Poetas de Argentina: Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik (1936–1972)

Retrato de Alejandra Pizarnik

En la poesía de Alejandra Pizarnik el lenguaje no es un instrumento para nombrar la realidad: es un abismo que se abre en cada palabra. Leerla es habitar un espacio donde la muerte, el miedo, la infancia y el cuerpo dialogan con el silencio. En “El despertar”, uno de sus textos más deslumbrantes, Alejandra Pizarnik escribe desde la grieta, desde el colapso de la identidad y la ruptura entre el yo y el mundo. Este poema, que abre Los trabajos y las noches (1965), es al mismo tiempo una plegaria y una elegía, un delirio lúcido en el que lo sagrado se mezcla con la devastación.


El despertar

Alejandra Pizarnik

A León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo


La jaula se ha vuelto pájaro

Desde su primer verso, “La jaula se ha vuelto pájaro”, el poema invierte los órdenes conocidos. No es el pájaro quien ha sido enjaulado, sino la jaula —símbolo de encierro— la que se vuelve pájaro y huye. Esta inversión anticipa el tono de todo el poema: lo que debería contener, se escapa; lo que debería proteger, daña; lo que debería sostener al yo, lo abandona.

Alejandra Pizarnik escribe un poema que es, ante todo, una súplica, una interpelación al “Señor”, figura ambigua que puede leerse como Dios, como destino o como el otro absoluto que nunca responde. El miedo es el gran protagonista: “Qué haré con el miedo” se repite como un estribillo existencial. El cuerpo de la poeta está asediado por lo invisible, por el dolor, por voces ajenas que gritan desde dentro: “contemplar a cada uno de mis nombres ahorcados en la nada”.

El poema es también una reflexión trágica sobre el lenguaje: “tengo veinte años / también mis ojos tienen veinte años / y sin embargo no dicen nada”. Las palabras ya no consuelan, ya no explican: sólo revelan el vacío.

El deseo de desaparecer, tan presente en la obra de Alejandra Pizarnik, aparece aquí revestido de imágenes bellas y punzantes: “¿Cómo no me suicido frente a un espejo / y desaparezco para reaparecer en el mar?”. La poeta no busca la muerte como escape fácil, sino como metamorfosis. Quiere reaparecer “donde un gran barco la espere”, quiere cruzar al otro lado de la noche.

Sin embargo, incluso en su desesperación, hay una ternura que sobrevive. “Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo”, dice, como si el cuerpo aún recordara la esperanza que la mente ha dejado atrás. El poema no ofrece redención, pero sí una verdad irrebatible: el dolor es inseparable del deseo de vivir.

En su verso final, Alejandra Pizarnik retoma el verso inicial, como si el poema se replegara sobre sí mismo, como una serpiente que muerde su cola: “La jaula se ha vuelto pájaro / qué haré con el miedo”. Y nosotros, lectores, quedamos en suspenso, sin respuestas, tocados por esa pregunta que no cesa.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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