Elsie Alvarado de Ricord (1928–2005)
Elsie Alvarado de Ricord fue una figura capital en la cultura panameña. Lingüista de prestigio internacional, poeta de delicada y poderosa voz, académica, crítica y defensora del español con una pasión inagotable, supo conjugar su rigor intelectual con una sensibilidad profundamente humana. Su poesía, de construcción impecable, se desliza entre lo íntimo y lo universal, tocando temas como la ausencia, la memoria, el amor y la muerte, con una cadencia clásica que no excluye la emoción más viva.
El poema “Amor ausente”, incluido en uno de sus libros más celebrados, es una meditación lírica sobre la espera amorosa —esa forma extrema de fidelidad al deseo, aún en la ausencia total del otro—. Compuesto con el molde tradicional del soneto, despliega una fuerza emocional contenida en la métrica, como si la forma fuera el dique de una pasión que amenaza desbordar.
Amor ausente
Elsie Alvarado de Ricord
Siempre estás allá, como el mañana.
Procurando abreviar la espera mía,
amanezco mil veces cada día
y echo a volar el cielo en la ventana.
Para encender una esperanza vana,
para aromar de músicas la vía
y constelar la soledad vacía
le basta al hombre con su sed humana.
Sin embargo en las horas en que el mundo
muere de sombra, y el clamor suicida
golpea el corazón con mano fuerte,
gimen los peces en el mar profundo.
Amar ausente es orbitar la vida
desde las alas frías de la muerte.
Donde el amor dejó su sed escrita,
en ansia desplegó su dulce vuelo;
y para cada ascenso se abrió un cielo
de emoción espasmódica inaudita.
Cuando el adiós anocheció la cita
y el nunca más humedeció el pañuelo,
quemó lámparas lentas el desvelo
desde la soledad más infinita.
En la hojarasca gris del calendario
ardo, literalmente, en esta espera,
con un fulgor que es casi un fanatismo,
soñando que una vez tu itinerario
arribará a una pausa verdadera
en este amor que vive de sí mismo.
La fe del amor solitario
La poesía amorosa de Alvarado de Ricord no se apoya en el encuentro, sino en la espera, en el territorio desolado del amor sin cuerpo, sin rostro cercano, sin promesa. El ser amado “está allá, como el mañana”, en un espacio que es futuro eterno e inalcanzable. Y, sin embargo, la hablante no se rinde: se despierta mil veces al día, se asoma a la ventana, sigue soñando, como si el amor fuera suficiente para sostenerse a sí mismo.
En ese juego de ausencia y fidelidad, el poema se transforma en una elegía activa: no canta lo perdido, sino lo que aún se anhela, aunque duela. La imagen del amor que “orbita la vida desde las alas frías de la muerte” condensa con claridad esa paradoja: vivir en torno a algo que ya no está, que quizás nunca vuelva, pero que aún da sentido.
El segundo soneto ahonda el contraste: el amor, aunque huido, deja su estela de belleza —su “sed escrita”, su “vuelo”—. Pero también ha dejado su herida: el adiós, el pañuelo húmedo, la vigilia sin objeto, la soledad “más infinita”. Y aun así, la voz poética arde, espera, con un fervor que roza lo místico.
El final del poema revela su verdad más profunda: este amor “vive de sí mismo”. No necesita reciprocidad, ni presencia, ni regreso. Su existencia es fe pura, alimento simbólico, fuerza que brota de la entrega radical a un deseo sin garantías.
“Amor ausente” es, en su forma clásica y su emoción contenida, una lección de resistencia emocional, una celebración de la espera como forma de amor absoluto. En sus versos se reconoce la hondura de una mujer que supo habitar el idioma con lucidez y belleza, y que nos enseñó que también en la ausencia —quizás sobre todo en la ausencia— puede nacer un amor luminoso.
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