La gran historia suele recordar guerras, coronaciones, epidemias y catástrofes; rara vez se detiene en aquello que hace reconocible una vida: qué se comía, cuánto se bebía, cómo se celebraba una cena memorable o qué placeres cotidianos sobrevivían incluso en tiempos convulsos. La alegría del exceso, selección de fragmentos gastronómicos extraídos de los célebres diarios de Samuel Pepys, se instala precisamente en ese territorio aparentemente menor y demuestra hasta qué punto la vida privada puede resultar más reveladora que cualquier tratado político.
Samuel Pepys escribió sus diarios entre 1660 y 1669, en una Inglaterra atravesada por acontecimientos históricos de primer orden: la restauración de la monarquía con Carlos II, la Gran Peste de Londres, el Gran Incendio de 1666, tensiones políticas constantes y transformaciones económicas profundas. Y, sin embargo, en medio de ese escenario histórico monumental, Samuel Pepys registra con igual atención lo que come, cuánto bebe, dónde cena y qué placeres culinarios descubre. Esta edición —centrada exclusivamente en esos pasajes gastronómicos— convierte algo aparentemente secundario en el verdadero centro del libro.
El resultado es fascinante porque muestra a un hombre que vive con intensidad material casi todo lo que toca. Samuel Pepys describe banquetes interminables, cenas improvisadas, ostras, vinos, carnes, pasteles, frutas exóticas y platos cuyo nombre hoy apenas reconocemos. Hay en sus anotaciones una mezcla irresistible de glotonería, curiosidad y placer inmediato. Come con entusiasmo, con culpa ocasional y con una alegría casi infantil que vuelve extraordinariamente moderno su tono.
Pero reducir el libro a una colección pintoresca de anécdotas culinarias sería simplificarlo demasiado. A través de la comida se revela toda una estructura social. Quién invita, quién paga, quién ocupa qué lugar en la mesa, qué productos son considerados lujos y cuáles pertenecen al consumo cotidiano: todo ello configura una radiografía social extremadamente precisa del Londres del siglo XVII. Comer es también negociar poder, exhibir estatus y construir relaciones.
Lo más sorprendente es la naturalidad con la que Samuel Pepys alterna de temas importantes sin dar de lado los más mundanos. Puede mencionar en una página su delicado estado de salud tras una complicada operación de los riñoñes y, pocas líneas después, detenerse en la calidad de una cena especialmente memorable. O hablar por encima de su trabajo como funcionario de la corte y en la misma entrada del diario mencionar sin pudor sus devaneos galantes.
Lejos de resultar frívolo, ese contraste vuelve el diario profundamente humano. La historia rara vez se detiene para permitirnos comer con tranquilidad, y sin embargo seguimos haciéndolo. Y lo más importante es la visión histórica de la Inglaterra del siglo XVII que, sin quererlo, Samuel Pepys nos acerca mostrándonos un retrato preciso de la sociedad: las costumbres; el ocio de las clases acomodadas a través de las reuniones culinarias; el teatro, la música y la pintura; el trabajo de oficina; los eventos religiosos; la visión de la familia y del personal de servicio; las amistades; los cotilleos; la política; la rivalidad entre colegas; la enfermedad e incluso el sexo salen mencionados en estos breves fragmentos que tienen por denominador común la mención a algún elemento culinario.
El estilo de Samuel Pepys conserva una frescura extraordinaria. Su diario carece de solemnidad: registra lo que ocurre con inmediatez, humor involuntario y una sinceridad que a menudo roza lo indiscreto. Esa espontaneidad explica en parte por qué sus diarios siguen leyéndose con tanta facilidad. No parecen escritos para la posteridad, y quizá por eso sobreviven tan bien a ella.
La estructura fragmentaria —inevitable en cualquier selección de diarios— juega aquí a favor del libro. No hay progresión narrativa tradicional ni arco dramático definido. Lo que encontramos es una acumulación de momentos, excesos, placeres y pequeñas obsesiones que acaban dibujando un retrato sorprendentemente completo de su autor.
Y ese retrato es el de un hombre profundamente contradictorio: ambicioso, vanidoso, sensual, curioso, a veces mezquino, siempre intensamente vivo. Samuel Pepys come como escribe: con voracidad. Todo parece interesarle. Todo merece ser registrado antes de desaparecer.
La alegría del exceso termina funcionando como algo más que un libro gastronómico. Es una celebración del placer físico en medio de la fragilidad histórica. Una demostración de que incluso cuando la peste avanza o la ciudad se incendia, alguien sigue preguntándose qué habrá para cenar.
Y quizá ahí resida su extraña grandeza: en recordarnos que la civilización también se sostiene sobre mesas compartidas, excesos privados y pequeños placeres obstinados que persisten incluso cuando el mundo parece desmoronarse.
La alegría del exceso. Samuel Pepys. Nórdica.
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