El gran cuaderno, de Agota Kristof: La desolación del mal

El gran cuaderno. Agota Kristof. Reseña de CicutaDry. Claus y Lucas

Claus y Lucas son los hermanos gemelos que la escritora húngara Agota Kristof imaginó para El gran cuaderno, su primera novela. Por algún motivo, imaginó un solo protagonista, y lo desdobló. Por otro extraño motivo, convirtió a estos hermanos la encarnación del mal. El gran cuaderno está escrito en primera persona del plural: el mal desdoblado.

Paisaje durante la batalla

Agota Kristof comienza El gran cuaderno como si fuera un cuento infantil. Dos gemelos van por primera vez a casa de su abuela. Es su madre quien los tiene que dejar, acuciada por problemas económicos que le impiden mantenerlos. La madre hace muchos años que no ve a su propia madre, una desconocida. Cuando abandona la casa aun no se ha dado cuenta que, como en los relatos infantiles, ha dejado a sus hijos en manos de una bruja.

Hay una variación respecto a los cuentos de niños. Estos niños son tan inocentes que se crean su propia vida al margen de la bruja de su abuela. Es evidente que ésta no los quiere. Claus y Lucas tampoco quieren a su abuela. Ni a su madre. En cuanto a su padre, ni siquiera lo conocen. No son huérfanos pero podrían serlo. El amor es un sentimiento que no aparece en El gran cuaderno.

Claus y Lucas piensan lo mismo, a la vez, con idéntica intención. Su relato, lo que el lector está leyendo en el gran cuaderno, lo escriben los dos a la vez. No podemos distinguir a un hermano de otro. Nadie puede distinguirlos.

El gran cuaderno de las frases cortantes

Agota Kristof nació en Hungría, pero emigró a Francia. Cuando comenzó a escribir, lo hizo en una lengua ajena, el francés. Como tantos autores franceses, sus textos están hechos con frases cortas, cortantes. Claus y Lucas escriben así: de forma cortante, fría, sin alma. Expresan lo que ven; apenas hablan de lo que sienten:

La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.

Nosotros la llamamos abuela.

La gente la llama la Bruja.

Ella nos llama “hijos de perra”.

La abuela es menuda y flaca. Lleva una pañoleta negra en la cabeza. Su ropa es gris oscuro. Lleva unos zapatos militares viejos. Cuando hace buen tiempo va descalza. Su cara está llena de arrugas, de manchas oscuras y de verrugas de las que salen pelos. Ya no tiene dientes, al menos que se vean.

Pura supervivencia

Cuando la cuestión es sobrevivir; cuando el mundo de los adultos, extraño y feo, quiere imponerse a la presunta inocencia infantil, no hay más remedio que mirar y actuar. Todo es descripción en El gran cuaderno. Claus y Lucas son una máquina de mirar.

La abuela no se lava jamás. Se seca la boca con la punta de la pañoleta cuando ha comido o ha bebido. No lleva bragas. Cuando tiene que orinar, se queda quieta donde está, separa las piernas y se mea en el suelo, por debajo de la falda. Naturalmente, eso no lo hace dentro de casa.

Esa máquina de mirar que son los hermanos Claus y Lucas también es una máquina de comprender. Si reciben de su abuela una paliza detrás de otra, lo mejor es acostumbrarse al dolor, hacer ejercicio, gimnasia para no sentir ese dolor: los dos hermanos se pegan hasta sangrar. Sus cuerpos llenos de hematomas son un orgullo para Claus y Lucas.  

Si la abuela apenas les da de comer, si les esconde la comida para que a ella no le falte nunca, se acostumbran al hambre. Cada cierto tiempo hacen días completos de ayuno. Todo es cuestión de práctica. El mal también es una práctica.

El mal fraterno

Agota Kristof duplica el padecimiento de sus protagonistas. Claus y Lucas parecen uno, pero son dos. Ante los vecinos, ante su abuela, ante los profesores, son la duplicidad del mal.

No es una cuestión de venganza, sino de costumbre. Cuando el mal está en cada cosa que haces, en cada situación que vives, en cada persona que conoces, piensas que todo es así. Puede ser que Claus y Lucas hagan chantaje sin querer, inocentemente, al cura del pueblo. La culpa no es de los hermanos: es el cura el que ha cometido el pecado.

El mal puede ser una consecuencia de la necesidad: la necesidad de sobrevivir. En El gran cuaderno no aparecen muchos personajes, pero todos comparten algo en común: son unos miserables. Claus y Lucas, sin embargo, no lo son: la escritora Agota Kristof es una nihilista que ama a sus protagonistas. Ellos solo registran lo que ven. Son el ojo que denuncia el mal.

La guerra sin nombre

Por fin llega la guerra a la localidad donde viven Claus y Lucas. Y con la guerra llega la locura. Agota Kristof parece rememorar momentos de su infancia en los que seguramente escuchaba botas pesadas de soldados, culatas, voces autoritarias en su Hungría natal. Como en esos recuerdos, en El gran cuaderno apenas aparecen soldados, sino la consecuencia de que haya soldados, militares extranjeros que invaden un país.

No sabemos de qué país se trata, ni cuál es el ejército invasor. En toda la novela, solo aparecen dos nombres: Claus y Lucas. Lo demás vale para cualquier lugar, en cualquier momento. Es el mal en estado puro. Agota Kristof nos desafía: ella quiere escribir sobre el mal puro, y eso no acepta nombres, lugares, un tiempo determinado.

Tal vez Claus y Lucas no son malos. Es algo que, en cualquier caso, debe decidir el lector. En sus manos tiene unas breves páginas de frases cortantes y situaciones sumamente crueles que giran alrededor de dos hermanos gemelos. No hay una sola opinión. Nos atrevemos a asegurar que no hay un solo sentimiento noble. Eso apenas importa. El lector decide.

La húngara Agota Kristof, francesa de adopción, consigue hipnotizar al lector con la frialdad de un carnicero que corta una res frente a un espectador. El gran cuaderno parece un grito frente al mundo, un grito ahogado, ahogado en sangre y horror. Claus y Lucas son dos hermanos que escriben para estómagos nada delicados pero pare mentes de una gran sensibilidad. Solo leyendo sobre el mal se puede atisbar un principio de comprensión del mal.

Claus y Lucas (El gran cuaderno, La prueba, La tercera mentira). Agota Kristof. Libros del Asteroide

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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