Hazel Motes quiere librarse de Dios con la misma intensidad con la que otros hombres intentan encontrarlo. En esa paradoja se sostiene Sangre sabia, la primera novela de Flannery O’Connor, publicada en 1952: la historia de un hombre que convierte la negación de la fe en una obsesión religiosa y que, cuanto más se esfuerza por escapar de Cristo, más parece atrapado por aquello que rechaza. Bajo la apariencia de una farsa grotesca sobre predicadores, charlatanes y excéntricos del sur estadounidense, Flannery O’Connor construye una de las novelas más singulares del siglo XX sobre la fe, el nihilismo, la culpa y la posibilidad de la redención.
Hazel, nieto de un predicador ambulante, regresa del ejército después de cuatro años de servicio y descubre que la casa familiar está abandonada. Decide trasladarse a Taulkinham, una ciudad ficticia de Tennessee donde pretende comenzar una existencia completamente desvinculada de su pasado. Pero desde su llegada hay algo que contradice sus propósitos. Su sombrero negro y su aspecto hacen que los desconocidos lo confundan constantemente con un predicador. Hazel protesta, niega serlo y proclama que no cree en Jesucristo, pero esa insistencia termina revelando justamente aquello de lo que intenta escapar: la religión continúa ocupando el centro de su existencia.
En Taulkinham conoce a Asa Hawks, un predicador callejero aparentemente ciego que recorre la ciudad acompañado por su hija adolescente, Sabbath Lily. Hawks despierta inmediatamente la obsesión de Hazel. Le atrae porque cree encontrar en él una fe auténtica, llevada hasta el sacrificio, pero pronto descubre que su ceguera es una impostura: Hawks había anunciado públicamente que se cegaría con cal viva para demostrar su fe, pero llegado el momento no tuvo valor para hacerlo.
La relación entre ambos permite a Flannery O’Connor establecer una de las contradicciones esenciales de la novela. El supuesto creyente es un impostor, mientras que Hazel, que proclama constantemente su ateísmo, vive su incredulidad con una intensidad casi mística. No le basta con no creer. Necesita demostrar que Cristo no existe, que el pecado no existe y que, por tanto, tampoco es necesaria la redención. Su ateísmo se convierte paradójicamente en una forma extrema de fe: Hazel dedica toda su energía espiritual a combatir aquello cuya inexistencia pretende demostrar.
De esa contradicción surge su gran proyecto: fundar la Iglesia sin Cristo. Hazel comienza a predicar desde el capó de su coche una doctrina según la cual el hombre no necesita salvación porque no existe nada de lo que deba ser salvado. Quiere una religión sin milagros, pecado, redención ni vida eterna; una iglesia en la que los muertos permanezcan muertos. La idea es deliberadamente absurda, pero también profundamente coherente con el universo de Flannery O’Connor. Hazel necesita construir una iglesia para demostrar que las iglesias son innecesarias. Necesita predicar para demostrar que no hay nada que predicar. Su intento de escapar de la religión reproduce exactamente las formas de la religión.
A su alrededor aparece una extraordinaria colección de personajes grotescos. Entre ellos destaca Enoch Emery, un joven solitario convencido de poseer una «sangre sabia», una especie de instinto capaz de anticipar aquello que debe hacer. Enoch trabaja en el zoológico y desarrolla una relación casi ritual con una momia diminuta expuesta en un museo, que acaba robando para ofrecérsela a Hazel como si fuera el nuevo mesías que necesita su Iglesia sin Cristo. El episodio lleva la lógica religiosa de la novela hasta el absurdo: incluso cuando los personajes intentan construir un mundo sin trascendencia, terminan fabricando nuevos ídolos.
Enoch protagoniza además algunos de los momentos más cómicos y extraños del libro. Su obsesión termina conduciéndolo a robar el disfraz de un gorila utilizado para promocionar una película y desaparecer dentro de él, como si renunciara finalmente a su condición humana. Esta transformación aparentemente disparatada encierra una idea recurrente en Flannery O’Connor: cuando el hombre rechaza cualquier dimensión espiritual, corre el riesgo de reducirse a puro instinto.
