Jaime Sáenz (1921–1986). Bolivia
Figura inclasificable dentro de la poesía latinoamericana, Jaime Sáenz construyó una obra marcada por el éxtasis, la oscuridad, la muerte, la ebriedad y el amor absoluto. Su vida —replegada en La Paz, ciudad que lo obsesionaba— fue un descenso permanente hacia las profundidades del alma y del cuerpo, donde el amor y la muerte no se excluyen, sino que se buscan, se funden. Su escritura late entre el delirio místico y la ternura devastadora, entre el sacrificio y la luz.
En «En lo alto de la ciudad oscura», Sáenz ofrece uno de sus cantos de amor más arrebatados y extremos. Es un poema que no admite tibiezas: quien ama debe estar dispuesto a morir mil veces, a ofrecer su carne, su alma, sus costillas y su eternidad por una mirada, por un suspiro. Es una celebración del amor como forma de la locura lúcida.
En lo alto de la ciudad oscura
Jaime Sáenz
Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto de la ciudad oscura
con el ruido a lo lejos
es seguro que suspirará
yo suspiraré
tomados de las manos por un gran tiempo en el interior de la arboleda
sus ojos claros al pasar un cometa
su cara llegada del mar sus ojos en el cielo mi voz dentro de su voz
su boca en forma de manzana su cabello en forma de sueño
una mirada nunca vista en cada pupila
sus pestañas en forma de luz un torrente de fuego
todo será mío dando volteretas de alegría
me cortaré una mano por cada suspiro suyo me
sacaré un ojo por cada sonrisa suya
me moriré una vez dos veces tres veces cuatro veces mil veces
hasta morir en sus labios
con un serrucho me cortaré las costillas para entregarle mi corazón
con una aguja sacaré a relucir mi mejor alma para darle una sorpresa
los viernes por la tarde
con el aire de la noche cantando una canción me propongo vivir trescientos
años
en su hermosa compañía.
El amor como sacrificio gozoso
El poema comienza como una escena cinematográfica:
“Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto de la ciudad oscura”.
Es La Paz, ciudad elevada, ciudad tenebrosa y sagrada. Y es también el escenario mítico donde el amor se vuelve posible, donde se encarna el milagro del encuentro.
Desde ese punto, todo en el poema es vértigo. No hay puntuación que contenga la intensidad. La respiración poética se transforma en una corriente alucinada, torrencial. El yo se entrega sin condiciones: “me cortaré una mano por cada suspiro suyo”, “me moriré una vez, dos veces, mil veces”. Es amor desmesurado, amor sin cálculo. Amor místico y corporal a la vez.
Pero no hay patetismo: hay belleza. Sáenz convierte el sacrificio en júbilo, la herida en ofrenda. La ternura convive con la violencia como en los místicos más radicales. El deseo no es solo carnal, es también espiritual: “con una aguja sacaré a relucir mi mejor alma para darle una sorpresa”. El alma se ofrece como regalo de amor, como objeto delicado, como gesto ritual.
La mujer amada no es solo figura romántica: es cuerpo cósmico. Tiene “ojos en el cielo”, “cabello en forma de sueño”, “pestañas en forma de luz”. Es un cometa, una revelación, un incendio. Y el yo poético no quiere poseerla: quiere fundirse con ella, darle todo lo que es, convertirse en criatura eterna a su lado.
Ese deseo de permanencia se expresa en la última línea:
“me propongo vivir trescientos años en su hermosa compañía”.
No hay ironía: hay anhelo. Porque en el universo de Sáenz, el amor es lo único capaz de desafiar a la muerte, de redimir la existencia oscura de los hombres.
«En lo alto de la ciudad oscura» es un poema radical sobre la entrega amorosa, sobre el deseo llevado a sus límites metafísicos y físicos. Es también una prueba de que la poesía puede —cuando se escribe con el alma en carne viva— fundir lo sagrado con lo erótico, lo delirio con la claridad. Leerlo es quedar herido y agradecido.
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