Poetas de Costa Rica: Ana Istarú

Ana Istarú (1960)

Retrato de Ana Istarú

Ana Istarú es una de las grandes poetas de la rebeldía y la carne. Su voz nace del cuerpo, del deseo, de la desobediencia. Escritora, actriz, dramaturga y feminista, Istarú ha hecho de su obra una confrontación poética contra el patriarcado, los mandatos religiosos y las expectativas impuestas sobre las mujeres. Su poesía no pide permiso ni suaviza el golpe: lanza preguntas urgentes con una belleza cortante.

El poema “Para ser mujer” es un acto de desobediencia. Una declaración de existencia insumisa. Un reclamo de humanidad plena, de libertad sin concesiones. La hablante poética se presenta como una figura desgarrada pero en resistencia, a quien se le negaron herramientas para enfrentar el mundo, pero que aprendió, pese a todo, a volar.


PARA SER MUJER

Ana Istarú

Me dieron 
mis dos brazos de mujer 
y no me dijeron cómo romper los cerros. 
Y ahora que he aprendido 
a volar 
entre sus flancos 
de animal herido 
me quitan 
el único par de manos 
que llevo. 

Si algún día 
yo pudiera caminar 
por las calles 
libremente, 
sin catecismos 
ni prejuicios de herrumbre, 
sin una Virgen como ejemplo, 
y golpear una piedra 
con mi pie de mujer 
y sonreír, 
y hacer que un hombre sea 
en la exacta medida y fuerza 
en que yo soy. 

Si yo pudiera 
alborotar el mundo 
y trastornarlo, 
y devolverle la claridad rabiosa 
a su rostro ciego. 
Se me llenaría la cara 
con libertad de aguaceros.


El cuerpo insurrecto

Desde el primer verso, la poeta afirma una paradoja: le dieron brazos de mujer, pero no le enseñaron a romper cerros. Le entregaron un cuerpo, pero no una posibilidad de agencia. La mujer aparece marcada por una herencia de mutilación simbólica: «me quitan / el único par de manos que llevo». La feminidad, impuesta desde el dogma, ha sido una forma de amputación.

Pero el poema no se resigna. Al contrario: en él hay una voluntad feroz de cambiarlo todo. La mujer no se limita a desear libertad individual, sino una transformación radical: “alborotar el mundo / y trastornarlo”. Y no lo hace con odio, sino con algo más antiguo y más vital: con rabia luminosa, con sed de agua viva, con la fuerza imparable de los aguaceros.

Las imágenes religiosas no son casuales. Aparece “una Virgen como ejemplo”, ícono del sacrificio, la pureza y la obediencia femenina. Contra esa imposición, Istarú lanza un deseo de igualdad visceral: “hacer que un hombre sea / en la exacta medida y fuerza / en que yo soy.” No se trata de ser “como” el hombre, sino de reconfigurar la vara con la que se mide el ser humano. No una competencia, sino una equivalencia sin jerarquías.

Este poema no sólo denuncia. También sueña. Sueña con un cuerpo que pueda habitarse sin culpa, con una risa que sea política, con una calle que no sea amenaza. Sueña con devolverle al mundo una mirada sin vendas: “la claridad rabiosa / a su rostro ciego.” Y en ese gesto, Ana Istarú no sólo habla de una mujer concreta: habla de todas.

Pocas veces se ha dicho con tanta belleza una verdad tan urgente: que el derecho a existir libremente es también un derecho poético. Y que hay versos que no adornan, sino que incendian. Como este.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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