La literatura de Samanta Schweblin parte de una intuición inquietante: la normalidad es un equilibrio precario que puede romperse por un detalle mínimo. No hacen falta monstruos, asesinatos ni grandes catástrofes. Basta una conversación ligeramente desplazada, un gesto fuera de lugar o una percepción que deja de coincidir con la de los demás para que el mundo cotidiano revele una grieta. El buen mal confirma una vez más esa extraordinaria capacidad para convertir lo familiar en una fuente de desasosiego, pero introduce además un matiz nuevo: el dolor ya no aparece solo como amenaza, sino también como una forma inesperada de vínculo.
El buen mal reúne seis relatos que, aunque independientes, dialogan entre sí a través de un mismo nexo: personajes enfrentados a una pérdida, una culpa o una fractura emocional que altera definitivamente su manera de habitar la realidad. En estos seis cuentos de Samanta Schweblin, el elemento perturbador nunca termina de explicarse del todo. Lo importante no es el misterio, sino la transformación silenciosa que produce en quienes lo experimentan.
«Bienvenida a la comunidad», el primer relato, comienza con un intento de suicidio frustrado. La protagonista regresa a su casa decidida a ocultar lo sucedido y recuperar la rutina doméstica, pero una conversación con un vecino tras la desaparición del conejo de sus hijas convierte esa aparente normalidad en algo profundamente inquietante. El cuento plantea una idea que atravesará todo el libro: el sufrimiento puede convertirse en una forma de reconocimiento entre desconocidos.
«Un animal fabuloso», una llamada telefónica reabre la relación entre dos amigas separadas desde hace veinte años. Lo que parecía una simple conversación deriva hacia un recuerdo traumático vinculado a un caballo y a un episodio que ambas habían intentado dejar atrás. Samanta Schweblin construye aquí uno de sus mejores relatos sobre la memoria compartida y la manera en que el pasado permanece latente incluso cuando creemos haberlo olvidado.
«William en la ventana», en este relato la narradora y Denyse entablan amistad durante un retiro de escritores en Shanghái, unidas por el miedo a la pérdida: una teme por su marido enfermo de cáncer y la otra por su gato William. Tras la muerte del animal, unos misteriosos arañazos procedentes de la habitación de Denyse introducen una inquietante nota de extrañeza..
«El ojo en la garganta», probablemente el relato más conmovedor del volumen, un accidente infantil deja a un niño con una traqueotomía permanente. La enfermedad modifica las relaciones familiares y convierte el propio cuerpo en un espacio extraño desde el que intentar reconstruir el vínculo con el padre. La imagen del niño introduciendo el dedo en la abertura de su garganta para comprender su nueva condición permanece mucho tiempo en la memoria del lector.
«La mujer de Atlántida», sigue a dos jóvenes hermanas que deambulan de noche por las casas vacías del balneario en el que viven, hasta que se encuentran en una de esas casas a una anciana poeta que vive sola y alcoholizada. Por alguna razón, verla despierta el interés y la compasión de ambas hermanas, que deciden ayudarla. Su intención es noble, pero los sucesos finalmente desembocan en una tragedia.
«El superior hace una visita», sigue a una mujer de mediana edad que vive sola (su hija está de viaje) acude de visita a una residencia para ver a su madre con Alzheimer. Allí se encuentra con una anciana desorientada que le pide unas monedas y escapa del centro. Al salir de la visita vuelve a encontrarse con la anciana en un vagón del metro. Compadecida, la lleva a su casa y avisa a la residencia, pero hasta la mañana siguiente no podrán recogerla. La llegada del hijo de la anciana, cuyo comportamiento deriva de la amabilidad a una violencia inquietante, transforma el relato en una perturbadora reflexión sobre el poder y deja al lector sumido en la incertidumbre.
Los cuentos de Samanta Schweblin, estremecen y dejan en el lector un filo de incertidumbre y admiración por su extraordinario dominio del cuento.
La prosa de los relatos de El buen mal es austera, precisa y de una eficacia casi quirúrgica. Cada frase parece avanzar con la economía de quien sabe que en un relato breve no existe espacio para lo superfluo. La tensión nunca depende de un giro espectacular, sino de una acumulación casi imperceptible de pequeños desplazamientos que convierten lo cotidiano en algo irreconocible.
La soledad, la enfermedad, el duelo y la culpa están presentes en todos los relatos, pero junto a ellos surge la posibilidad de que el dolor compartido constituya también una forma de acercamiento humano, pues estos cuentos exploran la tensión constante entre el aislamiento y la necesidad de los otros.
Leer a Samanta Schweblin produce una sensación difícil de encontrar en otros escritores contemporáneos: la de salir del libro convencido de que nada ha cambiado y, al mismo tiempo, mirar la realidad con una desconfianza nueva. Ese es, quizá, el mejor resumen de El buen mal: un conjunto de relatos donde lo extraño nunca llega desde fuera, porque siempre ha estado esperando pacientemente en el interior de nuestras vidas.
El buen mal. Samanta Schweblin. Seix Barral.
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