El final del affaire, de Graham Greene: cuando Dios se convierte en el otro

Portada de El final del affaire, de Graham Greene

Maurice Bendrix comienza a contar su historia desde el odio. Odia a Sarah, la mujer con la que mantuvo una relación adúltera; odia a Henry, el marido de ella; se odia a sí mismo y, poco a poco, descubrirá que también odia a Dios. Con esos materiales —amor, celos, adulterio, fe y resentimiento—, Graham Greene construyó en El final del affaire, publicada en 1951, una de sus novelas más intensas y personales. Lo que comienza como la historia de una pasión frustrada termina convirtiéndose en algo bastante más extraño: un triángulo amoroso en el que el verdadero rival del protagonista no es otro hombre, sino un Dios en cuya existencia se niega a creer.

La novela transcurre en Londres durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra. Bendrix es un escritor que conoce a Sarah Miles mientras investiga para una de sus novelas. Ella está casada con Henry, un funcionario correcto, bondadoso y profundamente gris. Entre Sarah y Bendrix surge una relación apasionada que se prolonga durante los bombardeos alemanes sobre la ciudad. Para él, sin embargo, amar significa también temer constantemente la pérdida. Sus celos contaminan la relación: sospecha de cualquier hombre que se acerque a Sarah y no soporta que ella continúe viviendo con Henry, aunque comprenda que su matrimonio está prácticamente vacío.

Todo termina bruscamente en junio de 1944. Mientras los amantes se encuentran juntos en casa de Bendrix, una bomba V-1 alcanza el edificio. Él baja a comprobar los daños y la explosión lo deja inconsciente bajo una puerta. Sarah lo encuentra aparentemente muerto. Poco después, Bendrix reaparece apenas herido, pero algo inexplicable ha cambiado en ella. Sarah abandona la casa y pone fin a la relación sin darle una explicación satisfactoria.

Dos años más tarde, el azar vuelve a reunir a Bendrix con Henry. La guerra ha terminado, pero para el escritor el affaire continúa vivo en forma de resentimiento. Henry confiesa que sospecha que su mujer mantiene otra relación y Bendrix, movido por unos celos que nunca han desaparecido, acaba contratando al detective privado Parkis para que la siga. Está convencido de que descubrirá a un nuevo amante. Greene introduce así durante algunas páginas los mecanismos de una novela de intriga: seguimientos, informes, cartas incompletas, encuentros clandestinos y finalmente un diario robado.

La investigación conduce a Bendrix hacia Richard Smythe, un racionalista al que Sarah visita con frecuencia. Todo parece confirmar sus sospechas hasta que la lectura del diario transforma completamente el sentido de lo ocurrido. La noche del bombardeo, convencida de que Bendrix había muerto, Sarah hizo algo que ella misma consideraba absurdo: rezó. Prometió a Dios que renunciaría para siempre a su amante si le devolvía la vida. Cuando Bendrix entró inesperadamente en la habitación, Sarah interpretó su supervivencia como la respuesta a aquella oración y decidió cumplir su promesa.

A partir de ese descubrimiento, la novela cambia de naturaleza. La pregunta deja de ser por qué Sarah abandonó a Bendrix para convertirse en otra mucho más difícil: qué sucede cuando alguien empieza a creer contra su propia voluntad. Sarah no experimenta una conversión serena. Se rebela, intenta encontrar argumentos que le permitan negar a Dios y acude precisamente a Smythe porque espera que su ateísmo consiga liberarla de la promesa. Pero cuanto más lucha contra la posibilidad de la fe, más profundamente parece quedar atrapada por ella.

Greene introduce así un segundo triángulo amoroso que sustituye al primero. Henry deja prácticamente de ser el rival de Bendrix. El verdadero competidor es Dios. Y la paradoja resulta extraordinaria: Bendrix siente celos de alguien que está convencido de que no existe. Después de la muerte de Sarah, su odio hacia Dios irá creciendo precisamente al mismo tiempo que aumenta su dificultad para negar su existencia.

Sarah es el centro emocional de ese conflicto. Durante la primera parte la conocemos principalmente a través de Bendrix, y esa perspectiva resulta deliberadamente deformante. Para él es una mujer deseada, infiel, imprevisible y sospechosa. La aparición del diario modifica radicalmente su imagen porque por primera vez accedemos a su propia conciencia. Descubrimos la intensidad de su amor por Bendrix, pero también su sufrimiento, sus dudas religiosas y el esfuerzo que supone permanecer fiel a una promesa que desearía romper.

Esa alternancia de perspectivas constituye uno de los grandes logros estructurales de la novela. El final del affaire no sigue una cronología lineal. Bendrix escribe desde el presente, recuerda episodios del pasado, interpreta las acciones de Sarah y posteriormente descubre que muchas de sus interpretaciones eran falsas. La misma historia cambia según quién la cuenta. Greene convierte así los celos en un problema narrativo: Bendrix no solo quiere poseer a Sarah, también quiere imponer una explicación sobre ella. El diario le demuestra que la mujer a la que creía conocer tenía una vida interior de la que él apenas sabía nada.

Henry adquiere entonces una dimensión especialmente interesante. Al principio parece casi una caricatura del marido engañado: convencional, aburrido, incapaz de proporcionar a Sarah la pasión que encuentra con Bendrix. Pero Greene va tratándolo con una creciente compasión. Su amor puede carecer de intensidad erótica, pero posee una fidelidad de la que Bendrix, dominado por la posesión y los celos, quizá sea incapaz. Tras la muerte de Sarah, los dos hombres terminan unidos por aquello que debería separarlos: ambos han perdido a la misma mujer.