No menos significativa resulta la aparición de Hoover Shoats, otro oportunista que comprende inmediatamente las posibilidades económicas de la Iglesia sin Cristo. Intenta asociarse con Hazel y convertir su mensaje en espectáculo comercial. Cuando este se niega, Shoats crea su propia organización y contrata a Solace Layfield, un hombre físicamente parecido a Hazel, para que lo imite como predicador. La negación religiosa se convierte así en otro producto que puede venderse.
Flannery O’Connor introduce aquí una feroz sátira de la mercantilización de la religión estadounidense. En Taulkinham todo puede convertirse en espectáculo: la fe, la incredulidad, el pecado e incluso la salvación. Los predicadores compiten por atraer público de la misma manera que los vendedores callejeros. Pero Hazel se diferencia de todos ellos precisamente porque se toma en serio lo que predica. Los demás pueden fingir porque quieren dinero; él resulta peligroso porque realmente cree en su incredulidad.
Esa diferencia conduce a uno de los momentos más violentos de la novela. Hazel atropella deliberadamente a Solace Layfield y después vuelve a pasar sobre él con el coche. El asesinato posee una dimensión simbólica evidente: está destruyendo una copia de sí mismo. Layfield representa la posibilidad de que su rebelión espiritual no sea más que otra representación, otro espectáculo intercambiable dentro del mercado religioso que desprecia.
El automóvil de Hazel posee por ello una importancia especial. Su destartalado Essex es mucho más que un medio de transporte. Hazel afirma que nadie con un buen coche necesita justificarse ante nadie. El vehículo representa la autonomía que desea conquistar, la posibilidad de moverse sin depender de Dios, de la familia ni de ninguna comunidad. Es su sustituto material de la fe. Cuando un policía empuja el coche por un terraplén y lo destruye, desaparece también la última estructura sobre la que Hazel había intentado construir su independencia.
A partir de ese momento la novela experimenta un cambio radical. Hazel compra cal viva y se ciega voluntariamente. Después comienza una vida de penitencia: se coloca piedras y fragmentos dolorosos dentro de los zapatos y se castiga físicamente mientras su casera, la señora Flood, observa desconcertada su comportamiento. El gesto reproduce precisamente aquello que Asa Hawks había prometido hacer y nunca se atrevió a cumplir. El falso creyente había fingido la ceguera; el supuesto ateo lleva el sacrificio hasta sus últimas consecuencias.
¿Se ha convertido Hazel? Flannery O’Connor evita presentar una explicación psicológica sencilla. Desde su perspectiva católica, la novela está profundamente relacionada con la redención; la propia escritora explicó que el nihilismo de Hazel acaba conduciéndolo hacia aquello de lo que quería escapar. Pero el texto conserva suficiente ambigüedad para que el desenlace resulte inquietante incluso para un lector ajeno a esa concepción religiosa. La penitencia de Hazel puede entenderse como aceptación de la gracia, pero también como culminación extrema de su guerra contra sí mismo.
La ceguera se convierte así en uno de los grandes símbolos de Sangre sabia. Durante toda la novela los personajes miran sin comprender. Asa Hawks ve aunque finge ser ciego; Hazel puede ver pero se niega a reconocer aquello que lo persigue; finalmente destruye sus propios ojos y parece comenzar a percibir algo que los demás no alcanzan. Incluso su apellido, Motes, remite a la imagen bíblica de la mota en el ojo, una asociación que refuerza la obsesión de la novela por las diferentes formas de ver y no ver.
Pero reducir Sangre sabia a una novela católica sobre la conversión sería empobrecerla. También es una extraordinaria representación de la soledad del individuo moderno. Casi todos sus personajes buscan desesperadamente algún vínculo y fracasan. Hazel es incapaz de establecer relaciones normales; Enoch quiere tener un amigo; Sabbath intenta encontrar alguien a quien aferrarse; la señora Flood contempla a Hazel con una mezcla de interés, incomprensión y creciente fascinación. Nadie sabe realmente cómo acercarse a los demás.
