El mensajero, de L. P. Hartley: la infancia pervertida

El mensajero, de L. P. Hartley. Reseña de Cicutadry

El mensajero, la obra maestra del inglés L. P. Hartley, tiene uno de los mejores comienzos de la literatura: “El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera”. El resto de la novela es la eficaz y bellísima corroboración de esta frase. ¿Y por qué decimos que El mensajero es una obra maestra? Porque en sus páginas están contenidos todos nuestros recuerdos de la infancia. Y no nos referimos, naturalmente, a los hechos, sino al recuerdo que tenemos de nosotros mismos como niños. Porque todos fuimos niños como el protagonista de esta conmovedora novela.

Al principio, la ingenuidad

La historia de El mensajero se inicia con un curioso episodio escolar. De esta manera, L. P. Hartley nos introduce sagazmente en una de las características propias del mundo infantil: la creencia en lo imposible. Leo Colston es un muchacho que en julio de 1900 está a punto de cumplir los 13 años. En el colegio es acosado por algunos de sus compañeros tras descubrir en su diario que utiliza palabras excesivamente cultas. Algunos de los lectores recordarán este tipo de acoso, digamos intelectual: la infancia es cruel y soporta mal la envidia.

Leo, como tantos otros, no tiene medio alguno para defenderse, y es impensable acudir a la delación. En su ensimismamiento concibe un plan: escribe un conjuro en su diario, para que lo lean sus compañeros, en el cual se ha de cumplir la profecía de que estos sufrirán un accidente si continúan el acoso.

Hablamos de ensimismamiento porque esa es alguna de las consecuencias de la más pura inocencia, como lo es la gravedad. Leo se toma muy en serio su conjuro, su venganza, esperando que se cumplan sus deseos por el simple hecho de concebirlos. Después el azar será quien dictamine el resultado, pero de eso Leo, como cualquier muchacho de su edad, no se dará cuenta. Ciertamente, el pasado es un país extranjero, como el niño que fuimos es un extranjero para el adulto que recuerda.

El mundo de los adultos

Tras este episodio introductorio, L. P. Hartley imagina el escenario que a la postre será definitivo. Leo es invitado por uno de sus compañeros –que ha quedado asombrado del resultado del supuesto conjuro- a su casa, o mejor dicho, a su mansión, aprovechando el final del curso y el comienzo del verano. Ante esta situación, El mensajero plantea una nueva variante en el mundo de la infancia: la diferencia de clase.

Tal vez no haya otro período de la existencia en que se sea más influyente la diferencia económica entre las familias. A esa edad, se vive como una tragedia, más aún cuando desde la propia familia se recalca la imposibilidad de estar a la altura de otros amigos o compañeros de clase. Y este será el caso de Leo: su amigo se desenvuelve en un ambiente aristocrático que él jamás ha conocido.

Naturalmente, en la infancia no se percibe las diferencias económicas como en el mundo de los adultos. Es solo una forma distinta de entrar en este mundo, por lo general a través del deslumbramiento. Leo llega a la mansión de su compañero de clase e inmediatamente percibe que ese no es el tipo de vida que él está acostumbrado a desempeñar. Y, lo más importante, tampoco las personas son iguales: la madre de su compañero es mucho más distinguida que su madre, lo cual no lo hace quererla menos. En cuanto al resto de la familia, inmediatamente sobresale la hermana de su compañero, Marian. Ella será, desde el primer encuentro, el depósito de todas sus emociones.

El encuentro con el primer amor

Leo se enamora de Marian, la joven de 20 años hermana de su compañero, como solo se puede enamorar por primera vez un muchacho de doce años. Son estas páginas de El mensajero realmente delicadas, deliciosas. Todos hemos pasado por esa primera experiencia amorosa respecto a una persona adulta: es el deslumbramiento, el asombro, el profundo desconocimiento de la imposible distancia que separa la edad. Es el sufrimiento seguro, la mayor audacia, la pertinaz ingenuidad.

