El Tercer Policía, de Flann O’Brien: La imaginación incomprendida

El tercer policía, de Flann O'Brien. Reseña de Cicutadry

El Tercer Policía fue la segunda novela escrita por el irlandés Flann O’Brien. Nunca la vio publicada en vida. Ningún editor la aceptó. Tal vez en el momento de su creación, 1940, la temática y las formas utilizadas por O’Brien no cabían en un tiempo de guerra. Sin duda, Flann O’Brien fue víctima de su tiempo y de su genialidad.

Un genio incomprendido

Aunque la literatura –y el arte- está llena de genios incomprendidos, acaso Flann O’Brien sea uno de esos escritores de los que tan solo conocemos la punta de un iceberg creativo. La única novela que publicó en su vida, que fue la primera que escribió, En-nadar-dos-pájaros, vendió solo unos cientos de ejemplares. Ahora, esa novela es una obra de culto, como lo es El Tercer Policía o La boca pobre, todos libros desechados en su tiempo.

¿Por qué esta incomprensión? Flann O’Brien no es un escritor fácil de leer. Sus novelas –y El Tercer Policía es buena prueba de ello- exigen al lector un paréntesis de verosimilitud. Sus libros suponen una imposibilidad de identificarse con cualquier situación o personaje de la obra. Todo el texto se halla volcado hacia la imprevisibilidad y la sorpresa.

¿Quiere esto decir que las novelas de Flann O’Brien son un rompecabezas? No. Por ejemplo, El Tercer Policía ofrece una lógica implacable que va llevando al lector de una escena a otra sin solución de continuidad. Todo es normal, todo obedece como a un orden preestablecido. Lo que sucede es que esa lógica y esa normalidad son la lógica y la normalidad de los sueños.

Un mundo lleno de bicicletas

El Tercer Policía es, en el fondo, un thriller. Hay un asesinato: lo dice el protagonista, narrador de la historia, asesino confeso que se encuentra y habla con su víctima cuando ésta ya lleva muerta un tiempo. Y hay policías. Policías que no se ocupan de asesinatos, sino de mantener a raya un mundo que se desboca por culpa de las bicicletas.

Dentro de El Tercer Policía hay un submundo de policías pendientes de los incesantes robos de bicicletas que hay en la comarca. Nuestro protagonista, cuyo nombre se le ha olvidado incluso a él mismo, se encuentra medio recluido en una comisaría. Su único delito es carecer de nombre, porque las únicas denuncias que se reciben en esa comisaría giran alrededor de las bicicletas.

De ahí que a nuestro protagonista lo encierren en una celda con una bicicleta detenida por robo. O que desde el ventanuco de la estancia vea un patíbulo que sirvió para ahorcar a una bicicleta, autora espiritual de un repugnante asesinato.

Entendemos que esta rápida ojeada a El Tercer Policía pueda espantar al lector, pensando que estamos ante una novela sin pies ni cabeza. Nada más lejos de la realidad. Flann O’Brien fue uno de los escritores más imaginativos del siglo XX. Y también de los más humorísticos.

Flann O’Brien y el humor

Uno se quiere imaginar a Flann O’Brien acodado en un pub, con unas cuantas pintas ya vacías delante de él, contándonos una historia. Era un gran contador de historias. Como no pudo dedicarse a la literatura, trabajó como periodista, pero incluso así sus escritos se salían de la normalidad.

Tenía una envidiable facultad para extraer humor de cualquier situación. Leer a Flann O’Brien es, literalmente, reírse casi todo el tiempo. Y ello gracias a su infinita imaginación, a sus continuas salidas de tono, a sus sorprendentes giros argumentales, a su mirada tan irlandesa, tan cargada de cerveza negra, de miseria y de socarronería.

Todo esto se refleja en una extraordinaria frescura, en unos textos ingeniosos, dinámicos, amenos, escritos desde una perspectiva limpia de las cosas. Escritos como si nada pudiera hacer daño en el mundo. Flann O’Brien tenía un gran poder de convicción. Era capaz de convencernos de que eso que estamos leyendo, que no deja de ser un disparate, es sumamente divertido, e imaginativo. En definitiva, que nosotros como lectores estamos asistiendo a una fiesta a la que afortunadamente hemos sido invitados.

Un científico llamado De Selby

Además, El Tercer Policía nos reserva una de las situaciones más divertidas que recuerdo en toda la historia de la literatura. Nuestro protagonista –que es un chaval-  se mete en mil y un líos por un solo motivo: quiere dedicar su vida entera a estudiar la obra de un gran científico llamado De Selby. Las ideas de De Selby trufan toda la novela, aparecen cuando menos lo esperas. Y lo hacen para nuestro regocijo.

