Poetas de Cuba: Eliseo Diego

Eliseo Diego (1920–1994). Cuba

Retrato de Eliseo Diego

Figura esencial de la poesía cubana del siglo XX, Eliseo Diego escribió desde una sensibilidad casi secreta, silenciosa, hecha de sombras y vislumbres. Su obra, impregnada de melancolía, religiosidad íntima y un inconfundible tono elegíaco, se resiste a los gestos altisonantes y prefiere la delicadeza de lo insinuado. Pocos poetas como él han sabido transformar lo cotidiano en misterio y lo doméstico en trascendencia.

Comienza un lunes es uno de esos poemas que rozan el borde entre la vida y lo que queda cuando la vida se retira. En sus versos, la eternidad no irrumpe con gloria sino con discreción: empieza un lunes, ese día tan ordinario que suele simbolizar la rutina, el inicio cíclico de lo repetido. Pero es precisamente ahí donde Eliseo Diego clava su visión: lo eterno no cae como rayo, sino que se desliza como bruma.


Comienza un lunes

Eliseo Diego

La eternidad por fin comienza un lunes 
y el día siguiente apenas tiene nombre 
y el otro es el oscuro, el abolido. 
Y en él se apagan todos los murmullos 
y aquel rostro que amábamos se esfuma 
y en vano es ya la espera, nadie viene. 
La eternidad ignora las costumbres, 
le da lo mismo rojo que azul tierno, 
se inclina al gris, al humo, a la ceniza. 
Nombre y fecha tú grabas en un mármol, 
los roza displicente con el hombro, 
ni un montoncillo de amargura deja. 
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes 
y al día siguiente doy el nombre tuyo 
y con la punta del cigarro escribo 
en plena oscuridad: aquí he vivido.


Contra el olvido, un nombre escrito en la oscuridad

La primera línea es toda una declaración poética:
“La eternidad por fin comienza un lunes”.
Nada más lejos del juicio final o del éxtasis místico. La eternidad se instala en lo pequeño, en lo trivial, como quien no quiere molestar. Y de inmediato, los días pierden nombre, se esfuman, se abolen. La vida, con sus rostros amados, sus esperas, sus murmullos, se va apagando en la niebla.

Frente a esa indiferencia cósmica, Diego observa que “la eternidad ignora las costumbres”: no distingue colores, no honra fechas ni rituales humanos. Es humo, ceniza, gris. Una disolución total.

Pero el poeta no se entrega al vacío. Hay una resistencia íntima, frágil pero férrea:
“me aferro al lunes”, dice. Se aferra al día más ordinario, como un náufrago a una tabla. Le da al martes —ya sin nombre— el nombre de su amada. Y finalmente, en un gesto que concentra toda la potencia del poema,
“con la punta del cigarro escribo / en plena oscuridad: aquí he vivido.”

No es un grito, no es una consigna, no es siquiera una súplica. Es una anotación mínima, hecha con humo, con brasas, en medio de la nada. Pero en esa vulnerabilidad extrema reside su fuerza. Es la escritura más humilde y más heroica: la del que sabe que será olvidado, pero escribe igual.

Eliseo Diego nos deja, en este poema, una meditación sobre la fugacidad del tiempo y la obstinación del amor, del recuerdo, del vivir. En su voz, lo intrascendente se convierte en testimonio: una chispa en la penumbra, un nombre en la ceniza, una vida que se niega a no haber sido.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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