Ragtime, de E. L. Doctorow: la sinfonía del caos americano

Portada de Ragtime, de E. L. Doctorow

Hay novelas que parecen surgir no tanto de la invención como de la sedimentación. Ragtime, publicada por E. L. Doctorow en 1975, se lee como si el siglo XX americano hubiera estado esperando a que alguien lo contara así: con el ritmo sincopado de una música que avanza a trompicones, con la precisión y el desorden de una orquesta callejera. Es una novela coral, mutante, a medio camino entre la crónica histórica, el sueño melancólico y la sátira feroz. Doctorow compone un fresco alucinante de los Estados Unidos en la primera década del siglo XX, cuando el país se adentraba en la modernidad arrastrando consigo las fracturas de su pasado.

Ambientada en Nueva York y sus alrededores, Ragtime entrelaza con prodigiosa naturalidad las vidas de personajes ficticios —una familia blanca de clase media-alta, un inmigrante judío y su hija pequeña, una joven afroamericana— con figuras históricas como Harry Houdini, Henry Ford, Emma Goldman, J. P. Morgan o el almirante Peary. Todos aparecen en escena no como mero decorado, sino como actores de una trama que desafía cualquier división entre historia y literatura. En el universo de Doctorow, la frontera entre lo real y lo inventado no solo es tenue: es irrelevante.

El relato parte de una familia de Nueva Rochelle, cuyos miembros ni siquiera tienen nombre propio —Padre, Madre, Hermano Menor— como si Doctorow subrayara desde el inicio su voluntad de construir arquetipos más que individuos. La irrupción de un bebé negro abandonado en su jardín, y la decisión de Madre de acogerlo junto a su madre, Sarah, alterará para siempre la dinámica de ese mundo aparentemente ordenado. Poco a poco, la novela se va poblando de conflictos raciales, de luchas obreras, de resentimientos silenciados, de tensiones entre la riqueza obscena y la miseria invisible. En ese magma, Doctorow introduce a Coalhouse Walker Jr., pianista negro, digno y obstinado, cuya tragedia se convierte en el verdadero corazón narrativo del libro.

Como la música que da título a la novela —un estilo popularizado por Scott Joplin y caracterizado por su ritmo sincopado— Ragtime se desarrolla con una aparente ligereza que disfraza su complejidad. Los cambios de tono, los saltos temporales, la ironía seca del narrador y la velocidad narrativa configuran una obra polifónica que evita las lecciones morales sin rehuir los dilemas éticos. La historia de Coalhouse, por ejemplo, podría leerse como una tragedia clásica: el hombre que, para reclamar justicia, acaba convertido en un vengador radical. Pero Doctorow no lo juzga: simplemente lo deja sonar, como si cada personaje fuera un instrumento afinado o desafinado en la gran partitura de América.

Como en el cine de Eisenstein, Doctorow yuxtapone escenas, tonos y personajes con una lógica interna que desafía la linealidad. El resultado es una novela de múltiples capas que puede leerse como una epopeya americana, una crítica feroz al poder, una elegía de los sueños rotos o simplemente como un artefacto literario fascinante.

Lo más impactante de Ragtime es la naturalidad con que logra que convivan mundos distintos: la fe ciega en el progreso técnico y el racismo más brutal; la utopía socialista y el cinismo empresarial; la magia de Houdini y la rigidez del puritanismo. El resultado no es una novela histórica al uso, sino una meditación literaria sobre el caos fundacional de los Estados Unidos, sobre la desigualdad estructural que se oculta bajo el brillo de la modernidad.

Pese a la violencia que atraviesa el relato —y que lo hace resonar con cualquier época—, Doctorow mantiene una prosa elegante, contenida, incluso lírica en algunos pasajes. No es el realismo su bandera, sino una especie de distorsión poética de lo real que, por eso mismo, lo ilumina mejor. Al igual que El gran Gatsby o Manhattan Transfer, Ragtime es una de esas novelas que no explican un país: lo encarnan.

Lejos de anclarse en su contexto histórico, Ragtime resuena con fuerza en el presente. Las tensiones raciales, la desigualdad económica, la disolución de los relatos nacionales, la violencia estructural: todo está ahí, y todo sigue ahí. Es una novela que, sin levantar la voz, sin declararse “política”, ejerce un poder político devastador. Porque no adoctrina: muestra. Y lo que muestra es la textura contradictoria, brutal, absurda y a veces hermosa del tejido social americano. En eso, como en tantas otras cosas, Ragtime es un clásico. No porque retrate el pasado, sino porque parece seguir escribiendo el presente.

Leer Ragtime hoy no es solo una experiencia estética: es una lección de cómo la ficción puede capturar la verdad profunda de una sociedad. Doctorow no ofrece respuestas, ni siquiera se interesa demasiado por cerrar sus tramas. Lo que le importa es el ritmo. El ritmo de una nación que avanza a trompicones, entre la música y la metralla, entre el espectáculo y la herida. Un ritmo inestable, seductor, en el que todavía estamos atrapados. Como lectores. Como ciudadanos. Como personajes.

Ragtime. E. L. Doctorow. Roca Editorial.

5/5 - (1 voto)

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

Check Also

Retrato de Álvaro Mutis

Poetas de Colombia: Álvaro Mutis

Álvaro Mutis (1923–2013) Conocido sobre todo por su creación narrativa —el universo del caballero errante …

Deja una respuesta