Z, de Vasilis Vasilikós: la herida que no cierra

Portada de Z, de Vasilis Vasilicós

Una noche de mayo de 1963, en la ciudad griega de Salónica, un diputado opositor es brutalmente golpeado tras participar en una manifestación pacifista. Muere horas más tarde. La policía difunde la versión de un “accidente de tráfico”, pero un juez de instrucción empieza a tirar del hilo, y lo que parece un caso aislado pronto revela una maquinaria de represión, complicidad y silencios estatales. Esa historia —real— se convierte en Z, la novela de Vasilis Vasilikós publicada en 1966, y censurada de inmediato en su país tras el golpe militar del año siguiente. No es una crónica. No es una biografía. Es una novela política que palpita como un thriller, que acusa como un manifiesto y que hiere como un poema.

Z —la letra griega que da título al libro— significa Zei, “vive”. Porque aunque el protagonista muere, su legado no. Esa es la primera victoria moral que Vasilis Vasilikós propone en una obra que, sin embargo, no ofrece consuelo ni redención. En Z, la verdad se abre paso, pero a un precio inmenso: el del descrédito, la impotencia, la amenaza que no desaparece. Esta es la novela de una lucha por la justicia que sabe, desde el primer momento, que el sistema al que se enfrenta está podrido hasta la raíz.

Inspirada en el asesinato del político de izquierdas Grigoris Lambrakis —una figura carismática, pacifista, admirador de Gandhi, que incomodaba por igual al poder militar, la policía y la Iglesia—, Z traza un fresco social de la Grecia de la posguerra, marcada por la represión, la guerra civil larvada y la sucia alianza entre las instituciones del Estado y la ultraderecha. Pero lo hace desde múltiples voces, alternando narradores, registros y formas, como si no hubiera una única manera de contar la verdad, sino un poliedro de versiones que se rozan, se contradicen o se amplifican mutuamente.

La novela está organizada en capítulos breves, cortantes, que siguen a personajes clave: el juez de instrucción, figura estoica y casi heroica que, pese a las presiones, se aferra a su deber legal; los periodistas que intentan contar lo que sucede, sabiendo que su libertad pende de un hilo; los miembros del gobierno, que conspiran para desactivar la investigación; los dos matones que ejecutan el crimen, manipulados por figuras que permanecen en la sombra. Incluso el cadáver del político asesinado tiene su voz: en un recurso arriesgado y potente, Vasilikós permite que el muerto se exprese, que cuente su historia desde el silencio del más allá, como si la literatura pudiera restituirle lo que la realidad le negó.

Este juego coral, que recuerda al Rashōmon de Kurosawa o al Asesinato en la catedral de T. S. Eliot, convierte la novela en una suerte de rompecabezas moral. Nadie tiene toda la verdad, y sin embargo la verdad existe, aunque esté enterrada bajo capas de corrupción, cobardía y miedo. La tarea del lector no es solo seguir la trama, sino reconstruir el sentido. Porque Z no está escrita para entretener, sino para encender una conciencia.

Vasilis Vasilikós no esconde su indignación, pero tampoco la convierte en panfleto. Su estilo, seco y directo, consigue una potencia emocional que proviene de la contención: frases breves, imágenes precisas, diálogos sobrios. La tensión no se construye a través del efectismo, sino del ritmo, del peso que adquieren los gestos, los silencios, las miradas. Cada escena es un pequeño foco de resistencia contra el olvido. Y cada palabra parece escrita sabiendo que puede ser prohibida.

El trasfondo político no asfixia a los personajes, sino que los revela. Lo que se cuenta en Z no es sólo un crimen, sino un país desangrado, dividido entre la memoria y el miedo, entre la justicia y la obediencia. Es un país donde la policía protege a los agresores, donde los jueces se ven obligados a actuar como equilibristas, donde el Parlamento es una fachada hueca, y donde la verdad incomoda tanto que hay que maquillarla, posponerla o destruirla.

Pero Vasilikós, con esta novela, se niega a aceptar ese destino. Z es una afirmación política, un acto de fe en la literatura como forma de resistencia. No es casual que la letra que da título a la obra también se haya convertido en símbolo en Grecia: pintada en muros, en pancartas, en las páginas de los libros, “Z” significa que aunque maten los cuerpos, las ideas persisten.

Tras la publicación de la novela, el golpe de Estado de los coroneles en 1967 la convirtió en material prohibido. Vasilis Vasilikós tuvo que exiliarse. Dos años más tarde, Costa-Gavras llevaría la historia al cine, con guion de Jorge Semprún y música de Mikis Theodorakis, y ganaría el premio del jurado en Cannes y el Óscar a la mejor película extranjera. Pero lo esencial ya estaba en el libro: una obra que denuncia sin miedo y que, al mismo tiempo, rinde homenaje al valor cívico. Una novela de ira, pero también de dignidad.

Leer Z hoy no es un ejercicio de arqueología política. Es una advertencia. Vasilis Vasilikós escribió contra una época concreta, pero el mecanismo que describe —el uso del poder para aplastar la disidencia, el cinismo de quienes lo ejecutan, la soledad de quienes lo enfrentan— no ha dejado de repetirse. En cualquier país. En cualquier momento. La novela resiste el paso del tiempo porque no narra una época, sino una herida. Y esa herida sigue abierta.

Z. Vasilis Vasilikós. Seven Stories Press.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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