Azotando a la doncella. Robert Coover: Los lazos ocultos del poder

Azotando a la doncella. Robert Coover. Reseña de Cicutadry

Para los amantes del sadomasoquismo, una novela titulada Azotando a la doncella (Spanking the Maid, en inglés) debería ser de su interés porque, además, no hay una sola página de la obra en que no se ejerza el sadomasoquismo de una u otra manera. Sin embargo, su autor, el norteamericano Robert Coover, tan solo utiliza esta práctica sexual para explicar el mundo del poder cuando se encuentra con la voluntad de sumisión.

Un novelista norteamericano diferente

Robert Coover pertenece a esa generación posterior a Faulkner, Steinbeck o Hemingway que de alguna manera traicionó una forma distinta de explicar la realidad a través de la literatura. Norman Mailer, John Updike o Philip Roth también quisieron mostrar la realidad norteamericana pero de una forma mercantilizada, masticada para un público lector menos exigente, más apresurado.

A esta generación de escritores debería haber pertenecido, por edad, Robert Coover. Sin embargo, su intención literaria fue mucho más profunda: tratar de comprender (pero nunca hasta el fondo, porque acaso es imposible) las estructuras profundas de la sociedad, sus tendencias, sus prejuicios, su conformismo, su brutalidad.

Con esta pretensión era improbable que una historia escrita al uso pudiera dar respuesta a sus inabordables interrogantes, de modo que las obras de Coover están planteadas a modo de fábulas o parábolas en las que no siempre impera la lógica.

El novelista que vivió en Francia y España

Coover vivió en Europa durante 15 años. De los años que pasó en Francia quedó su pasión por el nouveau roman y su admiración por Nathalie Sarraute y Robbe –Grillet, aparte de una fuerte influencia de Samuel Beckett.

De su paso por Barcelona no extrajo nada de la literatura española (por entonces de una profunda pobreza) sino de la hispanoamericana. En autores como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes aprendió que la realidad se podía contar de otra manera, que había otro lado de la realidad que era narrable, sin que por ello se perdiera el sentido de la historia, sino más bien, profundizando en ella.

No obstante, Coover no se convirtió en un escritor europeizado, sino que mantuvo su mirada norteamericana sobre las cosas. Es cierto que su prosa es fría, dura, objetiva, de frases cortas y que en sus narraciones hay giros inesperados, imaginativos, inverosímiles. Todo ello se encuentra asimilado y concentrado en su extensa narrativa.

La escena repetida hasta el infinito

La trama de esta novela es muy sencilla de explicar: cada mañana, una criada entra en el dormitorio de un hombre; abre las ventanas que dan al jardín. Ese hombre, aún con la resaca de unos extraños sueños, se despierta, se pone la bata y las zapatillas, se mete en el baño, evacúa ruidosamente y después se ducha.

Mientras tanto, la doncella coge sus pertrechos y se pone a arreglar el dormitorio. Lo limpia escrupulosamente, hace la cama de forma casi geométrica, coloca cada cosa en su sitio y se arregla el atuendo propio de una criada hasta el milímetro.

Cuando ha terminado, este hombre que se supone que la ha contratado, supervisa tanto el atuendo como la pulcritud del dormitorio. Y siempre encuentra un defecto. Como resultado de su indignación, le azota el culo y le recrimina verbalmente su torpeza.

La siguiente escena comenzará de la misma manera y terminará de la misma forma. Así una y otra vez sin solución de continuidad. Si la novela tiene un punto final es porque el autor quiso ponerlo en un momento determinado. Sin embargo, siendo los movimientos de los dos únicos personajes siempre exactamente iguales, la escena siempre es diferente, muy diferente.

Azotando a la doncella

Todo depende de la actitud que cada uno de ellos tiene en cada momento. A veces es la doncella la que ya se predispone en el dormitorio a través de sus propios pensamientos mientras está arreglándola:

Cuidar que no falte nada de lo que él desea o necesita que se haga, estando siempre dispuesta a complacerlo, silenciosa cuando está enojado excepto para pedirle perdón, y siempre leal, honrada, sumisa y de buen carácter. La rutina trivial, la tarea ordinaria, ella lo sabe cuando emprende sus deberes matutinos, le depara todo lo que necesita pedir, un espacio para negarse a sí misma, una camino (para decirlo vagamente) que le acerque cada día más a Dios.

