Blanca Varela (1926–2009)
Hay en la poesía de Blanca Varela una vocación por el desgarro que no renuncia nunca a la belleza. Cada uno de sus versos parece tallado en una sustancia difícil: esa mezcla de carne, memoria, lenguaje y silencio que define lo humano en sus zonas más expuestas. Influida por el existencialismo, por la poesía francesa y por su cercanía con Octavio Paz y el surrealismo latinoamericano, Varela construyó una obra que interroga —sin respuestas fáciles— el amor, el cuerpo, la maternidad, el sentido del yo y la imposibilidad de nombrar lo absoluto.
El poema “Casa de cuervos” es uno de los más intensos y complejos de su obra. Una especie de confesión materna que se enuncia desde la sombra y la fractura, y que logra, sin sentimentalismos, convocar la totalidad de un amor radical: el amor hacia un hijo.
Casa de cuervos
Blanca Varela
porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío
no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes
ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie
aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos
porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver
El abismo que hereda el amor
“Ego te absolvo de mí”: esta frase, en su latín brutalmente íntimo, concentra el corazón de este poema. El yo poético —madre, mujer, criatura rota— se dirige al hijo con una mezcla de ternura, remordimiento y lucidez feroz. No hay idealización de la maternidad aquí, sino una conciencia amarga de la herencia: la náusea, la ceguera, la asfixia, transmitidas como un destino, como una marca genética del alma. El hijo aparece como un ser poderoso, bello, inasible, al mismo tiempo que prisionero de la sombra materna.
“Tu náusea es mía / la heredaste como heredan los peces / la asfixia”: el lenguaje de Varela, en su precisión dolorosa, corta como un bisturí. No hay catarsis, hay revelación. El poema es un descenso hacia la intimidad más oscura de la relación madre-hijo, donde el amor se presenta como una fuerza indomable, violenta, casi destructiva.
El hijo se vuelve un ser mítico: “leoncillo”, “arcángel”, “encarnación de mi amor”, un habitante de la belleza y del silencio, que juega con los huesos de la madre, que se esconde entre su propia perfección, inalcanzable. Y la madre asiste a esa distancia con devoción y con ruina: “a lo que quieras por una mirada tuya / que ilumine mis restos”.
El final del poema es devastador. El hijo —o tal vez el amor— se marcha “como se va la luz del mundo”, y deja a la voz poética en la casa vacía de su propio cuerpo, en ese “prado de negro fuego” donde ya no queda nada. Es la figura de la pérdida absoluta, pero dicha con tal hondura lírica, con tal entrega a la imagen y al ritmo, que el dolor se vuelve belleza.
“Casa de cuervos” no es sólo un poema sobre la maternidad. Es también una meditación sobre el yo, sobre el amor como pulsión que devora y funda, y sobre el lenguaje como único refugio para nombrar lo que no puede explicarse.
En la poética de Blanca Varela, el cuerpo es casa, es abismo, es testigo de lo irrecuperable. Y en este poema, ese cuerpo —maternal, herido, glorioso— se ofrece como campo de batalla y como altar. Leerlo es asomarse a una verdad que arde y que no se olvida.
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