El desaparecido (América), de Franz Kafka: La culpa y el castigo

El desaparecido fue la primera novela que emprendió Franz Kafka y de la que nos quedan los seis primeros capítulos iniciales y algunos fragmentos sueltos. Durante años fue más conocida con el título de América, título que fue propuesto –e inventado- para su publicación por Max Brod, el heredero de los textos de su amigo Franz Kafka, con la promesa –felizmente traicionada- de que los destruyera.

Un impulso infructuoso

En 1911, y como consecuencia del comienzo de su relación con Felice Brauer, Kafka sintió un fuerte impulso de escribir que lo llevó, primero, a la redacción del relato conocido como La condena, y el año posterior, al comienzo de una novela que en principio llamó El fogonero, por denominarse así el primer capítulo, que escribió en pocos días. Hasta ese momento Kafka había escrito pequeños fragmentos, textos sueltos y algún relato de poca importancia, así que por primera vez se encontraba ante el desafío de escribir una novela. Como es bien sabido, las tres novelas que comenzó Kafka –El desaparecido, El proceso y El castillo– nunca fueron concluidas, si bien estas dos últimas tienen el suficiente número de páginas y el desarrollo para que puedan leerse casi como una novela completa.

Sin embargo, el carácter fragmentario de El desaparecido es innegable. Resulta imposible imaginar hacia dónde se dirigía Kafka en su narración, sobre todo porque la trama de esta novela difiere sustancialmente de sus dos novelas posteriores. Al contrario de éstas, el protagonista de El desaparecido, Karl Rossmann, no vive esa conocida angustia claustrofóbica kafkiana, en la que su personaje K. apenas se mueve más allá de unas cuantas calles.

Una historia curiosa

Y es que El desaparecido comienza cuando Karl llega al puerto de Nueva York –eso sí, en un muy kafkiano destierro de sus padres, por culpa de un lío de faldas de su hijo aún adolescente. Conforme avanza la novela, Karl se irá moviendo por la geografía estadounidense con una libertad que después será imposible de encontrar en la producción literaria del escritor checo.

Lo más interesante de esta novela –aparte, naturalmente, de su simple lectura, siempre apasionante en Kafka- es descubrir las primeras tentativas de lo que después serán los dos mitos kafkianos: el poder y el infinito. En El desaparecido, el poder no será esa máquina burocrática, implacable, que después conoceremos en El proceso, ni el protagonista se opondrá a ese poder o se cuestionará si merece ese castigo.

Los albores del mito kafkiano

Karl Rossmann acepta sin ninguna duda las decisiones que le afectan. De alguna manera, Karl está mucho más cerca del verdadero Franz Kafka que sus personajes posteriores, más matizados. El poder proviene de personajes casuales que va encontrando en su camino, de personas normales y corrientes que sin embargo se invisten de una autoridad muy superior a su posición real en su relación con Karl.

Este adolescente perdido en tierras americanas es como el niño pequeño que debe aceptar las amonestaciones y las decisiones de sus padres sin rechistar. Y como al propio Franz Kafka le ocurría en esos momentos en su vida diaria, también acepta sin contemplaciones el merecimiento del castigo y la asunción de la culpa.

No obstante, Kafka se ocupa de que los lectores no tengan duda alguna de la inocencia de Karl en todas las situaciones planteadas en la novela. Cada capítulo es un episodio distinto en la vida de Karl en América: es recibido y mimado por un tío que encuentra de una forma absurda en el barco que arriva en Nueva York; conoce a dos individuos que andan por los caminos en busca de trabajo; encuentra una ocupación como ascensorista en un gran hotel; termina siendo el criado de una mujer revestida de un divismo insoportable…

En ninguno de estos momentos, Karl hará nada malo, nada inconveniente, nada mínimamente sospechoso. Y sin embargo, cada uno de estos episodios terminará mal para él, siendo juzgado de una manera caprichosa y absurda por hechos que él jamás ha cometido.

Kafka y el infinito

El otro mito kafkiano es el infinito, la infinita demora, la imposibilidad de llegar a cualquier cosa o cualquier lugar. Desconocemos si Kafka tenía previsto desarrollar esta característica de su literatura porque la brusca interrupción de esta novela nos impide deducir cualquier cosa al respecto.

Sí es cierto que fue el propio Kafka quien se encontró metido en esa idea de infinito cuando está redactando El desaparecido. En una carta a su amigo Max Brod le confesaba: “La novela es tan grande como un bosquejo hecho a través de todo el firmamento”. Y en una carta a su novia, Felice Bauer, le dice que su historia “está concebida para extenderse hasta lo infinito”.

Ciertamente con esa impresión no es de extrañar que Kafka considerara que acabar la novela era una tarea imposible. En este caso el infinito kafkiano es la imposibilidad de dar fin a una historia que, por su propio carácter, no puede acabar nunca. Karl siempre será culpable allá a donde vaya, nunca encontrará una buena acogida entre nadie. Lleva la culpa dentro de él, y esa culpa lleva aparejado su consiguiente castigo y este castigo sumirá al personaje en una insondable espiral descendente.  

La discreta humillación

El lector de Kafka tiene la oportunidad de apreciar en El desaparecido una conducta que se encuentra implícita en otros textos del escritor, pero que en esta novela alcanza una importancia fundamental. La humillación parece algo intrínseco al castigo inmerecido, pero es que Karl recibe de parte de la mayoría de los personajes con que se encuentra una humillación mayor: el ser anulado como persona.

Karl aparece a los lejos del lector como una marioneta, como un ser sin voluntad, como un guiñapo al que se le puede hacer o decir cualquier cosa. Podría pensarse que Karl es así, un adolescente pusilánime, pero Kafka, en el primer capítulo de esta novela, El fogonero, nos deja claro que no es así.

El fogonero, que a veces es editado como un relato independiente, es un extraño capítulo inicial en el que el fogonero del barco que lleva a Karl a Estados Unidos es juzgado por sus superiores por un hecho que no queda nada claro que no haya cometido. Y es precisamente en este momento inicial de la novela cuando vemos a Karl –casi un niño, a fin de cuentas- defendiendo al fogonero (que por cierto, acaba de conocer) ante el capitán del buque con unos razonamientos y una capacidad disuasoria poco habitual en un chaval de quince años.

No deja de ser llamativo que la causa que defiende no parece muy ajustada a la realidad, pero la cuestión es que Karl muestra un carácter ante el extraño tribunal que juzga al fogonero que después se esfumará. ¿Por qué desaparece? Kafka nos lo muestra claramente: cuando el adolescente depende de otras personas, esa propia dependencia acarrea una culpa.

En sus novelas posteriores esa dependencia alcanzará un plano superior, el del ciudadano ante el poder, ante la Justicia, ante la Administración. De esta manera, Kafka comprenderá que la culpa, su propia culpa, es consustancial con el ser humano por el solo hecho de serlo.

El desaparecido (América). Franz Kafka. Alianza Editorial

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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