Una frontera inmóvil, un enemigo al que nadie ha visto durante generaciones y una guerra que terminó sin haber terminado realmente. Sobre esos elementos construye Julien Gracq El mar de las Sirtes, publicada en 1951 y galardonada con el Premio Goncourt, que el escritor rechazó. Su argumento podría sugerir una novela política o militar; sin embargo, Gracq convierte la amenaza de una guerra futura en algo mucho más extraño: una narración sobre la espera, el deseo de que ocurra lo prohibido y la fascinación que ejerce la catástrofe cuando una sociedad lleva demasiado tiempo paralizada.
Aldo, joven aristócrata de la imaginaria señoría de Orsenna, solicita un destino lejos de la capital después de una decepción sentimental. Es enviado como «observador» al Almirantazgo de las Sirtes, una remota fortaleza marítima situada frente a las costas de Farghest. Oficialmente, ambos países continúan en guerra, pero desde hace tres siglos no se produce ningún enfrentamiento. La paz nunca se ha firmado y la hostilidad permanece jurídicamente vigente, aunque para los habitantes de Orsenna se haya convertido en una abstracción heredada del pasado.
Lo que Aldo encuentra en las Sirtes es un mundo detenido. La fortaleza está semivacía, los soldados cumplen sus obligaciones con desgana y el comandante Marino parece haber asumido como misión principal impedir que suceda cualquier cosa. El mar separa a Orsenna de Farghest y una línea imaginaria marca el límite que los barcos no deben atravesar. Más allá se encuentra el enemigo, pero también aquello que Aldo empieza a desear precisamente porque permanece vedado.
Ese deseo constituye el verdadero motor de la novela. Aldo comienza observando mapas, interrogando a los habitantes de la región y contemplando desde lejos las costas prohibidas. Farghest adquiere progresivamente una dimensión casi irreal. No importa tanto cómo sea ese país como lo que representa: lo desconocido, la transgresión, la posibilidad de que el tiempo vuelva a ponerse en marcha. La frontera deja de ser una simple demarcación política y se convierte en una tentación.
En esa fascinación resulta decisiva Vanessa Aldobrandi, descendiente de una antigua familia de Orsenna sobre la que pesa la memoria de una traición. Vanessa comprende mucho antes que Aldo lo que está ocurriendo y parece empujarlo hacia aquello que él todavía no se atreve a reconocer. Su relación está impregnada de deseo, pero también de una ambigüedad política que nunca termina de resolverse. Como sucede con Farghest, Aldo se siente atraído por Vanessa precisamente porque no consigue descifrarla por completo.
El momento central llega cuando Aldo decide navegar más allá de la frontera marítima prohibida. La expedición hacia Farghest posee algo de viaje iniciático y algo de provocación irresponsable. Al aproximarse a sus costas, la silueta del volcán Tängri emerge como una presencia amenazadora, casi sagrada. Entonces se producen los disparos que confirman lo que durante siglos parecía olvidado: al otro lado todavía existe alguien. Aldo regresa a Orsenna sabiendo que su gesto puede haber despertado una guerra dormida durante trescientos años.
Pero Gracq no convierte ese acontecimiento en el comienzo de una novela bélica. Lo verdaderamente importante son las consecuencias psicológicas y políticas de haber roto la inmovilidad. Aldo descubre gradualmente algo mucho más perturbador que la amenaza de Farghest: quizá Orsenna deseaba secretamente que alguien hiciera lo que él ha hecho. La decadente república parece haber llegado a un punto en el que la catástrofe resulta preferible a continuar indefinidamente en un presente sin acontecimientos.
Ahí se encuentra una de las ideas más poderosas de El mar de las Sirtes. Las sociedades pueden llegar a desear su propia destrucción cuando la estabilidad se transforma en estancamiento. Orsenna recuerda inevitablemente a la Venecia decadente, pero Gracq evita cualquier correspondencia histórica demasiado precisa. Su mundo imaginario combina elementos mediterráneos, orientales y centroeuropeos para construir un territorio que parece existir fuera del tiempo. Farghest tampoco representa un enemigo concreto: es, sobre todo, la forma que adopta aquello que puede poner fin a una espera insoportable.
