Meira Delmar (1922–2009). Colombia
Pseudónimo literario de Olga Chams Eljach, Meira Delmar fue una de las voces más delicadas y hondas de la poesía colombiana del siglo XX. De ascendencia árabe y caribeña, su obra es una conjunción única de sensualidad, melancolía, contemplación y música verbal. Su tono, sin ser grandilocuente, tiene el raro poder de hacer del silencio un espacio habitable, de convertir la ausencia en materia lírica.
En su libro Alguien pasa (1998), ya en una etapa de madurez serena, Meira Delmar explora con una melancolía luminosa los rastros de lo vivido, la memoria como forma de percepción, y los asombros que no cesan. El poema «Encuentro con la nieve» es ejemplo paradigmático de esta mirada retrospectiva, íntima, profundamente poética, en la que el instante se vuelve eterno y lo sensorial se enhebra con lo metafísico.
Encuentro con la nieve
Meira Delmar
Me despertó el silencio.
Afuera, ni el leve tintineo de algún trino,
ni el roce de una hoja
rezagada en la fuga del otoño.
En la casa, callados,
los pequeños crujidos que la noche
descubre en la madera,
las voces imprecisas del desvelo,
los pasos con que inicia
sus periplos el día.
Entreabrí la ventana
y me encontré con ella,
con la primera nieve
de aquel año,
y también la primera
de mis ojos.
De lo alto llegaba o no llegaba
un vuelo de jazmines deshojados,
un manso oleaje de blancura,
trémula y transparente
y pensativa.
Un sí es no es que parecía,
más que presencia
y certidumbre plena,
la memoria fugaz de otra memoria
entrevista en el sueño.
Cuánto tiempo ha pasado
desde entonces
no lo sé.
Pero aún sigo allí tras los cristales
viendo caer o no caer la nieve
primera de aquel año
y de mis ojos.
El asombro como residencia
El poema se abre con un silencio cargado de sentido: “Me despertó el silencio”. No se trata del silencio como ausencia, sino como presencia activa, como un lenguaje otro que prepara el advenimiento de lo extraordinario. En un paisaje desprovisto de trinos o rumores, cada pequeño sonido —los crujidos de la casa, las voces del insomnio— se carga de resonancia, como si todo estuviera en suspenso, aguardando una revelación.
Y esta llega: la nieve. Pero no cualquier nieve, sino la primera: “la primera de aquel año y también la primera de mis ojos”. Con esa doble iniciación —del año y de la experiencia vital— se establece la dimensión simbólica del poema. La nieve no es solo fenómeno meteorológico: es epifanía.
La blancura que cae desde lo alto es descrita con una ternura táctil: “un vuelo de jazmines deshojados”, “un manso oleaje”, “trémula y transparente y pensativa”. La sinestesia domina, y la nieve se convierte en pensamiento, en casi-presencia, en “memoria fugaz de otra memoria”. No es tanto un acontecimiento como una reverberación del alma. Una forma de mirar que se duplica y se funde con lo onírico.
En los últimos versos, el poema se instala en el tiempo incierto: “Cuánto tiempo ha pasado desde entonces no lo sé”. El yo lírico ha quedado detenido tras los cristales, aún contemplando esa primera nevada. Porque ese instante inaugural no ha cesado: sigue ocurriendo en la conciencia. La nieve no cae ya en el mundo, sino en el recuerdo, en el lenguaje, en el alma.
«Encuentro con la nieve» es, en el fondo, una meditación sobre el asombro y la persistencia de lo inefable. En él, Meira Delmar alcanza una de sus cimas líricas: una poesía que no necesita alzar la voz, porque todo su poder radica en el temblor de lo mínimo. En esa nieve que cae o no cae, está el centro de su poética: el instante detenido, la belleza irrepetible, la revelación sin estruendo.
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