José Emilio Pacheco (1939–2014)
Pocas voces como la de José Emilio Pacheco han sabido conjugar el deslumbramiento por la naturaleza con una mirada crítica sobre el mundo y sus símbolos. Su poesía, sobria, lúcida, accesible sin ser simple, interroga el paso del tiempo, los límites del lenguaje, la historia, la pérdida. En “Las flores del mar”, el poeta vuelve su mirada hacia esa criatura hipnótica y letal que es la medusa marina. Y en su contemplación, se abren preguntas más profundas sobre el deseo, lo efímero y lo prohibido.
Las flores del mar
José Emilio Pacheco
A la memoria de Jaime García Terrés
Danza sobre las olas, vuelo flotante,
ductilidad, perfección, acorde absoluto
con el ritmo de las mareas,
la insondable música
que nace allá en el fondo y es retenida
en el santuario de las caracolas.
La medusa no oculta nada,
más bien despliega
su dicha de estar viva por un instante.
Parece la disponible, la acogedora
que sólo busca la fecundación,
no el placer ni el famoso amor,
para sentir: Ya cumplí,
ya ha pasado todo.
Puedo morir tranquila en la arena
donde me arrojarán las olas que no perdonan.
Medusa, flor del mar. La comparan
con la que petrifica a quien se atreve a mirarla.
Medusa blanca como la X’Tabay de los mayas
y la Desconocida que sale al paso y acecha
desde el Eclesiastés al pobre deseo.
Flores del mar y el mal las Medusas.
Cuando eres niño te advierten:
Limítate a contemplarlas.
Si las tocas, las espectrales
te dejarán su quemadura,
la marca a fuego, el estigma
de quien codicia lo prohibido.
Quizá dijiste en silencio:
Pretendo asir la marea,
acariciar lo imposible.
Nunca lo harás: las medusas
no son de nadie celestial o terrestre.
Son de la mar que no es ni mujer ni prójimo.
Son peces de la nada, plantas del viento,
quizá espejismos,
gasas de espuma ponzoñosa
En Veracruz las llaman aguas malas.
Flores de la imposibilidad
En este poema, la medusa se transforma en símbolo, en mito contemporáneo que no necesita adornos para encarnar lo bello y lo temible. Desde el primer verso, su movimiento es casi musical: “danza sobre las olas, vuelo flotante”, como si se tratara de una presencia sagrada y efímera, una especie de verdad delicada que el mar se reserva.
José Emilio Pacheco no escribe sobre la medusa como un naturalista, sino como un poeta que ha aprendido a leer en sus formas una parábola del deseo humano: “quizá dijiste en silencio: pretendo asir la marea, acariciar lo imposible.” Ese gesto de alcanzar lo que no se puede tocar —lo vedado, lo inasible— define también la condición del poeta, que intenta nombrar lo que escapa.
El poema dialoga con el imaginario clásico (la Medusa de los mitos griegos), con la simbología ancestral maya (la X’Tabay), con la figura de la mujer demonizada desde la tradición religiosa. En todos los casos, lo femenino aparece asociado al peligro, al hechizo, a la seducción que castiga. Pero José Emilio Pacheco desmonta esa perspectiva. La medusa “no oculta nada”, es transparente, incluso inocente en su función natural. El problema está en quien la desea como posesión.
Así, lo que parece un poema descriptivo se convierte en un comentario profundo sobre la tensión entre belleza y amenaza, entre fascinación y castigo, entre mirada y transgresión. La medusa es también la metáfora del lenguaje poético: tan atractivo como hiriente, tan visible como intangible.
Al final, el poeta recuerda lo que se dice en Veracruz: “aguas malas”. Pero el adjetivo ya no juzga a la criatura, sino a nuestra forma de nombrarla, de temerla, de malinterpretarla. Como tantas otras “flores del mar”, la medusa simplemente es.
En su pureza flotante, nos recuerda que la poesía —como ella— puede ser al mismo tiempo belleza y quemadura.
Cicutadry Reseñas y Recomendaciones literarias, cinematográficas y musicales