La novela fue escrita pocos años después de la Segunda Guerra Mundial, y resulta difícil no percibir detrás de ella la experiencia europea de entreguerras: fronteras tensas, sociedades que contemplan el avance de la amenaza y una mezcla desconcertante de miedo y fascinación ante el desastre que se aproxima. Pero Gracq se resiste a convertir su historia en alegoría política transparente. Lo que le interesa es un fenómeno más profundo: el instante en que la expectativa de un acontecimiento empieza a resultar más poderosa que el instinto de conservación.
Esta importancia de la espera aproxima inevitablemente la novela a El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. En ambas encontramos una fortaleza fronteriza, un enemigo distante y personajes cuya existencia queda subordinada a algo que quizá nunca suceda. Pero la diferencia resulta fundamental. Giovanni Drogo espera pasivamente durante toda su vida que los tártaros lleguen; Aldo termina provocando aquello que espera. En Buzzati, la tragedia procede de que el acontecimiento tarda demasiado. En Gracq, de que alguien decide precipitarlo.
El estilo es inseparable de esta concepción de la novela. Gracq escribe una prosa densa, sensorial y extraordinariamente poética, heredera del simbolismo y del surrealismo, llena de paisajes que parecen expresar estados de conciencia. El mar, las marismas, los bosques, las fortalezas abandonadas y el volcán Tängri no funcionan como simples decorados. Todo posee una cualidad expectante, como si el paisaje supiera antes que los personajes que algo está a punto de ocurrir. El autor puede dedicar páginas enteras a una carretera, una habitación o una línea en un mapa y conseguir que esos elementos acumulen una tensión casi física.
Ese procedimiento determina también la estructura. El mar de las Sirtes avanza lentamente y durante buena parte de sus páginas apenas suceden acontecimientos en el sentido convencional. La narración está construida mediante presagios, conversaciones, silencios y aproximaciones sucesivas a la frontera. Cada episodio reduce un poco más la distancia que separa a Aldo de Farghest. El lector conoce desde el principio que algo terminará rompiéndose; la tensión procede precisamente de ignorar cuándo y de qué manera.
La voz de Aldo, que recuerda los acontecimientos desde un futuro posterior, introduce además una sensación de fatalidad. Desde las primeras páginas percibimos que conoce el desenlace de aquello que está contando. Esa perspectiva transforma sus decisiones en pasos hacia un destino que parece escrito de antemano, aunque haya sido él mismo quien contribuyó a desencadenarlo. Libertad y fatalidad terminan así confundidas: Aldo actúa voluntariamente y, sin embargo, cada uno de sus actos parece responder a una necesidad histórica que lo supera.
Puede que esa densidad estilística y la lentitud deliberada exijan cierta adaptación. Quien espere una novela de aventuras fronterizas encontrará largas descripciones y una acción reducida al mínimo. Pero precisamente ahí reside la singularidad del libro. Gracq consigue que esperar un disparo resulte más inquietante que contemplar una batalla y que una línea trazada sobre un mapa adquiera la intensidad de un abismo.
El mar de las Sirtes habla finalmente de la atracción por aquello que puede destruirnos. Aldo cruza la frontera porque necesita comprobar que detrás de ella existe algo, pero también porque la seguridad de Orsenna se ha vuelto insoportable. Su gesto individual expresa un deseo que parece extenderse por toda la sociedad: terminar con una espera de tres siglos, aunque el precio sea la guerra.
Gracq construyó así una novela extraña y difícilmente clasificable, a medio camino entre el relato político, la ficción fantástica y el poema en prosa. Su gran paradoja consiste en convertir la inmovilidad en suspense y la espera en aventura. Cuando finalmente comprendemos hacia dónde se dirige Orsenna, descubrimos que el verdadero enemigo nunca estuvo únicamente al otro lado del mar. Llevaba mucho tiempo creciendo dentro de quienes deseaban, en secreto, que por fin sucediera algo.
El mar de las Sirtes. Julien Gracq. Debolsillo.
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