frases, cargadas de digresiones y matices, obligan al lector a avanzar con una atención casi física, como si cada página fuera un territorio que debe atravesarse con esfuerzo. No hay concesiones ni alivio. La lectura se convierte en una experiencia de inmersión total, donde la percepción del tiempo se altera y la frontera entre la narración y la conciencia del lector se vuelve difusa.

Tango satánico ha sido leída a menudo como una alegoría de la decadencia postcomunista o como una parábola sobre la manipulación política y la necesidad humana de creer en salvadores. Pero su alcance es más amplio. Es una novela sobre la espera misma, sobre la condición humana enfrentada a un mundo que no ofrece respuestas claras, sobre la tendencia a aferrarse a ilusiones incluso cuando la realidad las desmiente. En ese sentido, su pesimismo no es nihilista, sino profundamente lúcido.

La sensación que deja el libro es la de haber asistido a una ceremonia oscura, a una representación en la que los personajes, conscientes o no, repiten un ritual de esperanza y decepción que parece no tener fin. Como el tango del título, la historia avanza y retrocede, se aproxima y se aleja, seduce y desconcierta. Y cuando termina, queda la impresión de que la danza continúa en algún lugar, bajo la lluvia, en un paisaje donde el tiempo sigue girando lentamente sobre sí mismo.

Tango satánico. László Krasznahorkai. Acantilado.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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