El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith: la inquietante turbiedad de la existencia

El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith. Reseña de Cicutadry

El grito de la lechuza es una novela publicada por Patricia Highsmith en 1962. Como otras novelas de la escritora norteamericana, la obra se mueve en una inquietante ambigüedad moral. Era la peculiar forma de entender la vida y la literatura de Patricia Highsmith: todos podemos ser inocentes; todos somos culpables.

El sentido de la culpa

La culpa es una fuente constante de inquietud y ansiedad. Patricia Highsmith trató de vencer esta inquietud abrazando el cristianismo, pero no permitió que sus personajes se acercaran al bálsamo de la religión. Una de las curiosas actitudes de Patricia Highsmith como escritora fue ser más cruel con sus personajes que con ella misma.

Con ella ejercía la autocomplacencia de permitirse estar sola: odiaba a las personas tanto como odiaba a la sociedad. Sin embargo, sus personajes siempre se ven abocados a relaciones turbias, muchas veces tóxicas. En todo caso, nunca están solos, para su desgracia.

Esto es lo que le ocurre a Robert Forester, el protagonista de El grito de la lechuza. Ingeniero aeronáutico de profesión, tímido y solitario, abandona Nueva York harto de los continuos conflictos con su mujer, la cual le ha pedido el divorcio. Encuentra trabajo y cree disfrutar del sosiego en una pequeña localidad de Pensilvania, pero una extraña manía lo persigue. Le gusta observar a las personas por las ventanas. Es su porción de culpa, el castigo que debe soportar como humano que es.

La tentación y la inocencia

Robert Forester está seguro de que no está haciendo daño a nadie. Observa por las ventanas de una casa a una mujer joven: no fisga, no trata de verla desnuda. Solo mira. Bien es verdad que acude a la aislada casa de la joven por la noche para no ser visto. Una vez allí, calma su espíritu mientras la ve cocinar, hablar por teléfono, desenvolverse con su novio por las distintas habitaciones, servir la mesa, comer a solas o acompañada.

Nosotros, los lectores, creemos en la inocencia de Robert Forester, aunque sea un fisgón, aunque posiblemente a nosotros no nos gustaría tener un mirón así todas las noches delante de nuestras ventanas. Sin embargo, también como nosotros, la chica cree en su inocencia el día que lo descubre escondido en la oscuridad. Entiende esa tentación continua por ver otra vida, por encontrar la serenidad en los pequeños detalles diarios de una mujer buena.

Pero Patricia Highsmith no perdona a sus personajes: Robert Forester se sabe culpable de merodear; la joven se busca la culpa cuando cree comprender que su sola existencia ha podido enamorar a un hombre, sin ningún otro motivo. Ambos son inocentes, pero han caído en la tentación; El grito de la lechuza es una novela sobre la tentación: la tentación por dejarse llevar por el mal.

El mal en estado puro

Patricia Highsmith siempre tuvo una gran habilidad para crear ambientes asfixiantes con muy pocos personajes. En El grito de la lechuza aparecen sólo dos cuyo perfil es un ejemplo del mal en estado puro. Uno de ellos será el novio de la joven; el otro, la ex mujer de Robert Forester. Ambos se guiarán por un instinto infalible: quien hace el mal, lo paga con un mal mayor.

En principio, estos dos personajes solo tienen un defecto: no saben aceptar la derrota. Pero es que aceptar el fracaso es un acto inteligente del ser humano, ese ser humano en el que no creía Patricia Highsmith. En este sentido, El grito de la lechuza es una novela profundamente misántropa, como lo era su autora. La obra es casi un grito contra la inteligencia del género humano.

En la escritura de Patricia Highsmith también se esconde un gusto especial por la casualidad, por lo imprevisto: una pelea entre el novio de la joven y Robert Forester dará lugar a una larga pesadilla para éste, que es la verdadera historia de la novela. Una historia que se alimenta con el incesante mal que destilan los dos personajes antes citados, despechados, vengativos, nunca dispuestos a asimilar que fueron apartados, derrotados, con una fe ciega en la venganza.

Las circunstancias en la condición humana

Se pasa mal leyendo El grito de la lechuza. Como en casi todas las obras de la autora, el lector se encuentra impotente y angustiado. en su papel pasivo. Patricia Highsmith dispone la novela como una cadena de casualidades, ineptitudes, malinterpretaciones y maldades que arrastran a su protagonista a vivir unos meses de pesadilla. Nada parece salirle bien. Y a la vez, mantiene la calma, sigue siendo el mismo hombre que conocimos al principio de la novela. Esto hace que el lector aún lo pase peor por él porque, en determinadas circunstancias, mantener la actitud de inocencia es la peor manera de parecer culpable.

Lo que trata de hacer Patricia Highsmith en El grito de la lechuza –y en la mayoría de sus novelas- es mostrar que las personas, bajo determinadas circunstancias, pueden hacer cualquier cosa, por espantosa que sea. Y lo peor no sería cometer un asesinato: lo peor es amargar la vida del prójimo para siempre.

Por eso nos cuesta pensar en Patricia Highsmith como una escritora de novelas policiacas. Para que lo fuera, necesitaría un sentido moral de la vida, porque así es como son los escritores de novela negra: unos profundos moralistas. Pero Patricia Highsmith era una mujer amoral, y las novelas de Patricia Highsmith son novelas amorales.

La belleza de la amoralidad

Recuerdo una gran película de Woody Allen, Match Point. Hay asesinatos, mentiras, imposturas. Pero lo que no hay es moral, sencillamente porque (en la película) todo lo decide el azar. Así son también las novelas de Patricia Highsmith, y El grito de la lechuza es quizá el ejemplo más conseguido de su postura como escritora: ella es amoral porque la existencia es amoral. Desde el momento en el que el azar decide casi todos los actos decisivos de nuestra vida, la moral pasa a ser algo secundario.

Por ello, Patricia Highsmith mezcla la esctricta moral americana con las circunstancias que la vida brinda a quienes quieren hacer el mal, y el resultado es explosivo. En El grito de la lechuza la actitud de vecinos, policía y amigos es mucho más injusta y arbitraria que los actos de quienes podemos considerar los verdugos de la novela. Y ello por un motivo diario y vulgar, aunque terrorífico: la gente juzga.

La gente no para de juzgar, esto lo sabe Patricia Highsmith para desesperación de lector, que ve como la vecina o el amigo se posiciona de una manera o de otra a favor o en contra del verdugo o del inocente sin tener los mínimos elementos de juicio para tomar una postura congruente. En El grito de la lechuza, quien realmente persigue y señala al inocente protagonista no son sus verdugos, sino la masa de conocidos y allegados –vecinos, amigos, compañeros de trabajo- cuya aparente relación con el acusado es inocua pero que termina teniendo terribles consecuencias.  

Por todo esto nos gustan las novelas de Patricia Highsmith. Son incómodas de leer, desesperantes, asfixiantes, tremendamente injustas con los personajes, complacientes con los culpables, pero contienen la belleza de la verdad, de la inquietante verdad de la vida.

El grito de la lechuza. Patricia Highsmith. Anagrama.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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