Poetas de Cuba: Gastón Baquero

Gastón Baquero (1914-1997). Cuba

Retrato de Gaston Baquero

Gastón Baquero es una de las grandes voces de la poesía cubana del siglo XX. Nacido en Banes, se vinculó muy pronto al grupo Orígenes, en torno a José Lezama Lima, uno de los núcleos más exigentes y originales de la lírica hispanoamericana.

Tras la Revolución cubana se exilia en España, donde continúa su obra poética y ensayística hasta su muerte en Madrid. Su poesía, de una gran densidad imaginativa y musical, reflexiona sobre la identidad, la historia, la fe, el tiempo y, de manera muy especial, sobre la muerte y la memoria, a menudo desde la experiencia del exilio.

El poema “Testamento del pez” es uno de sus textos más intensos y complejos. Ha sido leído como una declaración de amor a la ciudad (mitificada, entrañada, quizá La Habana, quizá la ciudad del exilio) y, al mismo tiempo, como una meditación sobre la muerte y la posibilidad de vencerla a través de la ciudad y de la poesía.


Testamento del pez

Gastón Baquero

Yo te amo, ciudad,
aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza
amenazando disolverte el rostro numeroso,
cuando hasta el silente cristal en que resido
las estrellas arrojan su esperanza,
cuando sé que padeces,
cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos,
cuando mi piel te arde en la memoria,
cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces,
yo te amo, ciudad.

Yo te amo, ciudad,
cuando desciendes lívida y extática
en el sepulcro breve de la noche,
cuando alzas los párpados fugaces
ante el fervor castísimo,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
como un niño que dice acepto y pone su mejilla.

Yo te amo, ciudad,
porque te veo lejos de la muerte,
porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez, con tu radiante
rostro de un pez que se presiente libre;
porque la muerte llega y tú la sientes
cómo mueve sus manos invisibles,
cómo arrebata y pide, cómo muerde
y tú la miras, la oyes sin moverte, la desdeñas,
vistes la muerte de ropajes pétreos,
la vistes de ciudad, la desfiguras
dándole el rostro múltiple que tienes,
vistiéndola de iglesia, de plaza o cementerio,
haciéndola quedarse inmóvil bajo el río,
haciéndola sentirse un puente milenario,
volviéndola de piedra, volviéndola de noche
volviéndola ciudad enamorada, y la desdeñas,
la vences, la reclinas,
como si fuese un perro disecado,
o el bastón de un difunto,
o las palabras muertas de un difunto.

Yo te amo, ciudad
porque la muerte nunca te abandona,
porque te sigue el perro de la muerte
y te dejas lamer desde los pies al rostro,
porque la muerte es quien te hace el sueño,
te inventa lo nocturno en sus entrañas,
hace callar los ruidos fingiendo que dormitas,
y tú la ves crecer en tus entrañas,
pasearse en tus jardines con sus ojos color de amapola,
con su boca amorosa, su luz de estrella en los labios,
la escuchas cómo roe y cómo lame,
cómo de pronto te arrebata un hijo,
te arrebata una flor, te destruye un jardín,
y te golpea los ojos y la miras
sacando tu sonrisa indiferente,
dejándola que sueñe con su imperio,
soñándose tu nombre y tu destino.

Pero eres tú, ciudad, color del mundo,
tú eres quien haces que la muerte exista;
la muerte está en tus manos prisionera,
es tus casas de piedra, es tus calles, tu cielo.
Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento cómo la muerte me mira fijamente,
cómo ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
cómo habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.

Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra,
yo soy quien vela el trazo de tu sueño,
quien conduce la luz hasta tus puertas,
quien vela tu dormir, quien te despierta;
yo soy un pez, he sido niño y nube,
por tus calles, ciudad, yo fui geranio,
bajo algún cielo fui la dulce lluvia,
luego la nieve pura, limpia lana, sonrisa de mujer,
sombrero, fruta, estrépito, silencio,
la aurora, lo nocturno, lo imposible,
el fruto que madura, el brillo de una espada,
yo soy un pez, ángel he sido,
cielo, paraíso, escala, estruendo,
el salterio, la flauta, la guitarra,
la carne, el esqueleto, la esperanza,
el tambor y la tumba.

Yo te amo, ciudad,
cuando persistes,
cuando la muerte tiene que sentarse
como un gigante ebrio a contemplarte,
porque alzas sin paz en cada instante
todo lo que destruye con sus ojos,
porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas,
y siempre estás, ciudad, ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.

Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella,
navegarte la dura superficie dejando el mar,
dejarlo con su espejo de formas moribundas,
donde nada recuerda tu existencia,
y perderme hacia ti, ciudad amada,
quedándome en tus manos recogido,
eterno pez, ojos eternos,
sintiéndote pasar por mi mirada
y perderme algún día dándome en nube y llanto,
contemplando, ciudad, desde tu cielo único y humilde
tu sombra gigantesca laborando,
en sueño y en vigilia,
en otoño, en invierno,
en medio de la verde primavera,
en la extensión radiante del verano,
en la patria sonora de los frutos,
en las luces del sol, en las sombras viajeras por los muros,
laborando febril contra la muerte,
venciéndola, ciudad, renaciendo, ciudad, en cada instante,
en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas.


