Mario Benedetti (1920–2009). Uruguay
Leer a Mario Benedetti es aceptar que la poesía puede ser, al mismo tiempo, clara y honda, cotidiana y universal, íntima y política. Su obra ha tocado a generaciones enteras por su capacidad de transformar las pequeñas emociones en asuntos trascendentes y de convertir la historia colectiva en una materia afectiva y cercana. Si la poesía muchas veces ha sido acusada de encerrarse en torres de marfil, Benedetti la trajo a la calle, a la sobremesa, al banco de la plaza. Pero lo hizo sin renunciar al pensamiento, sin abaratar la complejidad.
En el poema “Todo verdor”, Benedetti ofrece una meditación serena y luminosa sobre el paso del tiempo, el amor intergeneracional y la renovación de la esperanza. Se trata de un poema breve, sí, pero profundamente sabio. De esos que no buscan deslumbrar con malabarismos retóricos, sino con una claridad que reconforta y permanece.
Todo verdor
Todo verdor perecerá
dijo la voz de la escritura
como siempre
implacable
pero también es cierto
que cualquier verdor nuevo
no podría existir
si no hubiera cumplido su ciclo
el verdor perecido
de ahí que nuestro verdor
esa conjunción un poco extraña
de tu primavera
y de mi otoño
seguramente repercute en otros
enseña a otros
ayuda a que otros
rescaten su verdor
por eso
aunque las escrituras
no lo digan
todo verdor
renacerá.
Entre la escritura y el brote
El poema se abre con una sentencia grave:
Todo verdor perecerá
dijo la voz de la escritura
Benedetti alude aquí a un motivo bíblico del Eclesiastés, ese libro que insiste en la fugacidad de las cosas. Todo verdor —metáfora de la juventud, del impulso vital, de la belleza— está destinado a morir. El tono, sin embargo, no es trágico: es el de alguien que reconoce con serenidad el curso natural de la vida. La “escritura” es “implacable”, pero no total. Hay más.
Y ahí empieza la segunda voz del poema, la del poeta que responde a esa sentencia no con negación, sino con transformación:
pero también es cierto
que cualquier verdor nuevo
no podría existir
si no hubiera cumplido su ciclo
el verdor perecido
El ciclo es inevitable, pero no estéril. Cada fin prepara un comienzo. Lo perecedero no es ruina, sino semilla. El verdor que muere hace posible el verdor que nace. Lo que parecía una elegía se convierte en una lección de humildad y continuidad.
Amar desde la diferencia
La estrofa más conmovedora del poema introduce una experiencia personal:
de ahí que nuestro verdor
esa conjunción un poco extraña
de tu primavera
y de mi otoño
El amor que se nombra aquí no es simétrico ni idealizado. Es una unión entre distintas estaciones: uno en primavera, otro en otoño. Hay diferencia de edades o de momentos vitales, pero también una complementariedad fértil. Y esa unión, lejos de encerrarse en sí misma, irradia:
seguramente repercute en otros
enseña a otros
ayuda a que otros
rescaten su verdor
El amor como generador de verdor ajeno. El afecto como acto educativo, inspirador, fértil. No se trata de eternizar el verdor propio, sino de sembrarlo en otros. Esa es una de las formas más hondas de trascendencia que propone Benedetti: no la gloria, sino el legado afectivo.
Contra la fatalidad
El cierre, como buen poema de Benedetti, no discute con la autoridad (la Escritura), pero la matiza con una revolución suave:
por eso
aunque las escrituras
no lo digan
todo verdor
renacerá.
No niega que el verdor perece. Acepta el desgaste, la muerte, el fin de los ciclos. Pero afirma con dulzura —casi con una sonrisa— que también hay un renacer. Que la vida se regenera. Que lo vivido, aunque acabe, no se pierde.
Este pequeño poema es una joya de sabiduría y consuelo. Su forma sencilla, su lenguaje accesible, no restan potencia a su profundidad. Como en otros textos de Benedetti, aquí se habla del amor, del tiempo, del sentido de la vida… pero siempre con los pies en la tierra, con el corazón alerta y una voz que no sermonea, sino que acompaña.
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