El atentado, de Harry Mulisch: la insoportable trascendencia del azar

El atentado, de Harry Mulisch. Reseña de Cicutadry

El atentado, una de las mejores novelas neerlandesas, publicada por Harry Mulisch en 1982, me recuerda a aquellos viejos escritorios de madera que albergaban en su interior pequeños cajones secretos. La vetusta rotundidad de aquellos muebles era evidente: todo el mundo sabía para qué servían. Los utensilios comunes aparecían sobre su superficie; todo era obvio. Pero esos muebles contenían en sus tripas objetos, legajos, papeles o voluntades no tan obvios, que solían aparecer, por lo general, al azar y también, por caprichos de la suerte, ante la persona menos indicada.

Así es El atentado: una historia rotunda, dura pero diáfana, de alguna forma bastante conocida por el público general –la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial-, que alberga sorprendentes secretos, apariciones y recuerdos olvidados que espolean y cambian el curso de esa historia, por lo demás, excelentemente narrada.

Razones para un atentado

El atentado propiamente dicho aparece en las primeras páginas de la obra. Estamos en 1945, en la ciudad de Haarlem, en los Países Bajos, bajo la dominación alemana. Faltan pocos meses para que acabe la Guerra Mundial y los alemanes ya son apenas un despojo en tierras neerlandesas. Una noche, asesinan al jefe de policía de la ciudad, holandés colaborador de los nazis, delante de la casa de una familia, los Steenwijk.

Decimos que lo ejecutan delante de la casa de esta familia, pero no es así exactamente. El colaboracionista cae acribillado de su bicicleta delante de otra casa, pero sus dos moradores, rápidamente, salen a la calle y depositan el cadáver delante de la casa de los Steenwijk. Al poco tiempo, aparecen las fuerzas nazis y arrasan con los Steenwijk: queman su casa, ejecutan a los dos adultos, buscan y matan al hijo mayor. Solo el hijo menor, Anton, de doce años, queda vivo por una casualidad. La novela seguirá desde ese momento la vida de Anton.

Estas primeras páginas de El atentado son escalofriantes. No por la violencia, que tantas veces hemos leído en este tipo de obras, sino por la velocidad de los hechos. En menos de media hora, la historia de esta familia se desvanece por completo. En pocos minutos, la vida del niño Anton Steenwijk cambia súbitamente. Y no lo hace sólo porque su ciudad está ocupada por un ejército brutal; ocurre porque aquel cadáver, el de un hombre que volvía tranquilamente a su casa una noche de nevada, es desplazado delante de la puerta de su casa.

La importancia del azar 

Harry Mulisch no esconde ninguna de sus cartas en El atentado. El joven Anton es acogido por sus tíos, en Amsterdam. La guerra termina. Él comienza sus estudios. Es un joven normal y corriente, no demasiado brillante. Naturalmente, tiene la escena de aquella noche grabada en su memoria. No está especialmente traumatizado por ello. Ha reaccionado evitando cualquier referencia a aquella jornada.

Es una opción psicológica tan válida como otra. Sin embargo, a la vida le importan poco las opciones personales. El azar se va cruzando en su camino en forma de personas que, de una u otra manera, están relacionadas con el atentado. Es como una especie de maldición, aunque Harry Mulisch parece que hubiera tomado la misma decisión que su personaje, ignorar aquella historia.

Hasta cierta altura de la novela, parece que el atentado no haya dejado excesivas secuelas en Anton. Ni en la propia novela. Sí es cierto que Harry Mulisch dota a la historia de un cierto aire melancólico, como si hubiera sido posible otro futuro para su personaje. De alguna forma, El atentado nos recuerda algo de lo que a veces –solo a veces- somos conscientes: que nuestra vida podría ser muy diferente si no nos hubiéramos cruzado con tal persona o no hubiéramos conocido tal cosa. En realidad, nuestra vida es el resultado de muchos azares. Es lo que Harry Mulisch parece repetirnos continuamente.

La obsesión y la resistencia

En un momento determinado de la novela, aparece el personaje que dará un vuelco definitivo para el conocimiento de lo que pasó aquella noche del atentado. Es el propio asesino. O ni siquiera eso: era el encargado de ejecutar al jefe de policía. ¿Cómo lo llega a conocer Anton? Como pueden suponer los lectores, gracias al azar, como suelen ocurrir tantas cosas en la vida.

En ese momento, la novela se convierte en un relato angustioso. No solo por lo que cuenta este personaje, o por la trascendencia que pueda tener lo que sabe para la mente de Anton –al que hemos seguido desde la noche que cambió su vida. Es angustioso porque revela la cadena de casualidades que llevaron a que aquel hombre cayera muerto donde cayó.

Pero aún más angustioso es comprobar que una persona puede quedarse anclada en un momento o en un período determinado de su vida. Este hombre, antiguo miembro de la resistencia neerlandesa, sigue viviendo aquellos instantes, continúa manteniendo, treinta años después, el mismo amargo resentimiento, idéntico odio por los nazis que invadieron su país. Pero los nazis ya no existían en los años setenta, y quedaba poca gente que mantuvieran aún la memoria exacta de sus atrocidades o que hubiera luchado contra ellos. La vida sigue, como bien sabemos, y Harry Mulisch, tal vez por ello, ha insistido en no hablar del atentado en el texto de El atentado.  

Echarle una mano a la casualidad

Harry Mulisch es un escritor de un estilo directo, claro, con un discurso muy efectivo. Sin embargo, en las páginas de El atentado llega un momento que recuerdan a las peores pesadillas de Kafka. De repente, no es solo que el azar tenga una importancia fundamental en la vida de Anton –como en cualquier vida-. No es solo que no podamos huir de la suerte, de la buena o de la mala suerte, por mucho que lo pretendamos.

Lo terrorífico es que el azar, por definición, es caprichoso, y a veces se alía con los seres humanos para que estos, sin desearlo, o sin ser conscientes, pongan en funcionamiento la caprichosa máquina azarosa en asuntos que nada tienen que ver con ellos mismos. El propio Harry Mulisch fue hijo de un holandés colaboracionista y una mujer judía. Con estos antecedentes su vida, tal vez, podría haber sido otra.

Volvamos al principio de El atentado: en una fría noche, un hombre es abatido a tiros mientras circula en una bicicleta. El asesinato ha sido, naturalmente, premeditado, pensado. Y ahí acaba cualquier movimiento racional, intencional. Harry Mulisch tiene la extrema habilidad de crear una enorme pesadilla a partir de ese suceso sin faltar a la más estricta lógica en ningún momento. La vida de las personas, la historia de los pueblos, determinados momentos o decisiones, dependen de eso, de la lógica irracional del azar. Tan sencilla que, como Harry Mulisch demuestra magistralmente en El atentado, nadie es capaz de darse cuenta.

El atentado. Harry Mulisch. Tusquets.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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