En Lo bello y lo triste (1964), Yasunari Kawabata —primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura— entrega una de sus obras más refinadas, crueles y delicadas y, en mi opinión, su mejor novela. Una novela que, fiel a su título, transita la línea tenue donde la belleza se entrelaza con la pena, el deseo con el resentimiento, el recuerdo con la herida que nunca cierra. Kawabata escribe desde el silencio y la sugerencia, pero lo que deja entrever en estas páginas es un mundo de emociones intensas, contradictorias y profundamente humanas.
El protagonista, Oki Toshio, es un escritor de mediana edad que, muchos años antes, escribió una novela basada en su amorío con una adolescente. Ese libro, basado en hechos reales, fue un éxito rotundo, pero para Oki también fue una forma de capitalizar literariamente una culpa que nunca afrontó del todo. Ahora, cuando ya está casado y tiene un hijo adulto, decide escuchar las campanas de Año Nuevo en Kioto —una tradición japonesa cargada de sentido espiritual— y, con ese pretexto, busca reencontrarse con Otoko, la muchacha que marcó su vida.
Otoko, sin embargo, no ha quedado indemne. La experiencia amorosa con Oki, siendo ella menor de edad, la dejó emocionalmente devastada, la llevó a un aborto traumático y a una vida marcada por la distancia y la contención. Con el paso de los años, se ha convertido en una pintora de éxito, reconocida por su estilo introspectivo y sereno. Vive ahora en Kioto con Keiko, una joven discípula que, además de ser su protegida y compañera, está decidida a vengar el daño que Oki le hizo a Otoko.
El triángulo que se forma entre Oki, Otoko y Keiko es tan estático como tenso: no hay grandes escenas de confrontación, ni clímax ruidosos. Kawabata escribe con una economía expresiva exquisita, donde cada gesto, cada palabra contenida, cada paseo por los jardines nevados de Kioto o por los templos silenciosos, tiene un peso simbólico y emocional profundo. El rencor, el deseo, la tristeza, la nostalgia y la venganza fluyen como corrientes subterráneas que nunca irrumpen del todo, pero cuya presencia es constante y palpable.
Uno de los grandes temas de la novela es el del tiempo y la imposibilidad de corregir lo ya vivido. Oki quiere reencontrarse con un pasado que idealiza, pero su intento es en el fondo egoísta: no busca reparar, sino revivir, como si la memoria le perteneciera solo a él. Otoko, por su parte, ha transformado el dolor en arte, en una pintura que encierra tanto belleza como soledad. Pero es Keiko quien rompe esa estética de contención: joven, apasionada, cruel, ve en el pasado una herida abierta que hay que vengar.
La relación entre Otoko y Keiko introduce también una ambigüedad emocional y erótica que Kawabata trata con la misma delicadeza con la que lo hace todo. Nunca explicita del todo, pero sugiere una intimidad que excede lo pedagógico o lo maternal. En ese vínculo entre dos mujeres se concentra no solo una forma de resistencia frente al daño recibido, sino también un ideal de belleza sombría, de ternura envenenada, que le da a la novela un tono casi hipnótico.
La belleza de Lo bello y lo triste no radica en su argumento, sino en su atmósfera. Es una novela profundamente japonesa en su manera de narrar: más sugerente que explícita, más atenta al silencio que al discurso, más interesada en las emociones que se insinúan que en las que se declaran. Kioto, con sus templos, sus jardines, sus estaciones cambiantes, no es solo un escenario, sino un espejo emocional de los personajes.
Kawabata, fiel a su estilo, escribe con una precisión minimalista. Cada frase parece esculpida, cada imagen —una flor, una nevada, una mirada furtiva— tiene un sentido poético y moral. Lo que no se dice es tan importante como lo que se enuncia, y esa tensión entre la palabra y el silencio da a la novela una profundidad que crece con cada lectura.
Leída hoy, Lo bello y lo triste sigue siendo una obra de rara intensidad. No solo por la belleza de su prosa, sino por su modo de retratar los laberintos del afecto, la imposibilidad del perdón completo, la forma en que el arte puede surgir del sufrimiento y, también, la manera en que la juventud puede ser portadora no solo de deseo, sino de violencia.
Kawabata construye, sin estridencias, una tragedia silenciosa donde nadie es del todo culpable ni inocente, donde el tiempo no cura del todo, y donde el recuerdo no sirve para cerrar heridas, sino para mantenerlas vivas. En esa belleza triste que atraviesa la novela se encuentra su mayor verdad: que la memoria, como el arte, es siempre ambigua, y que lo más intenso de la vida —el amor, la pérdida, el arrepentimiento— suele expresarse mejor desde el susurro que desde el grito.
Lo bello y lo triste. Yasunari Kawabata. Editorial Austral.
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