Amanda Lizet Castro (1962-2010)
Amanda Lizet Castro es una de las voces más radicales y comprometidas de la poesía centroamericana actual. Su escritura nace del cuerpo herido de la historia, y su palabra se convierte en un arma cargada de memoria, de denuncia y de ternura en estado de emergencia. En su poesía, la maternidad, la violencia política y la dignidad popular no son abstracciones: son carne, son grito, son tierra removida por la injusticia.
En “Ellos”, la poeta escribe desde el lugar del testimonio y de la furia, pero también desde un amor desgarrado: el que se tiene por una madre destrozada por la represión, que es también la madre tierra, la madre patria, la madre indígena, la madre pobre. En su lenguaje directo, crudo y sin consuelo, se revela la incapacidad de ciertos hombres —cómodos, indiferentes, “con corbata de domingo”— para comprender el dolor de los cuerpos violentados y de las memorias silenciadas.
ELLOS
Amanda Lizet Castro
Ellos no comprenden, Madre,
ellos no te han visto
sangrar como nosotros
ellos no vieron los buitres
sacarte los ojos
los perros
desgarrarte
ellos no oyeron tus gritos de angustia, Madre
Él nunca pudo entender mi ira
porque no te vio retorcerte
en la montaña
no te vio las manos quebradas
los labios rotos
el vientre hinchado de moretones
la vulva reventada
Él no te ha visto nunca, Madre,
él sólo tiene ojos para sí mismo
los edificios altos
y la corbata del domingo
No podía entenderme el alma hecha pedazos
porque no ha visto tus ojos desterrados
perdidos en el aire
ávidos de color
Él no ha limpiado tus manos desgarradas
No sabe el significado de un pañuelo blanco
o una canción lejana
o los colores de tu falda
Él no conoce el terror del silencio
La sensación helada de la sangre de los otros
sus gestos
sus gritos
sus cuerpos carcomidos en los escombros
sus cuerpos
tirados uno sobre otro
bañados de gasolina
Nunca olió la carne humana ardiendo
los peces en el aire
Él no conoce el amor.
La violencia que no se ve, el amor que no se entiende
Desde el primer verso, Amanda Lizet Castro delimita el abismo entre ellos y nosotros. «Ellos no comprenden, Madre»: ahí comienza una letanía de imágenes terribles, de cuerpos despedazados, de crímenes cometidos y luego olvidados. Pero el poema no es solamente una acusación política, sino también una elegía íntima, un reclamo espiritual.
Este no es un poema “sobre” la violencia. Es violencia nombrada desde dentro, desde la herida aún abierta. Las imágenes son devastadoras: “la vulva reventada”, “los cuerpos bañados de gasolina”, “los peces en el aire”. Todo en el poema habla desde la carne atravesada por el poder, desde la imposibilidad de redención para quien no ha vivido el infierno.
Y sin embargo, lo que sostiene y da sentido a este horror es el amor. No el amor sentimental o complaciente, sino el amor que se funda en el acto de ver el dolor del otro, de cuidarlo, de recordarlo. El hombre que no ha visto, que no ha limpiado las manos rotas, que no ha olido la sangre ajena, no puede amar: “Él no conoce el amor.”
En este cierre brutal, Amanda Lizet Castro nos entrega una sentencia que es también una ética. El amor exige memoria, cuerpo, compromiso. Lo demás es indiferencia disfrazada de normalidad, un crimen cotidiano legitimado por la comodidad.
Este poema no se explica, no se decora, no se suaviza. Se escucha como se escucha un testimonio en medio de una exhumación. Y tras él, uno ya no puede leer el amor sin pensar también en la justicia.
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