Ida Vitale (Montevideo, 1923)
Figura fundamental de la llamada Generación del 45 en Uruguay, Ida Vitale ha cultivado una poesía de precisión extrema y belleza contenida, donde el pensamiento y la música de las palabras se entrelazan con elegancia. Su obra ha sido reconocida con múltiples galardones, entre ellos el Premio Cervantes en 2018, pero más allá de los reconocimientos, lo que define a Vitale es su fidelidad al asombro: esa manera suya de mirar el mundo con una mezcla de lucidez y gratitud, de ironía y temblor.
En su escritura, la transparencia es un arduo trabajo de despojamiento. Nada sobra, nada falta. Cada palabra parece haber sido colocada después de una larga escucha interior. En este poema, “Este mundo”, se condensa una de sus grandes obsesiones: el estar en el mundo no como aceptación pasiva, sino como acto poético de pertenencia, como elección voluntaria del asombro.
Este mundo
Ida Vitale
Sólo acepto este mundo iluminado
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí
la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno; a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás
entreabrir puertas,
ver más allá
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.
Habitar el mundo como elección poética
“Sólo acepto este mundo iluminado / cierto, inconstante, mío”. Desde el primer verso, Ida Vitale enuncia una elección radical: no se trata de resignarse al mundo, sino de aceptarlo como propio aun en su inconstancia, en su incertidumbre. Hay una conciencia de lo efímero, sí, pero también una afirmación de pertenencia: este es mi mundo, dice la poeta, incluso cuando su luz se esconde.
El poema describe un laberinto eterno, un “círculo sordo”, una espera casi mística —“aguardo / la lluvia, el fuego / desencadenados”—, y sin embargo, el tono no es de angustia, sino de entrega lúcida. Como si habitar la tierra —su “grave tierra”— fuera un acto de fe serena, de humilde perseverancia.
La poeta no se deja seducir por promesas trascendentales. “Alguien podrá quizás / entreabrir puertas”, escribe con cierto distanciamiento. Pero ella no quiere ver “más allá”, no necesita otra dimensión. Lo que tiene —este mundo, tal como es— le basta. Y en ese gesto se revela una de las claves de su poética: una fidelidad al asombro de lo inmediato.
El cierre del poema es contundente y entrañable: “En él estoy, / me quede, / renaciera”. No hay nostalgia por lo perdido ni ansia de eternidad. Lo que hay es una forma madura de habitar: una renuncia al escapismo y una afirmación de que el mundo, con sus luces y sombras, merece ser vivido y celebrado.
Este poema de Ida Vitale no busca deslumbrar. Su fuerza está en la voz baja, en esa mezcla de sabiduría y asombro que sólo se alcanza desde la experiencia. Es un poema que nombra sin solemnidad las grietas del mundo, pero también su inagotable misterio. En tiempos de ruido y desencanto, esta es una voz que nos recuerda que lo verdaderamente revolucionario es mirar con atención, habitar con gratitud, y elegir —a pesar de todo— quedarse.
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