Rafael Mendoza (1959–2011)
Rafael Mendoza fue uno de esos poetas que entendieron que la poesía es tanto una forma de recuerdo como de supervivencia. Su voz, atravesada por el exilio y el desarraigo, nunca dejó de buscar la belleza de lo simple y lo trágico, ese punto donde la evocación se mezcla con el crepúsculo, el deseo con el fantasma. En Brindis con fantasma al atardecer, escrito “en algún lugar del Mediterráneo”, Mendoza nos entrega un poema que es, a la vez, confesión, elegía y ofrenda.
Brindis con fantasma al atardecer
Rafael Mendoza
Como todas las tardes
y con el mismo aire de solemnidad
alzo mi vaso de cerveza frente a los cascos chamuscados
de mis naves.
Bebo a solas.
Con la vista clavada en la espuma de mi bebida
blanco velamen liberado en almas de trigal.
En mi mente las olas baten viejas agendas
desmemoriando nombres que alguna vez tuvieron música
y decidieron retornar a los seres de donde los rapté.
Al otro lado de estas costas
Gorgias Markos mi amigo cantará
tras la jornada de la vendimia
y las mozas colectoras se regazarán entre los viñedos
para dejarse alcanzar por sus amantes.
¡Ah delicia de ambrosías que esos mozos muy pronto libarán
de los rosados y secretos labios a sus ansias brindados!
Pasa la niña de los higos de regreso a su casa.
El viejo guardafaro sube cabizbajo
dejando la estela de su pipa y despertando con ella
la imagen de mi padre.
Al oro del atardecer las sombras
vuelven sumisas a posarse en las alturas
y los ecos de antiquísimas batallas
al épico crujir.
Todo pues parece tan normal
en este rincón olvidado del mundo.
Y sin embargo tú Luzmila L.
has hecho surgir este pequeño discurso frente a un mar
que jamás te acariciará
como acaricias tú mi soledad.
Sea entonces por ti fantasma amado
mi brindis en este véspero bajo las Pléyades
que se aprestan a salir de su escondite
a contemplarse en el inmenso espejo azul.
Brindis a solas con el recuerdo
El poema de Mendoza es una meditación solitaria frente al mar, una escena que parece quieta pero en cuyo interior arden las brasas de la nostalgia y del deseo. En él, la cotidianeidad de beber una cerveza al atardecer se convierte en un ritual cargado de símbolos: las naves chamuscadas, las Pléyades, la espuma como “blanco velamen”, la niña de los higos, el viejo guardafaro. Cada imagen funciona como un espejo donde el yo lírico proyecta su soledad habitada.
El nombre de Luzmila L., probablemente una figura amada y ausente, aparece tarde en el poema, casi al final, como un susurro que lo resignifica todo. La mujer que no está, que no verá nunca ese mar, acaricia en cambio la soledad del hablante, un consuelo que no necesita presencia física, pero que se hace fantasma amoroso, presencia delicada en la memoria.
Mendoza logra crear un poema que es a la vez elegíaco y vitalista. Hay belleza en lo marchito, en lo que ya no puede tocarse pero aún puede nombrarse. Las imágenes mediterráneas —el canto de Gorgias Markos, las mozas del viñedo, el viejo con su pipa— evocan una vida detenida en la orilla de un recuerdo que se resiste a morir. Es, en ese sentido, también una celebración de la melancolía lúcida, del momento en que lo vivido se vuelve poema.
Y como buen brindis, el poema termina hacia el cielo, bajo las Pléyades: lo íntimo se alza hasta lo cósmico, como si el amor, incluso ausente, pudiera reflejarse en las estrellas. Porque la poesía —como la nostalgia verdadera— no necesita testigos para existir: le basta con la soledad bien dicha, con el rumor del mar, con una copa alzada al crepúsculo.
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