El mundo que los rodea tampoco ofrece demasiado consuelo. Taulkinham es una ciudad de escaparates, anuncios, cines, vendedores, automóviles y espectáculos callejeros. La modernidad parece haber sustituido las antiguas certezas religiosas por una sucesión de mercancías y entretenimientos, pero el vacío espiritual permanece intacto. Flannery O’Connor no idealiza el cristianismo institucional —muchos de sus representantes son farsantes—, pero tampoco concede al materialismo moderno capacidad alguna para responder a las preguntas que atormentan a Hazel.
Todo ello está narrado mediante uno de los estilos más reconocibles de la literatura estadounidense del siglo XX. Flannery O’Connor combina el gótico sureño, la caricatura, la violencia y un humor negrísimo. Sus personajes poseen cuerpos extraños, rostros exagerados y comportamientos absurdos; las conversaciones parecen a veces diálogos entre personas que hablan idiomas diferentes. Sin embargo, bajo esa comicidad existe una seriedad absoluta. La autora puede hacer reír al lector inmediatamente antes de mostrarle un asesinato, una mutilación o una escena de profunda desolación.
Su prosa contribuye decisivamente a ese efecto. Es precisa, visual y llena de comparaciones inesperadas. Flannery O’Connor deforma ligeramente la realidad hasta hacerla grotesca, pero nunca la abandona por completo. Taulkinham resulta absurda y perfectamente reconocible al mismo tiempo. Esa combinación explica que la novela pueda recordar por momentos a Kafka: los personajes se mueven por un mundo cuya lógica parece haberse desplazado unos centímetros respecto a la nuestra, lo suficiente para provocar simultáneamente risa e inquietud.
También la estructura posee algo de picaresca grotesca. Hazel avanza por una sucesión de encuentros con personajes que encarnan diferentes respuestas a su obsesión: el falso creyente, el oportunista, el discípulo involuntario, la adolescente que busca afecto, el doble convertido en mercancía. Cada encuentro lo obliga a enfrentarse desde otro ángulo con aquello que intenta negar.
La gran ironía de Sangre sabia consiste precisamente en que Hazel nunca consigue abandonar la religión. Su vida entera permanece organizada alrededor de ella. Cuando cree escapar convirtiéndose en ateo, se transforma en predicador; cuando funda una iglesia destinada a negar a Cristo, reproduce los mecanismos de cualquier culto; cuando quiere demostrar que no existe redención, termina sometiéndose a una penitencia brutal.
Flannery O’Connor no presenta ese recorrido de manera tranquilizadora. Su concepción de la gracia está muy lejos del consuelo sentimental: la revelación llega mediante la violencia, la pérdida y el sufrimiento. Los personajes deben ser llevados hasta el límite antes de poder vislumbrar algo distinto de sí mismos. Por eso la novela puede resultar perturbadora incluso cuando no se comparte la visión religiosa de su autora.
Más de setenta años después de su publicación, Sangre sabia conserva intacta su extrañeza. Es divertida y terrible, profundamente religiosa y ferozmente crítica con quienes convierten la religión en negocio, poblada por personajes grotescos y al mismo tiempo atravesada por preguntas de enorme gravedad. Su tema último no es simplemente si Dios existe, sino qué ocurre cuando un hombre necesita dedicar toda su vida a demostrar que no existe.
Hazel Motes emprende su viaje convencido de que puede dejar atrás la fe de su infancia. Descubre demasiado tarde que huir de una creencia puede ser otra manera de permanecer encadenado a ella. En el universo de Flannery O’Connor, quizá la forma más desesperada de buscar a Dios consista precisamente en dedicar todas las fuerzas a escapar de él.
Sangre sabia. Flannery O’Connor. Cátedra.
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