Con la exageración propia de esa época de la vida, Leo idealiza a Marian y está dispuesto a cualquier loca aventura por ella. Y en ese momento es cuando comienza esa gran aventura buscada por Leo y que es el nudo argumental de El mensajero, de una forma sencilla y elegante, propia de L. P. Hartley:

-¿Marian te llama Leo? –preguntó de repente-. He visto que hablaba esta mañana con ella.

-Sí, claro que sí –dije lleno de entusiasmo-. Y yo la llamo Marian, me dijo que lo hiciera. ¿No le parece una chica colosal?

-Sí que me lo parece, desde luego dijo él.

-Yo creo que es archirrequetesuperior. Sobresaliente con matrícula de honor. No sé cómo llamarla –terminé, sin mucha brillantez-. Haría cualquier cosa por ella.

-¿Qué harías?

Presentí una trampa; tuve la sensación de haber sido sorprendido fanfarroneando. Era muy poco lo que podía hacer por ella que sonara importante. Pensando en lo que estaba dentro de las posibilidades de un niño, dije:

-Si la atacara un perro grande, la defendería, y, por supuesto, haría recados para ella…, ya sabe, llevar cosas y transmitir mensajes.

-Eso sería muy útil –dijo Lord Trimingham-, y amable también. ¿Querrías llevarle un mensaje ahora?

La perversa inocencia

El título original de la novela es The Go-Between, que podría traducirse exactamente como “El correveidile”, con una connotación peyorativa que quizá no tenga El mensajero (en algunos países hispanoamericanos fue traducida como El intermediario). Decimos esto porque el propio título de la novela es muy indicativo de lo que se encontrará el lector en un momento determinado: los mensajes que Leo entrega entre la aristocrática Marian y Ted, un granjero de la pequeña comarca.

La tensión narrativa que L. P. Hartley imprime a la historia va creciendo conforme los mensajes son intercambiados. La perversión de la trama se centra en que los hechos los vemos a través de los ojos del muchacho, con su mentalidad, y por tanto, el lector se pierde prácticamente todo el contexto. Por supuesto, L. P. Hartley contaba con que el lector adulto rellenara las lagunas de una historia probablemente escabrosa y nítidamente sensual.

El contraste entre el mundo de los adultos y la ingenuidad del muchacho es brutal. Nunca se sabe a ciencia cierta cuánto de interés hay en Leo y cuánto de admiración, puesto que se suceden las escenas en las que el jovencito brilla con luz propia, siempre por azar y sin que él mantenga rastro alguno de modestia.

La duplicación de la conciencia

No obstante, hay otro elemento perturbador en El mensajero: el ingenuo jovencito es, por temperamento, un intrigante nato. El episodio inicial del conjuro en el colegio, la venganza inocentemente urdida nos daba la pista de lo que más tarde explotará entre mensaje y mensaje. L. P. Hartley aprovecha de esta forma la propia ingenuidad del lector, que cree en la más pura la inocencia del niño.

El ambiente se irá enrareciendo conforme avanza la novela. Y es que El mensajero es una novela con espoleta retardada. Es indudable que durante toda la lectura hay una cierta melancolía en el texto, una atmósfera de tragedia o de fracaso que el poderoso estilo de L. P. Hartley hace posible con el tono de recuerdo que imprime al texto.

El crítico Kevin Gardner analizó acertadamente El mensajero con estas palabras: “La inquietante historia de la inocencia perdida de Hartley subraya la experiencia moderna del tiempo roto, una paradoja en la que la humanidad está alienada del pasado, pero no libre de él, un pasado que continúa existen en y para controlar el subconsciente … Esta duplicación de la conciencia y de la voz narrativa —el inocente de doce años que emerge de debajo del autoprotector de sesenta y cinco— es una de las técnicas más efectivas de Hartley”.

Y es que la última jugada que esconde L. P. Hartley en El mensajero es esa autocompasión a la que se refiere el párrafo anterior: el pasado es perdonado por el hombre que ahora recuerda. Así, la narración encierra una trampa, una especie de mensaje secreto, o simplemente, una historia no fiable por la capacidad de perdón que sentimos los seres humanos por nosotros mismos.

El mensajero. L. P. Hartley. Editorial Pre-Textos.

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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