 Por otra parte, el señor de la casa vive en una eterna lucha; vive su condición de Dios de ella como una labor de una dificultad inconmensurable, de un continuo enseñar a ella lo que supone alcanzar la perfección, de imponer un orden en ese caos imposible que es su casa por culpa del caos de la mente de su doncella:

Ah, caramba, la envidia: ¡ojalá él lo tuviera tan fácil! Toda vida es un servicio, lo sabe. Vivir en el pleno sentido de la palabra no es simplemente existir o subsistir, sino renovarse, darse: a una causa elevada, a otros, a algún fin social, a la vida misma más allá del caparazón del ego. Pero él, que no tiene superiores, debe dedicarse a las abstracciones, sin saber nunca cuándo ha triunfado, cuándo ha fracasado, o incluso si las abstracciones son correctas, mientras que ella, al no necesitar a ningún otro, lo tiene a él.

Él vive por su doncella; la doncella vive por él; parece una perfecta simbiosis entre el poder y la sumisión, entre la educación y el aprendizaje. Pero por desgracia no ocurre así. Siempre hay algo que lo impide, como una maldición bíblica.

La extrañeza de lo cotidiano

La doncella ha puesto las toallas limpias antes de que su Señor se dirija al baño. Sin embargo, antes de que éste proceda a ducharse, grita desde el otro lado de la puerta: las toallas están húmedas.

La doncella ha hecho la cama con una perfección de geómetra, tal como su Señor la ha enseñado. Las sábanas perfectamente alisadas, metidas en el colchón de acuerdo a ángulos perfectos, limpias, impolutas. Pero cuando él sale del baño y procede a inspeccionar su labor, rápidamente se da cuenta que algo se mueve bajo las sábanas. Obliga a su doncella a apartarlas: sobre la cama decenas de gusanos se mueven obscenamente.

Cada día ocurre algo distinto, inesperado. Y cada día la doncella se baja las bragas (¡pero hay días que ella juraría que se había puesto las bragas como manda su Señor y sin embargo no las lleva!), se echa sobre las rodillas de su Señor o se apoya en una silla, y es azotada por él con un vergajo, con un látigo, con un flagelo, con sus propias manos, creando en el culo de ella una especie de jeroglífico en las marcas sangrientas que se van produciendo conforme la azota.

El lector, al principio, no lo entiende bien. No sabe si la doncella es especialmente torpe, si él ve cosas inexistentes o si es ella la que premeditadamente comete un error para ser azotada. La prosa de Coover no permite interpretaciones, porque todo está detallado con un escrúpulo máximo, con una objetividad sin fisuras, pero la realidad no se puede narrar por entero, es imposible, no se puede contar todo. Tal vez esas incorrecciones diarias solo sean fruto de las lógicas limitaciones del narrador.

La imposibilidad de las palabras

Robert Coover ha declarado que sus novelas están narradas con “juegos de palabras estructurales”, es decir, “la yuxtaposición de dos elementos inesperados”. Sus obras son metáforas, de ahí que el escenario pueda ser tan nimio: un dormitorio. Sabemos que en esa casa hay un jardín, un cuarto de baño, sobreentendemos que habrá otras habitaciones, el salón, un comedor, tal vez más dormitorios o un despacho, y que en esos lugares es posible que se celebre el mismo ritual sadomasoquista, pero eso no le importa al autor.

Cualquier escenario es válido para mostrar ese carácter de actuación, el ritual, el voyeurismo, la sexualización de la conducta humana, la infinita ceremonia de la confusión, las limitaciones del poder frente al tortuoso sometimiento. Las palabras no pueden abarcar tantos aspectos, más aún cuando se busca una explicación a la conducta humana, a los hechos inesperados o a las relaciones entre dos personas que se necesitan.

A esa realidad casi infinita solo se puede acercar el escritor mediante sutiles variaciones, combinaciones, permutaciones de frases. Esa es la grandeza de esta novela sorprendente. Azotando a la doncella consigue, de repetición en repetición y aunque sea de forma aproximada, ahondar en el tema de los lazos ocultos del poder.

Azotando a la doncella. Robert Coover. Anagrama

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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