Es imposible trasladar al lector de esta reseña la pasmosa sensación que queda cada vez que aparecen las teorías de De Selby. En realidad, no tendrían que aparecer en la obra, puesto que nada aportan a su trama. Pero es que De Selby, a pesar de que solo se refieren a él, es el gran protagonista de El Tercer Policía. Sus locos pensamientos son el eje central de una idea que –estamos seguros- quiso imponer Flann O’Brien en esta novela y que podría acuñarse en una frase: Créete todo lo que aquí hay escrito porque saldrás beneficiado.

De ahí que casi terminemos creyendo, gracias a De Selby, que el planeta Tierra tiene forma de salchicha, o que la experiencia humana es una sucesión de experiencias estáticas, cada una infinitamente breve, o que la noche está causada por acumulaciones de “aire negro” producidas por ciertas perturbaciones volcánicas. El sueño lo define como una mera sucesión de pérdidas del conocimiento producidas por un estado de asfixia ligera. Nada escapa a la formidable inteligencia alucinatoria de De Selby, que tiene la virtud de que los humanos terminemos convencidos de que somos pequeños imbéciles frente a su infinita sabiduría.

Un fragmento con los apologistas de De Selby

No quisiera terminar esta reseña sin reproducir un pasaje de El Tercer Policía relativo a De Selby. El fin es que el lector se haga una idea del tono de esta genial novela. Y es que no solo son importantes los pensamientos del gran hombre, sino también de las decenas de exégetas, críticos, comentaristas y entusiastas de su obra, que terminan por redondear esta soberbia broma que Flann O’Brien nos tiene reservada en esta novela:

El lector estará con toda seguridad familiarizado con las tormentas que se han abatido sobre el códice De Selby, el más perturbador de todos sus textos ológrafos. El Códex (nombre que Basset fue el primero en emplear) es una colección de dos mil páginas de papel tamaño folio con una apretada escritura manuscrita por ambas caras. La principal distinción del manuscrito es que ninguna de sus palabras es legible.

Varios comentaristas han intentado descifrar algunos pasajes que parecen menos impenetrables que otros y se han destacado por las fantásticas divergencias no sólo en el significado de esos pasajes sino por los absurdos que exponen. Mientras que Basset describe un pasaje como ‘un tratado penetrante sobre la vejez’, Henderson (biógrafo de Basset) se refiere al mismo como ‘una descripción no carente de belleza del parto de las ovejas en una granja no especificada’. Hatchjaw, mostrando posiblemente más astucia que perspicacia escolástica, presentó de nuevo su teoría sobre la falsificación de los textos y expresó su asombro ante el hecho de que algunas personas inteligentes hubieran podido engañarse por ‘un fraude tan burdo’.

Un curioso contratiempo surgió cuando, desafiado por Basset a que demostrara con hechos esa arrogante afirmación, Hatchjaw mencionó, como sin dar demasiada importancia al asunto, que once páginas del texto estaban todas numeradas con el número 88. Cogido indudablemente por sorpresa, Basset efectuó una verificación por su cuenta y no pudo encontrar en su ejemplar ninguna página marcada con dicho número. La discusión posterior reveló que ambos comentaristas afirmaban tener en su posesión ‘el único códice auténtico’.

De dar crédito a Krauss, el misterioso filósofo de Hamburgo, la obra que lleva el portentoso título de ‘Códice’ no es más que una colección de máximas en extremo pueriles sobre el amor, la vida, las matemáticas y otros temas similares, expresadas en un inglés deficiente y gramaticalmente incorrecto, que carece por completo de la reconditez y el hermetismo característicos de De Selby. Hatchjaw observó secamente en un artículo de prensa que la aberración de Krauss se debía a la confusión sufrida por aquel extranjero en relación a las palabras inglesas Code (código) y Codex (códice) y expresó su intención de publicar un ‘breve folleto’ para desacreditar de manera eficaz la obra del alemán y todos ‘los fraudes y disparates’ semejantes.

La obra no llegó a aparecer, lo que se atribuye a maquinaciones de Krauss en Hamburgo y al hecho de que el pobre Hatchjaw fue detenido una vez más, en esta ocasión por denuncia de sus propios editores, quienes lo acusaron de haber sustraído ciertos accesorios de una mesa de trabajo en la oficina de la empresa. El juicio se pospuso y posteriormente fue sobreseído por la no comparecencia de algunos testigos innominados residentes en el extranjero. Es probable que el tiempo o la investigación arrojen nuevas luces sobre ese documento imposible de leer y del que existen, por lo menos, cuatro ejemplares, todos igualmente indescifrables, del que cada uno de los propietarios afirma tener el original auténtico…

Estamos ante un Flann O’Brien en estado puro: imaginación, amenidad y humor. No se lo pierdan, cualquiera que sea la obra de él que escojan.

El Tercer Policía. Flann O’Brien. Nórdica

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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