Véase: amor, de David Grossman: narrar lo indecible desde los márgenes de la infancia

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¿Cómo hablar del horror cuando el lenguaje parece insuficiente? ¿Cómo escribir sobre el Holocausto desde una voz que no repita ni simplifique lo ya dicho? En Véase: amor, el escritor israelí David Grossman acepta este desafío con una novela desbordante y profundamente arriesgada, que se atreve a mirar el trauma desde un ángulo nuevo: el de un niño que trata de entender el sufrimiento de sus mayores. Con una estructura fragmentaria y un tono que oscila entre la ternura, la pesadilla y la alucinación, Grossman construye un texto que no solo habla sobre la Shoá, sino también sobre el poder de la imaginación para enfrentar lo que no tiene explicación.

La novela gira en torno a Momik, un niño que crece en el Jerusalén de los años cincuenta, hijo de sobrevivientes de la Shoá. Aunque en su casa no se habla directamente de lo ocurrido en Europa, el silencio, los gestos esquivos y los nombres ausentes son más elocuentes que cualquier testimonio. Momik intuye que hay un monstruo, un «nazismo» difuso, que ha marcado para siempre a su familia y que él debe aprender a identificar y controlar. Para ello, empieza a observarlo todo con una mezcla de curiosidad y espanto, como si tuviera que descubrir un lenguaje secreto que nadie quiere enseñarle.

La primera parte de la novela, centrada en la infancia de Momik, tiene la fuerza de una parábola y la delicadeza de un cuento cruel. Grossman consigue captar con precisión esa forma de percepción infantil en la que la imaginación y la lógica se entrelazan, dando lugar a explicaciones tan erráticas como profundamente verdaderas. Momik no entiende del todo lo que le rodea, pero en sus juegos y fantasías empieza a construir una mitología propia del dolor. Quiere curar a sus abuelos, salvar a los adultos de sus traumas, protegerlos como si pudiera invertir el orden de las cosas.

Pero Véase: amor no se detiene en ese primer nivel. A medida que avanza, la novela se fragmenta, se rompe, muta. En sus siguientes partes, Grossman abandona la linealidad para adentrarse en formas narrativas cada vez más audaces: una historia escrita desde la perspectiva de un escritor polaco imaginario (Bruno Schulz), un relato que transcurre bajo el agua y donde los peces narran sus memorias, un descenso a una dimensión simbólica donde el sufrimiento adopta formas fabulosas. El lenguaje se transforma, se descompone, se vuelve onírico. Y es allí donde la novela alcanza su ambición máxima: construir una forma de decir lo indecible.

Grossman no intenta representar el Holocausto tal como fue; en cambio, lo bordea, lo mira a través de múltiples espejos, lo traduce en fábulas, lo arrastra hasta los límites del surrealismo. Sabe que hay zonas del sufrimiento humano que escapan a la narración tradicional, y que solo mediante el extrañamiento, la poesía o la ruptura formal puede uno aproximarse a ellas sin banalizarlas. Por eso, Véase: amor no es un relato testimonial ni una novela histórica. Es un texto profundamente literario que, sin embargo, no deja de estar atravesado por la historia más brutal del siglo XX.

La figura de Momik, presente en distintas etapas del libro, es el hilo que une las distintas voces y formas. Su evolución, de niño confundido a adulto obsesionado con entender lo que vivieron sus padres, refleja el intento de una generación —la de los hijos de los sobrevivientes— de encontrar un lugar en una memoria que no les pertenece del todo, pero que los marca de forma irreversible.

El estilo de Grossman, por momentos denso, exuberante, cargado de símbolos, exige una lectura atenta. Pero la recompensa es una novela de una fuerza emocional y literaria inusual, una obra que no ofrece respuestas fáciles ni consuelo, pero sí una forma de enfrentar el dolor desde el amor, la compasión y la imaginación.

Véase: amor no es un libro sobre el Holocausto. Es un libro sobre cómo vivir con él, cómo crecer bajo su sombra, cómo transformarlo en lenguaje sin traicionar su horror. Es también una historia sobre la infancia como espacio de resistencia y sobre el poder —inquietante y luminoso a la vez— de la literatura para acompañar a quienes han quedado rotos.

David Grossman escribió una novela inclasificable, de las que no se parecen a ninguna otra. Y, en ese gesto, logró algo aún más difícil: abrir una puerta distinta para mirar uno de los capítulos más oscuros de la humanidad. No para comprenderlo del todo —porque tal vez eso sea imposible—, sino para no dejar de preguntarse cómo narrar lo que no se puede decir.

Véase: amor. David Grossman. Debolsillo.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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