Una ciudad amada, lejana y mítica

El poema se sostiene sobre una anáfora insistente:

Yo te amo, ciudad…

Ese estribillo construye un canto amoroso a una ciudad que no es sólo un lugar físico, sino una entidad casi mística: ciudad real y a la vez ciudad interior, patria recordada, ciudad del exilio, ciudad-mundo. La voz poética la ama aunque lo olvida, aunque lo convierte en “una isla invisible” en medio del ruido urbano. Ese desajuste —amar a quien no te recuerda— resuena con la biografía del propio Baquero, que vive buena parte de su vida lejos de Cuba y de su ciudad de origen.

La ciudad sufre, ríe, padece la lluvia, baja a la noche como a un sepulcro breve, despierta al sol. Baquero humaniza la ciudad, pero no para reducirla a una persona más, sino para elevarla a criatura cósmica: la lluvia, el cristal, las estrellas, la noche, el sol “como un río de abejas silenciosas”… todo participa de un mismo organismo vivo.

La muerte como huésped y como enemiga

La sección central del poema está dominada por la muerte, pero no como pura negación sino como fuerza con la que la ciudad convive, transforma y hasta utiliza.

porque la muerte pasa y tú la miras
con tus ojos de pez…
…la vistes de ciudad, la desfiguras…

La muerte recorre la ciudad, arrebata hijos, destruye jardines, hiere los ojos. Pero la ciudad no se limita a sufrirla: la viste, la convierte en piedra, en iglesia, en puente, en cementerio. Es decir, la integra en su propio mapa y la fija, la inmoviliza. En un giro admirable, la ciudad llega incluso a vencerla: la reclina “como si fuese un perro disecado”. La muerte se vuelve objeto, casi accesorio.

Y, sin embargo, el poema no se engaña:

Yo te amo, ciudad
porque la muerte nunca te abandona…

La muerte es también la que inventa la noche, la que elabora el sueño, la que da forma a los ritmos de la ciudad. Sin muerte no habría noche, ni silencio, ni memoria. Baquero construye así una dialéctica fascinante: la ciudad combate a la muerte y al mismo tiempo la necesita para ser lo que es.

El pez: identidad, reencarnación y testigo

En la segunda mitad irrumpe la primera persona con fuerza:

Yo soy un pez, un eco de la muerte…

El yo poético se define como pez, figura que en Baquero tiene resonancias múltiples: criatura acuática (del mar, del origen), símbolo cristiano, ser antiguo que mira con ojos fijos, pero también forma “indestructible” que atraviesa distintas aguas y tiempos. La crítica ha leído este poema como una reflexión sobre la reencarnación poética: el yo que ha sido nube, geranio, lluvia, nieve, sonrisa, estruendo, instrumento, tumba…

Esa larga enumeración (“he sido niño y nube… fui geranio… fui la dulce lluvia… sombrero, fruta, estrépito, silencio… el salterio, la flauta, la guitarra… la carne, el esqueleto, la esperanza…”) desborda cualquier lógica. Es un catálogo de metamorfosis que convierte al yo en testigo de todo lo existente. El pez es, entonces, el ser que ha pasado por todas las formas y ahora se sabe cercano a la muerte:

ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma…

Paradoja preciosa: cuanto más se aproxima a la muerte, más “indestructible” se hace el pez. La muerte, que destruye cuerpos, parece consolidar la forma espiritual de ese testigo que se queda “a solas con su alma”.

La ciudad contra la muerte

En el tramo final, el poema vuelve a la ciudad como fuerza que eterniza lo que la muerte destruye:

porque si un niño muere lo eternizas,
si un ruiseñor perece tú resuenas…

La ciudad tiene memoria. Cada pérdida resuena en ella, se convierte en edificio, en voz, en rito. Por eso la muerte “tiene que sentarse / como un gigante ebrio a contemplarte”: no puede absorberlo todo. Siempre hay un resto que se le escapa en forma de ciudad.

La imagen de la ciudad “laborando febril contra la muerte” es una de las grandes intuiciones del poema: las calles, los hijos, las estaciones, los frutos, las luces, las sombras… forman un tejido impalpable de esperanza, una estructura frágil pero obstinada que se opone a la nada.

Un testamento de amor y de resistencia

Llamar a este poema “Testamento del pez” no es un capricho: suena a última declaración, a legado espiritual. El pez-yo se sabe mortal, siente ya la muerte en el interior, pero lo que deja no es sólo su miedo o su nostalgia, sino una profesión de fe.

Baquero, exiliado, creyente, habitante de varias ciudades, escribe aquí un poema que es al mismo tiempo carta de amor a la ciudad perdida y a la ciudad presente, meditación sobre la muerte y afirmación de que, mientras haya ciudades, palabras, hijos y estrellas, la muerte nunca tendrá la última palabra.

Y quizá por eso, al final, lo que queda es ese deseo humilde y enorme:

Quisiera ser mañana entre tus calles
una sombra cualquiera, un objeto, una estrella…

Ser cualquier cosa —pero ser en la ciudad. Ser en ese lugar donde, una y otra vez, la vida se levanta contra la muerte.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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