También Parkis, el detective privado, introduce un registro distinto. Su profesionalidad ligeramente cómica y la presencia de su hijo proporcionan momentos de alivio dentro de una novela emocionalmente muy tensa. Sin embargo, su función termina trascendiendo la intriga detectivesca cuando ciertos acontecimientos posteriores a la muerte de Sarah empiezan a sugerir la posibilidad de lo milagroso. La desaparición de una marca en el rostro de Smythe y otros sucesos aparentemente relacionados con Sarah colocan a Bendrix —y al lector— ante una cuestión que Greene evita resolver de manera confortable.

Porque El final del affaire forma parte de las llamadas novelas católicas de Greene, junto a Brighton Rock, El poder y la gloria y El revés de la trama, pero sería un error entenderla como una simple defensa doctrinal de la fe. Su catolicismo está lleno de dudas, paradojas y personajes que llegan a Dios por caminos moralmente poco ejemplares. Sarah es adúltera; Bendrix es celoso, egoísta y rencoroso. La gracia no aparece como recompensa por el buen comportamiento, sino como una fuerza perturbadora que irrumpe precisamente en vidas imperfectas.

Esta concepción explica que amor y odio estén continuamente entrelazados. Bendrix odia porque ama; Sarah se rebela contra Dios porque empieza a creer; incluso el ateísmo de Smythe adopta una intensidad casi religiosa. Greene parece sugerir que la indiferencia es el verdadero contrario del amor, no el odio. Bendrix puede afirmar que detesta a Dios, pero el mero hecho de dirigirle ese odio significa que ya ha comenzado a establecer una relación con Él.

El contexto bélico refuerza esas contradicciones. Londres aparece sometido a los bombardeos, y los amantes viven su pasión bajo la posibilidad constante de la muerte. La guerra no ocupa el centro argumental, pero proporciona a la relación una intensidad especial: habitaciones oscuras, sirenas, edificios destruidos y encuentros clandestinos forman el paisaje de un amor que parece existir precisamente porque todo puede terminar de inmediato. Greene conocía directamente ese escenario: su propia casa londinense había sufrido los bombardeos durante la guerra.

También existe una importante dimensión autobiográfica. La relación de Greene con Catherine Walston está en el origen de la novela, que en su edición británica fue dedicada simplemente a «C». Esa proximidad vital quizá explique la extraordinaria precisión con la que están descritos los celos de Bendrix. No aparecen como una emoción secundaria, sino como una enfermedad de la imaginación: el amante inventa constantemente escenas que no ha presenciado, interpreta silencios, anticipa traiciones y acaba sufriendo tanto por aquello que imagina como por lo que realmente sucede.

El hecho de que Bendrix sea novelista añade además una dimensión metaliteraria muy atractiva. Escribir y amar comparten para él una misma necesidad de control. El escritor organiza acontecimientos, atribuye motivaciones y decide el sentido de las acciones de sus personajes; Bendrix intenta hacer exactamente lo mismo con Sarah. Pero ella se resiste a ser reducida al personaje que él ha construido. Su diario introduce otra narración dentro de la narración y demuestra que ninguna vida pertenece por completo a quien intenta contarla.

La prosa de Greene resulta especialmente eficaz por su aparente sencillez. No necesita grandes despliegues retóricos para alcanzar una notable intensidad emocional. Las frases son limpias, los diálogos precisos y las reflexiones morales aparecen integradas en la acción. Bajo esa transparencia, sin embargo, existe una construcción muy calculada de correspondencias entre amor humano y amor divino, fidelidad y traición, presencia y ausencia, fe y escepticismo.

El título adquiere así una ironía creciente. El affaire termina, pero el amor no. Sarah desaparece de la vida de Bendrix y después muere, pero continúa ocupando su conciencia. Del mismo modo, Dios comienza siendo para ambos una ausencia y termina convertido en una presencia imposible de ignorar. La novela trata precisamente de aquello que persiste después de haber terminado.

Su desenlace es coherente con esa ambigüedad. Bendrix no alcanza una conversión luminosa ni encuentra consuelo. Los indicios de lo milagroso lo llevan a aceptar a regañadientes la posibilidad de Dios, pero esa aceptación solo aumenta inicialmente su resentimiento. La última relación amorosa de la novela es, por tanto, la más paradójica: la de un hombre que se dirige a Dios para pedirle que lo deje en paz.

El final del affaire consigue de este modo algo poco frecuente: ser simultáneamente una gran novela de adulterio y una novela metafísica. Puede leerse como la historia de una pasión destructiva, como un estudio sobre los celos, como una reflexión sobre la escritura o como una exploración de la fe. Ninguna de esas lecturas anula las demás.

Y quizá por eso su conflicto continúa resultando tan poderoso. Bendrix cree que su tragedia consiste en haber perdido a Sarah, pero acaba descubriendo algo todavía más insoportable: que tal vez no la perdió por otro hombre, sino por una realidad que él se había pasado la vida negando. Greene convierte entonces los celos amorosos en una pregunta metafísica y lleva el triángulo sentimental hasta su posibilidad más extrema: ¿cómo competir con Dios cuando ni siquiera se está dispuesto a admitir que existe?

El final del affaire. Graham Greene. Libros del asteroide.

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Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014), Días para morir en el paraíso (2016), Camino sin señalizar (2022) y El sicario del Sacromonte (2024).

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